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Relajación

5 claves para calmar la mente

En ocasiones, nuestra mente da vueltas y vueltas sin parar. Gracias a estas cinco estrategias podemos relajar la psique.

Daniel Odier

Con unas sencillas microprácticas que duran apenas unos segundos, pero repetidas a lo largo del día, podemos pasar de realizar actos inconscientes a una presencia real, con la mente aquietada.

Lo primero que debemos hacer es tomar conciencia del incesante comentario que formulamos interiormente sobre todas las cosas. En nuestra cabeza hay un ruido de fondo continuo, como si estuviéramos escuchando la radio. Oímos a unos comentaristas que no dejan de juzgar, evaluar, magnificar nuestras acciones para construir con ellas una novela barata de la que somos los protagonistas.

¿Cómo calmar la mente y empezar a relajarnos?

Tras haber descubierto esa propensión a “hablar” nuestra vida en lugar de vivirla, estamos listos para el siguiente paso: una práctica simple pero que exige pequeños esfuerzos constantes. La mente es alérgica a coacciones demasiado fuertes y, sobre todo, demasiado prolongadas en el tiempo.

En cambio, no tiene problemas en hacer un esfuerzo de menos de un minuto. Por eso proponemos microprácticas, una técnica ligera que puede convertirse en un juego estimulante y placentero cada vez que consigamos estar presentes algunos segundos.

1. Relax en los primeros minutos del día

Empezamos en cuanto abrimos los ojos. En la cama, en esos primeros segundos de lucidez, nos sumergimos en el cuerpo y tomamos conciencia de la respiración, del vientre, del resto del cuerpo. Al cabo de medio minuto, relajamos la atención. Nos levantamos, intentamos sentir el movimiento y volvemos a relajarnos. Cruzando las habitaciones, tomamos conciencia de dos o tres pasos por el suelo. ¿Qué sentimos?

La naturaleza del suelo, el movimiento del cuerpo en el espacio, el contacto progresivo del pie con la materia, y luego nos distendemos. Es muy importante hacer un esfuerzo mínimo; si intentamos permanecer en la presencia diez minutos, la perderemos sin saber cuándo se ha esfumado. Medio minuto es suficiente para dar un mensaje preciso al cuerpo: ¡hay más placer en la presencia que en el automatismo!

2. Disfrutamos de una buena ducha

Simplemente, tenemos que apreciar el placer de recibir el agua sobre el cuerpo, y meternos por completo en la sensación de las gotas que se deslizan sobre nuestra piel.

3. Desayunamos con toda la calma posible

Entramos en la cocina, abrimos un paquete de té o de café y respiramos el aroma que desprende durante algunos segundos. Un poco después probamos unos cereales. Un solo bocado dado con plena conciencia, y luego relajamos la atención.

4. Nos vestimos y nos preparamos para salir

¿Cuál es la sensación de la ropa que nos ponemos? ¿En qué se ha modificado nuestra percepción del espacio? Cuando salimos de casa, ya hemos tenido una docena de instantes de presencia que han modificado nuestro humor. No hemos estado proyectando, inquietándonos por las horas que venían ni preocupándonos por el trabajo. Hemos estado ahí, presentes en la vida. El cielo nos espera. Nos pide una mirada verdadera, no para averiguar si necesitamos un paraguas, sino, simplemente, para comunicar durante unos veinte segundos con el azul, las nubes, las estelas dejadas por los aviones.

5. Entramos en el trabajo sin prisas

¿Cuál es nuestra comunicación con la primera puerta que empujamos? ¿Podemos abrirla y cerrarla con delicadeza y presencia? La primera cara que encontramos, ¿podemos mirarla verdaderamente durante unos segundos? ¿Cuál es el sonido de nuestra voz? ¿Somos conscientes del desplazamiento de nuestro cuerpo en el espacio?

Al final de la jornada, nos habremos comunicado intensamente con la realidad unas cincuenta o sesenta veces, y eso nos habrá aportado la sensación de estar vivos a través de la presencia. Es un placer que podemos compartir. Después de varios meses realizando esta práctica cotidiana, nuestro nivel de presencia será mucho más potente y nuestra vida, más armoniosa.

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