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Decisiones vitales

Cómo cumplir tus deseos

A veces no nos damos cuenta de que estamos postergando lo que más queremos en la vida hasta que la realidad nos lo recuerda de forma inesperada. En nuestro interior está la varita mágica

Laura Gutman

Marcela tenía una hija de siete años de quien se ocupaba poco porque ella era el principal sostén económico del hogar. Aunque yo la atendía hacía tiempo, un día se dio cuenta de que tenía pánico de salir a la calle.

Acababa de vivir una experiencia traumática: el negocio donde trabajaba sufrió un asalto. Tres hombres entraron a punta de pistola y tomaron a Marcela de rehén mientras los demás empleados debían permanecer en el suelo. Aparentemente conocían los movimientos de dinero del negocio, ya que sabían que Marcela era la responsable de la caja fuerte.

De pronto, entró la policía disparando –vale recordar que sólo los asaltantes y Marcela estaban de pie– y abatió a dos delincuentes. Todo lo que sucedió después fue confuso y desconcertante. La sensación de poder perder la vida en un instante dejó a Marcela llena de perplejidad y temor.

Luego llegaron las cámaras de televisión, largas horas en la comisaría de policía haciendo declaraciones y una descompostura digestiva total.

Los días posteriores al asalto, se percató del miedo que la invadía al caminar sola por la calle

Tenía la sensación de que alguien se iba a acercar en cualquier momento por la espalda para agredirla. Intentaba ir a la oficina, pero una y otra vez le entraba el pánico. Pasaban los días y la fobia no cedía. Le llamaba la atención que los demás empleados hubieran retomado el trabajo sin mayor complicación. Marcela únicamente quería volver a la “normalidad”.

Entonces le pregunté:

–¿Qué deseos, fantasías o anhelos rondan tu corazón? Si pudieras posar tus manos sobre el pecho y cerrar los ojos, ¿qué le pedirías al mago Merlín?

–¿A quién? –se sorprendió Marcela.

– Juguemos... –le respondí.

Marcela explicó que venía pensando en tomarse un año sabático. Nunca había dejado de trabajar, ni siquiera cuando su hijita era muy pequeña. Su marido trabajaba de manera menos sistemática y se hacía cargo de las tareas del hogar. También ahondamos en sus condiciones laborales.

La dueña del negocio era su mejor amiga. Hacía años le había ofrecido la gerencia por la confianza total con la que podía delegarle el manejo del dinero y del personal. Desde los inicios, se comprometió a trabajar los sábados y domingos a tiempo completo.

El negocio fue creciendo y los empleados tuvieron mejoras en el salario, pero Marcela quedó “estancada” en su sueldo de siempre.

Una oportunidad para darse cuenta

La relación ambivalente que Marcela mantenía con su amiga y superior directa le había impedido pedir un merecido aumento de sueldo o la posibilidad de no trabajar los fines de semana, especialmente ahora que tenía una niña pequeña.

A medida que profundizábamos, surgía un enojo contenido, unas tremendas ganas de llorar y gritar, que eran insospechadas incluso para Marcela. Sin duda, eran producto del maltrato en el que ella misma se había empantanado.

Nos pusimos a dibujar un mapa en el que plasmamos los acuerdos pactados implícitamente dentro del vínculo con su jefa. Entonces, sus descomposturas digestivas se acrecentaban. Cada vez era más evidente para ella por qué “quería cambiar de vida”, “tomarse un año sabático” o “irse de viaje”.

Evidentemente había hecho una petición desesperada al “mago Merlín”, quien estaba concediéndole la realización de sus más íntimos anhelos. Marcela no quería continuar trabajando en malas condiciones, después de años de resolver todos los problemas de la empresa ella sola, de poner siempre el negocio por delante de su vida privada.

“Merlín” le obstruyó la entrada al trabajo con su varita mágica: su fobia le impedía entrar físicamente en la oficina

Pero el ‘mago Merlín’ no resolvió el conflicto, sólo obstaculizaba algunos trayectos para obligarla a buscar el camino adecuado hacia la integración de sus deseos ocultos. Marcela decidió entonces encarar los asuntos pendientes con su jefa y planificó una serie de conversaciones honestas con ella.

Con gran asombro por parte de Marcela, su jefa aceptó sin ningún inconveniente los cambios sugeridos en cuanto a horarios, sueldo y responsabilidades, lo cual le permitió regresar al trabajo en horario reducido y establecer un vínculo más estrecho con su hija.

Un año más tarde, abandonó definitivamente el empleo y retomó sus estudios de psicología social, proyecto largamente relegado a ese rincón donde hasta entonces se habían apilado todos sus deseos “imposibles”.