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Positividad

Cómo sacarle partido al buen humor (y sus beneficios)

Es un elixir para el corazón y nuestro mejor recurso ante la adversidad. Pero las investigaciones han demostrado que el buen humor tiene otros beneficios.

Christophe André

¿Para qué sirve el buen humor? Nos permite relativizar, estimula la creatividad y nos ayuda a dar un sentido a la vida. Y lo más importante, no solo depende de lo que nos depara el día a día, sino que nosotros, con nuestra actitud, también podemos potenciar el buen humor y con él, sus beneficios.

El buen humor y sus ventajas

Uno de mis pacientes deprimidos me contó un día las primeras manifestaciones de su curación: “De repente –me dijo–, sentí que era posible volver a encontrarme bien, mientras que antes creía que mi depresión no terminaría nunca. Estaba desayunando y me sentí de buen humor. No fue nada extraordinario, no me sentí eufórico ni lleno de energía, pero notaba la posibilidad de estar bien, me sentía abierto al mundo y no replegado sobre mi tristeza. No comprendía bien por qué me sucedía ahora; por qué de pronto, al ver el cielo y la luz, me entraban más ganas de sonreír que de suspirar. De nuevo me parecía posible vivir, actuar, pelear por las cosas de cada día. Sabía que eso no duraría, que volverían los problemas, y el pesimismo, y la pasividad. Pero tras meses de frío y de noche interior, ese pasaje tan pequeño de buen humor me había tranquilizado profundamente: sentía que iba a curarme y que volvería a ser como antes”.

El buen humor es una alegría ligera y subliminal, un sentimiento casi animal vinculado a la felicidad de existir y de estar aquí, vivos. Con frecuencia, el buen humor no necesita palabras: se deja olvidar fácilmente, lo notamos en el cuerpo (tenemos energía), en los sentidos (sentimos gusto, ganas), en la receptividad (somos capaces de ver lo que va bien en torno nuestro) y en los actos (somos capaces de suscitar sonrisas, de felicitar, de emprender).

Un termostato para nuestras emociones

El buen humor es como una regulación ligeramente positiva de nuestro termostato emocional. Y, además, tiende a autoalimentarse y a reforzarse a sí mismo: si estamos de buen humor, volveremos más nuestra mirada hacia las cosas que van bien, iremos más al encuentro de los otros, que nos acogerán mejor, y tendremos más iniciativas. A cambio de todo ello, aumentará nuestro buen humor. Es ciertamente lo contrario de lo que ocurre con la tristeza, y aun más con la depresión.

Los investigadores hablan incluso de un “sesgo positivo”, una suerte de deformación de lo real facilitado por el buen humor, haciendo la vida más hermosa de lo que en realidad es. Pero también nos dicen que este sesgo es indispensable para la especie humana: sin el buen humor, nos faltaría ese impulso vital que nos empuja a acercarnos al mundo, y nos veríamos ahogados por el derrotismo, pues el mundo no es fácil todos los días. Así, el buen humor es una especie de elixir de confianza, de ganas y de energía para afrontar la vida con el corazón ligero.

Ver la vida desde una mirada positiva

Diversas investigaciones han demostrado que el buen humor modifica nuestra forma de ver las cosas. Se observó que varios voluntarios que estaban de buen humor–bastó con hacerles ganar una pequeña suma de dinero en un videojuego o someterlos a unos tests para medir su cociente intelectual y decirles que eran muy inteligentes– se centraban menos en los detalles y tendían a tomar distancia y a ver las situaciones en su conjunto. Parafraseando un proverbio chino, podríamos afirmar que el buen humor nos hace más sensibles al bosque que crece –la totalidad– que al árbol que cae –el detalle–.

En consecuencia, si “estamos de buenas”, seremos capaces de relativizar: aceptaremos que en la vida existan algunos problemas o en nuestras relaciones, algunos conflictos, sin que por eso nos entren ganas de rendirnos, de gritar o de huir. “Unos cuantos contratiempos cada día es el peaje de la vida: no es un precio demasiado caro para todas las cosas buenas que conlleva, ¿no?”, me dijo un día una buena amiga que tiene buen humor y es bastante estable.

Más creativos, más saludables

El buen humor también comporta beneficios para la creatividad; los voluntarios de buen humor encontraron respuestas más rápidamente a enigmas como: “¿Cuál es el punto en común entre un ascensor y un camello?”. (¡Son medios de transporte!). Asimismo es bueno para la salud: cada vez hay más investigaciones que demuestran que, a largo plazo, estar a menudo de buen humor es beneficioso para nuestro sistema inmunitario y, por tanto, es un factor protector –pero no una garantía– en términos de salud y de longevidad.

Finalmente, para quienes piensan que el buen humor es algo “ligero” y sin demasiada relación con lo que es verdaderamente importante, se ha demostrado también que cuanto más a menudo nos sentimos de buen humor, tanto más tendemos a hallar un sentido a nuestra vida. Sin duda, porque el buen humor nos abre al mundo y nos hace pensar que nuestros actos pueden ser eficaces para cambiarlo y mejorarlo.

Está en nuestras manos

El buen humor depende de muchas cosas: del cielo azul, de una buena noticia, un gesto amistoso, un cumplido… Pero aparte de lo que la vida nos aporta, está también lo que podemos hacer nosotros. Podemos sonreír. Hoy se sabe que la sonrisa y el buen humor están interrelacionados: estar de buen humor nos hace más proclives a sonreír, y sonreír facilita también el buen humor. Por ejemplo, sonreír cuando no se tienen problemas, en vez de poner mala cara. Recuerdo un día en que vi el reflejo de mi cara en el cristal de un vagón del metro: parecía triste, cuando en verdad no tenía ningún problema, simplemente me había dejado “contaminar” por el semblante de los otros pasajeros.

Entonces pensé que era una idiotez ofrecer una expresión de tristeza, cuando mi estado mental era, si no alegre, por lo menos neutro. Desde entonces me esfuerzo en sonreír –ligeramente– siempre que no tengo problemas graves. Y creo que me sienta bien. También se puede hacer ejercicio (un paseo por el campo o por un parque) o encontrarse con nuevos conocidos o con personas a las que queremos.

Estos pequeños esfuerzos contribuyen poco a poco –no esperemos un resultado inmediato ni espectacular– a facilitar nuestro buen humor. De igual forma que existe el slow food (tomarse tiempo para cocinar y degustar), podemos cultivar el slow mood: ayudar suavemente al buen humor para que emerja. Es lo que describía el filósofo Spinoza cuando nos aconsejaba “buscar la alegría por decreto de la razón”.