Padre e hija

Laura Gutman

Crecer a la sombra del padre

Nuestro padre no es un hombre cualquiera, es un hombre con quien tenemos la posibilidad de ampliar nuestro corazón

Laura Gutman

Aunque nos parezca inverosímil, la lente de nuestra madre ha organizado nuestro entendimiento. Claro que es probable que lo que nuestra madre haya dicho a lo largo de los años coincida en parte con escenas vividas propias. Por ejemplo, si ha dicho que nuestro padre era incapaz de generar dinero, y efectivamente el salario de nuestra madre ha sido a lo largo de los años más importante que el de él, podemos suponer que eso es verdad.

Sin embargo, esas opiniones tenían su razón de ser desde el punto de vista de nuestra madre, pero han teñido el acceso espontáneo que hubiéramos podido establecer con nuestro padre. Ejemplos hay muchos y sería interesante que –al recordar nuestra infancia– pudiéramos reconocer qué experiencias reales hemos tenido cada uno de modo directo con nuestro padre y cuáles están teñidas por el discurso de nuestra madre.

La insatisfacción de nuestra madre

Con frecuencia, nuestra madre ha pretendido que nuestro padre respondiera a una serie de atributos y no ha sido complacida. Después, nosotros, en calidad de hijos, pretenderemos lo mismo. Sin embargo –más allá de las imposibilidades y los escasos recursos con los que llegamos a la madurez–, la función del padre, idealmente y dentro de un matrimonio maduro, solidario y en el marco de buenos acuerdos, podría ser la de un buen acompañante de su mujer en la tarea de maternar.

No es primordial que el padre se ocupe directamente del niño. No es su función. Pero nuestra madre –necesitada, desbordada, sobrepasada por las responsabilidades y perdida– ha reclamado ayuda para cuidarnos a nosotros, los hijos en común. Busquemos en nuestros recuerdos y llegaremos a la conclusión de que raramente ella ha sido satisfecha.

La relación que hemos establecido con el padre depende de la satisfacción personal que la madre haya obtenido en la pareja

Tipos de figuras paternales

Pero ¿acaso no hay padres que aman a sus hijos? Sí, por supuesto. Pero una cosa son los sentimientos amorosos y otra cosa es la posibilidad de responder a las necesidades de los niños pequeños o de sus cónyuges en estado de desesperación.

Con todo esto quiero decir que la relación que hemos establecido con nuestros padres desde que fuimos niños depende de la satisfacción personal que nuestra madre haya obtenido dentro de la pareja.

Si el rol desempeñado por nuestro padre fue satisfactorio para ella, es probable –aunque no está garantizado– que mantengamos recuerdos afables y cariñosos respecto a él. En cambio, si la situación fue adversa para mamá, el acceso afectivo hacia nuestro padre posiblemente haya estado comprometido.

Luego hemos crecido. En algunos casos, nuestros padres continúan viviendo juntos; en otros, se separaron hace años y después acabaron formando nuevas parejas. Puede suceder que alguno de nuestros progenitores haya fallecido –o ambos– y conservemos recuerdos que también están organizados en base a los puntos de vista de quien sostenía el discurso oficial. Por lo tanto, para abordar la relación actual que mantenemos con nuestro padre, precisamos reconocer la lógica de la dinámica que está constituida desde hace años. No es posible pretender que de pronto aparezca un vínculo diferente a lo que hemos podido establecer en el transcurso del tiempo.

Relacionarnos con nuestro padre ahora que somos adultos

Cuando somos niños, el tipo de vínculo lo establecen los mayores. En cambio, cuando devenimos adultos, lo podemos cambiar porque entonces depende de ambos: padres e hijos maduros. En algunos casos decidimos restablecer una relación afectiva con nuestro padre que tal vez nunca funcionó en el pasado, o era lábil o inestable o distante.

¿Cómo podemos implementarla? Advirtamos que iremos al encuentro de ese hombre real sin buscar nada porque ya no necesitamos nada. La función paterna hubiera sido necesaria siendo niños, ahora somos dos personas adultas deseando establecer un vínculo de amor dentro de cierta paridad.

Advirtamos que iremos al encuentro de ese hombre real sin buscar nada porque ya no necesitamos nada

¿Por qué haríamos algo así? Porque hoy –por fuera de la alineación materna– tal vez descubramos unas cuantas perlas: historias del pasado, coincidencias, mundos interiores inexplorados, secretos escondidos y brazos dispuestos. Tal vez hallemos un hombre golpeado pero amoroso, anhelando formar parte de nuestro universo si tan solo le abrimos la puerta. O quizás suceda todo lo contrario: que vayamos a buscar y que no encontremos lo que esperábamos. ¿Qué puede pasar en estos casos? Nada, si no alimentamos expectativas.

Recordemos que cuando somos adultos no necesitamos a nuestros padres en sus funciones. Sí podemos disfrutar de los vínculos con nuestros padres si sostenemos mínimos acuerdos. Ahora bien, ¿qué sucede cuando nuestros padres nos necesitan a nosotros? En cualquier caso, tomaremos buenas decisiones sobre qué, cómo, cuándo y cuánto apoyar y sostener si echamos suficiente luz sobre la historia completa de nuestra relación.

Nuestro padre no es un hombre cualquiera. Es un hombre con quien tenemos la posibilidad de ampliar nuestro corazón, volver sobre nuestras raíces, revisar con sinceridad la trama familiar construida antes y después de nuestro nacimiento, y decidir hacia dónde deseamos continuar con nuestro despliegue vital.

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