Niña en la orilla

Recuperar el 'feeling'

Cómo sanar las heridas y recuperar la alegría

El daño sufrido en el pasado puede condicionar nuestro presente. Pero si tratamos a nuestro niño interior con un amor incondicional, reaparece la alegría y la entrega

Jorge Bucay

Hace años, mientras asistíamos a una misa que celebraba nuestro amigo el sacerdote Enrique Ponce, Silvia Salinas y yo nos emocionamos al escuchar el relato de El perro herido. En ese momento, ambos pensamos que debíamos incluirlo en nuestro libro Seguir sin ti (Biblioteca Bucay, RBA).

Hoy, con el libro ya editado, contamos en el prólogo esa vivencia y relatamos, agradecidos, aquella historia:

"En una ciudad cualquiera, en un tiempo cualquiera, en una calle cualquiera, un perrito callejero es atropellado. El pobre animal queda tendido en la acera. Dos amigos que pasan por allí caminando y que no han llegado a presenciar el accidente, ven el perro herido, jadeando con angustia.

Uno de los dos amigos se acerca al animal y trata de levantarlo para llevarlo hasta un veterinario. Al intentar pasar una mano debajo de su cuerpo, el perro gruñe y muestra los dientes. Cuando elmuchacho lo vuelve a intentar, el perro le muerde. El joven lo suelta y, mirándose la herida, se queja con su amigo:

—Perro desagradecido... Lo quiero ayudar y encima me muerde.

El otro palmea la espalda de su amigo tratando de calmarlo:

—No te enfades –le dice, mientras intenta limpiarle la pequeña herida con su pañuelo–. No ha intentado morderte por maldad ni por falta de gratitud. Muerde porque está herido."

Nuestras actitudes neuróticas, incomprensibles y autodestructivas tienen su origen en heridas de otro tiempo

Los psicólogos y los terapeutas de todas las líneas y escuelas sabemos, desde hace mucho, que la totalidad de nuestras actitudes neuróticas, incomprensibles, dañinas y autodestructivas tienen su origen en heridas de otro tiempo: traumas, golpes, abandonos y vejaciones de las cuales fuimos víctimas cuando todavía no podíamos defendernos, cuando ni siquiera podíamos terminar de comprender lo que nos estaba pasando.

El dolor del pasado

Desde donde sea que se guarden esos traumas –en el inconsciente inaccesible de la ortodoxia psicoanalítica, en la historia negada de los psicoterapeutas constructivistas, en la memoria corporal de los holistas o, como pensamos muchos, en el niño o niña que fuimos y sigue vivo en nosotros–; desde allí, digo, el dolor ligado a nuestro pasado influye, condiciona y perturba nuestro presente, ciñendo nuestro potencial y jugando en contra de nuestros mejores proyectos.

Genialmente, John Bradshaw, el más didáctico de los terapeutas contemporáneos, llamó a estos aspectos el niño herido interior. Muy frecuentemente, ese niño interior sufre el no haber superado las consecuencias de una deficiente actuación de su padre o madre, o la falta de herramientas de su entorno para contener situaciones difíciles, como son, por ejemplo, la muerte de una figura importante o una debacle socioeconómica familiar.

Por lo general, no se trata solamente de alguna frustración o hecho doloroso, pues la vida de todos las incluye y las incluirá. Se trata, más bien, de la represión –consciente o no; por mandato o por imitación– de los sentimientos ligados a esos episodios. Si un niño no aprende a dejarse sentir y a expresar, especialmente por miedo a ser rechazado, terminará irremediablemente desconectado, asustado y distante de todo y de todos. El niño herido siente, cree, sabe o recuerda la amenaza de no ser amado si hacía eso o aquello o si dejaba de hacer eso otro.

La fantasía del desamor o del abandono crea un vacío que se intentará llenar después con actitudes inadecuadas, repetición de conductas, manipulación de los demás, adicciones y autodestrucción (depresión, aislamiento, autoboicot...) o cuando no, como en el cuento, con respuestas agresivas y hostiles hacia todo y hacia todos. Nuestro niño interior representa nuestra parte más vital y espontánea. Sus dolores son los nuestros y su desamparo, nuestra desesperación. Sanarlo es sanar nuestro pasado y, por lo tanto, “curar” nuestra existencia presente y futura.

Sentir las emociones

No se trata de “re-educar” al niño interior sino de dejarlo ser. Es un descubrimiento (des-cubrimiento) de nuestras esencias y habilidades olvidadas. Muchas veces sentimos rechazo por estos aspectos reprimidos y tenemos miedo de que el dolor nos invada, de que nos paralice o de que nos destruya. Pero es necesario darse cuenta de que nada de eso sucederá. Esa es una idea exagerada de nuestra vulnerabilidad o fragilidad, que, en realidad, es el desamparo de un niño que se siente solo y lastimado.

A fin de establecer contacto con nuestro niño interior, es en muchas ocasiones imprescindible volver atrás y permitirnos sentir aquellas emociones bloqueadas, que son las que nos encarcelan en una determinada “personalidad” socialmente correcta y aceptada, pero ausente de espontaneidad y frescura.

Para establecer contacto con nuestro niño interior, hay que volver atrás y permitirnos sentir las emociones bloqueadas

No son, así pues, los traumas que padecemos en la infancia los que nos enferman emocionalmente sino nuestra incapacidad para expresarlos. Aquellas defensas que alguna vez, quizás ciertamente, nos ayudaron a sobrevivir a determinadas situaciones son hoy obstáculos para nuestro crecimiento definitivo.

Nuestra sociedad repudia un poco al niño espontáneo y expresivo, nuestros aspectos más vulnerables y sensibleros, pero estos forman también parte de lo que somos. Puede ser que no podamos dejarlos salir todo el tiempo y frente a cualquiera, pero ¿por qué no crear cada vez más entornos donde podamos ser nosotros sin frenos? ¿Por qué no empezar “por casa” con el vínculo interno entre nuestro adulto y nuestro niño herido?

Reconocer al niño interior

Los cinco principios básicos para hacerse cargo de nuestro niño interior son muy sencillos y efectivos cuando los ponemos en práctica honestamente, con continuidad y con apertura:

  1. La idea principal es volver a conectar con ese niñito que generalmente se siente solo y abandonado para que nos diga qué necesita, para ayudarlo a expresarse, para validarlo, para que confíe en sus emociones y en sí mismo. De esa forma, empezaremos a confiar en nosotros mismos.
  2. Nuestro adulto interior, la parte más sana y crecida que podemos encontrar en nosotros, debe reconocer el aspecto infantil y herido del niño que nos habita y aceptarlo tal como es.
  3. Debemos aprender a tratar al niño interior con un amor incondicional y mostrar una actitud tan permisiva que le permita sentirse libre para expresar sinceramente sus sentimientos.
  4. Debemos respetar la forma en la que el niño herido pretende enfrentar sus problemas. Aceptar que quizás él o ella saben, más que nosotros, cómo afrontar la situación y qué es lo que hay que cambiar. No se trata de dirigir las acciones sino de ser el continente que el niño necesita para poder encarar su desafío. Él decide el rumbo y el adulto lo sostiene.
  5. El adulto interno debe resistir sus urgencias y no forzar al niño lastimado a que solucione sus cosas ya, ni a que deje de llorar ni, mucho menos, a que sea feliz ahora.

El encuentro de las almas

Todo eso es la consecuencia de una acción, pero no su punto de referencia. Cuidar de nuestro niño interior es más que reconocer su presencia. Se trata de saber de sus necesidades y de sus reacciones frente al dolor, es amarlo y hacerse cargo de su indefensión. Mientras no lo escuchemos, seguirá reaccionando y empeorando nuestra manera de ser en el mundo, especialmente en los afectos.

Mientras no escuchemos a nuestro niño interior, seguirá empeorando nuestra manera de ser en el mundo

Pero el niño interior se volverá adecuado y creativo si nos decidimos a dedicarle el tiempo, la atención y los cuidados que se merece. Cuando las personas se sienten validadas en su dolor, pueden expresarlo y atravesarlo; aparece entonces la alegría, la sensibilidad y la entrega.

Cuando podemos llevar adelante estos pasos, nos relacionamos saludablemente con ese niño vulnerable y le permitimos salir a la superficie. Es entonces cuando descubrimos, a veces con sorpresa, que solamente por este camino podemos establecer verdaderos contactos íntimos con los demás, porque, nos guste o no, la vulnerabilidad y entrega del niño interior es lo que posibilita la intimidad, el encuentro de las almas, como me enseñó a llamarlo mi amiga Silvia Salinas.