culpa

Emociones

Cómo liberarnos de la culpa de una vez por todas

Tómate un respiro y valora que hiciste todo lo que pudiste. No te castigues más.

Silvia Salinas

¡Ya no te acuses más! Nuestro peor enemigo somos nosotros mismos, en pelea continua entre lo que somos y lo que pensamos que deberíamos ser. Si el juez interior aparece, acepta en lugar de luchar.

No hacen falta palabras para definir la culpa. Cualquiera de nosotros conoce el malestar interno que sentimos cuando ese sentimiento nos invade. Y aunque a veces puede parecer útil para evitar o rectificar actitudes con las que hemos herido a alguien, si nos encallamos en ella se convierte en una desagradable sensación de lucha contra uno mismo. La culpa es, justamente eso, un “estado de pelea” entre la persona que somos y la idea que tenemos de cómo deberíamos ser y actuar.

Aceptémonos tal como somos

Pero se trata de una lucha perdida de antemano que consume nuestra energía y nos conduce a la amargura. Aceptar amorosamente que somos quienes somos es un requisito indispensable para que la culpa no nos invada.

Aceptarnos tal cual no quiere decir que no podamos cambiar y mejorar o que no podamos crecer como personas, pero seguro que no lo lograremos por el camino de la culpa y el reproche.

¿Dónde nace la culpa?

Las semillas de la culpa surgen en nuestra niñez cuando nuestros padres no nos validan tal y como somos. Así construimos la idea de que está mal ser lo que somos y pretendemos ser otros, para acercarnos a ese modelo que nuestros padres dicen que debemos ser.

Un ejemplo sencillo y conocido es cuando al niño se le advierte: “Los hombres no lloran”. De forma inconsciente ese niño saca sus primeras conclusiones: “Está mal llorar, está mal lo que siento”. A partir de ahí, cada vez que llore se sentirá culpable. Las ideas que adquirimos en la relación con los padres se potencian con lo que la sociedad nos indica como bueno y debido.

No se trata de que esté mal tener ideas de lo que queremos ser o hacer, sino de lo que hacemos cuando nuestra vida no coincide con nuestras ideas. La situación en que nos encontramos puede gustarnos o no, pero es la realidad y solo podemos construir a partir de ella: lo que somos siempre es mucho más sólido que cualquier idea, por brillante que sea, de lo que deberíamos ser.

Los efectos de la culpa son interminables. Es como si lleváramos un juez interno que nos murmura al oído sus acusaciones cada vez que nos apartamos del modelo. Bastaría con convertirnos en observadores de nosotros mismos para descubrir que este juez interno no solo no nos guía por el buen camino, sino que en realidad solo nos perjudica.

Un alcohólico no dejará de beber por culpabilidad. Solo lo hará cuando se acepte tal cual es y aun así le parezca que se merece ser querido, que es digno de recibir ayuda y de pedirla.

El juez externo

Muchas veces le recriminamos a alguien, al otro, que “nos hace sentir culpable”. Pero esto es imposible. A menos que nosotros mismos compartamos esa “acusación”. Me viene a la memoria mi propio caso. Antes de tener mis hijos, me formé como terapeuta en Estados Unidos. Después interrumpí mi formación hasta que mi hijo menor tuvo cuatro años. Cuando volví a viajar para asistir a cursos, mi madre, “inocentemente”, me preguntaba si era realmente “necesario”, apuntando argumentos del tipo” si el avión se cae tus hijos quedarían sin madre”. Entonces la culpa comenzaba a hacer su trabajo y ningún curso me parecía lo suficientemente bueno y justificado.

Poco a poco me fui dando cuenta de que eran mis propias ideas –no las de mi madre– sobre lo que debía hacer las que estaban interfiriendo y no me dejaban apreciar lo que cada curso tenía para darme. El trabajo para disolver la culpa fue observar los pensamientos, las ideas, las frases que me invadían cuando esta me desbordaba: “Deberías estar en tu casa”, “Una buena madre no deja a sus hijos de esta manera”. Pero luego observé que eran solo ideas, no realidades. Si me hubiera forzado a ajustarme a ellas, hubiera perdido cosas que eran muy importantes para mí, y la situación no hubiera tenido nada de ideal.

Aceptar para cambiar

Aunque debo admitir que es difícil liberarse de esos pensamientos adquiridos, es posible desidentificarse y observar que se trata solo de eso, de ideas y no realidades. Entonces pierden su fuerza y no consiguen obstaculizar nuestro camino. La idea, el juicio, queda a un lado y nosotros podemos recuperar nuestro camino. Y más allá de lo que pensemos, siempre hacemos lo que podemos, que puede ser el máximo dentro de nuestras posibilidades. Pero el impulso que nos hace ser como somos es más fuerte que cualquier idea. Podemos aceptarlo o sentirnos culpables, pero siempre vamos a ser como somos.

Como dice el psicólogo John Welwood, la base del sufrimiento humano es el enjuiciamiento. Por eso, cuando un problema nos invada, trabajemos para suavizar el juicio que emitimos respecto a nosotros mismos.

Si aceptamos que somos imperfectos y que esto no está ni bien ni mal, que simplemente es lo que hay, podremos construir a partir de esta aceptación, de lo que hay. Cuando nos aceptamos en toda nuestra imperfección y no peleamos por cambiar, el amor y la compasión crecen en nosotros. Y entonces el cambio se produce.

Las 3 listas para vivir alejados de la culpa

¿Quieres reconocer tus sentimientos de culpa y liberarte de ellos? Este sencillo ejercicio es muy eficaz.

En una libreta debes hacer tres listas en tres columnas paralelas, cada una encabezada por las palabras “Debo”, “Quiero” y “Puedo”.

1. La lista de “debo”

Conecta con todo lo que crees que deberías cambiar y apunta las frases con que te lo explicas a ti mismo. Esta es la columna de “lo que debe ser”, o sea, los argumentos del juez interior. Ejemplo: “Debo comer solo comidas sanas y bien elaboradas”.

2. La lista de “quiero”

En correspondencia con cada “Debo”, observa qué te sientes impulsado a hacer y apúntalo al lado, al mismo nivel, en la lista del “Quiero”. Por ejemplo, correspondiendo a la frase anterior de cómo debes comer, sería algo así: “Quiero comer bollos y chocolate”.

3. La lista de “puedo”

En esta tercera columna, apunta lo que de verdad puedes hacer y lo que haces en cada caso. Por ejemplo: “Puedo comer bollos y chocolate una vez a la semana y de forma moderada”.

Acepta la realidad


Aunque la columna del “Puedo” no sea la que más te guste, es la única real. Descartemos la columna del “Debo”, y después de conocer la del “Quiero”, aceptemos cada uno de los “Puedo” que sí nos permiten empezar una nueva historia.

Desarma tu juez


Los juicios son ideas y no realidades. A través de estos juicios, debemos observar y conocer los mecanismos que nos generan el sentimiento de culpa en lugar de placer, alegría o seguridad. Cambiar juicios por preguntas objetivas y amables, por ejemplo, el “¡Qué tonto he sido!”, por “¿Qué me habrá llevado a comportarme de esa manera?”. Así descubriremos cómo se activa.

En resumen

  • Si aceptamos que somos imperfectos y que esto no está ni bien ni mal, que simplemente es lo que hay, podremos empezar a construir
  • Las semillas de la culpa nacen en la niñez. Si nuestros padres no nos validan tal y como somos, queremos ser otros buscando su aceptación