Problemas de familia

No me entiendo con mi hermano: ¿Qué puedo hacer?

Pasa en todas las familias. Esta relación tan especial no está libre de problemas y, a veces, se enquistan. ¿Cómo abordarlos antes de sean insalvable?

Demián Bucay

entenderse entre hermanos

En la gran mayoría de los casos, las raíces de los problemas entre hermanos se nutren de antiguos resentimientos. Pero nuestros hermanos son los testigos privilegiados de nuestra historia. Distanciarse de un hermano implica distanciarse de una parte significativa de nosotros mismos.

Con un hermano es con quien aprendemos a relacionarnos con los demás. El vínculo entre hermanos es tan importante porque tenemos el mismo origen. Ese mismo origen sigue siempre existiendo, nos une.

Lo mismo que une a los hermanos es lo mismo que los separa. La inmensa mayoría de las disputas entre hermanos está relacionada directa o indirectamente con el lugar que cada uno ocupó, ocupa o quisiera ocupar respecto a sus padres.

Podemos no estar de acuerdo en ciertas cosas, pero poner en juego la relación con un hermano por este motivo es un precio a pagar demasiado alto. Apoyados sobre esta convicción, podremos dejar a un lado nuestro resentimiento y dar con firmeza el primer paso, que consiste, sencillamente, en hablar con la máxima sinceridad posible, mostrar nuestro dolor, expresar nuestros sentimientos.

Mi propia historia de familia

Hace ya bastante tiempo –tendría yo cerca de diez años–, mientras miraba unas viejas fotografías, descubrí que mi abuelo tenía un hermano. Yo jamás lo había visto ni había oído hablar de él hasta aquel momento. Él y mi abuelo se habían peleado antes de que yo naciese y, desde entonces, no se hablaban ni se veían.

¡Más de diez años sin hablarse con su propio hermano! Mi mente de niño era incapaz de comprender aquello. ¿Qué podía ser tan terrible como para que dos hermanos se comportasen, aun habiendo pasado diez años, como si el otro no existiese?

Decidí, entonces, preguntarle directamente a mi abuelo por la causa de aquella pelea. Su respuesta tuvo en mí un efecto devastador. “Ya no lo recuerdo”, dijo. Estaba enojado profundamente con su único hermano desde hacía años, ¡y ni siquiera recordaba por qué!

La distancia que separa

Hoy creo que aquella respuesta fue, quizá, una evasiva, un modo de no tener que explicarle a un niño pequeño problemas harto complejos. Sin embargo, el modo en que lo dijo, su tono de voz y el hecho de que nunca en todos estos años yo haya llegado a saber qué fue lo que ocurrió entre ambos me llevan a creer que ese “ya no lo recuerdo” encerraba también gran parte de verdad.

Creo que ambos ignoraban la verdadera causa, el motivo real, de su alejamiento. Imagino que mi abuelo hubiera podido mencionar algún enfrentamiento con su hermano, alguna discusión airada y hasta una traición, pero ninguno de estos episodios hubiesen justificado un distanciamiento tan feroz y prolongado.

Mi abuelo y su hermano se habían impuesto una distancia que había ido creciendo como una bola de nieve

Y lo que más distancia es la propia distancia, cuando ha pasado ya demasiada agua bajo el puente, cuando hay demasiado camino que desandar para encontrar las raíces de un desencuentro. Una distancia que se había convertido en insalvable.

Me atrevo a pensar que si sus nietos le hubieran preguntado a mi tío abuelo por aquella supuesta pelea, él tampoco habría podido responder. No se trata de que mi abuelo o su hermano no pudiesen explicar qué era lo que los separaba de aquel modo, sino que era, por fuerza, inexplicable, indecible.

Mi abuelo no podía hablarme de lo ocurrido simplemente porque nunca había podido hacerlo

Y eso era, precisamente, lo que hacía que la situación perdurase y fuera empeorando con el paso del tiempo.

Si alguno de los dos hubiese podido decir algo al respecto, si alguno de los dos hubiese podido hablar de ello, seguramente el desencuentro no hubiese avanzado tanto como para convertirse en aquel abismo que ahora se abría entre ellos.

Vínculos irremplazables

Cuento esta anécdota porque la considero muy representativa de lo que suele ocurrir con los distanciamientos entre hermanos. En algunas ocasiones, la distancia llega al punto extremo de la disolución de todo vínculo; en otras, la relación se mantiene, pero aquejada constantemente por la desconfianza, los recelos o la envidia.

Es cierto que existen casos, episodios de tal magnitud –un abuso sexual o el uso de la violencia física– que justifican la disolución de un vínculo fraterno. Sin embargo, estos casos son los menos y nada tienen que ver con lo que aquí estamos tratando de explicar.

En la gran mayoría de los casos, las raíces del malestar se nutren de antiguos resentimientos

Enfados, decepciones y dolores que se acarrean a través de los años y se hacen cada vez más difíciles de sanar.

El vínculo fraternal es único e irreemplazable por varias razones:

Nuestros hermanos son los testigos privilegiados de nuestra historia, han estado allí desde el comienzo (o casi) y, seguramente, han atravesado con nosotros momentos de suma importancia.

Distanciarse de un hermano implica distanciarse de una parte significativa de nosotros mismos

Además, la relación con un hermano es el primer modelo que tenemos en la vida de una relación entre pares, ​esta otra razón que es, quizá, aún más importante. Es con nuestros hermanos, sean mayores o menores que nosotros, con quienes aprendemos a relacionarnos con los demás, con quienes formamos nuestros modos de compartir, de competir, de ayudarnos y de cooperar.

La forma como nos relacionamos de niños con nuestros hermanos influirá, en gran parte, en nuestras relaciones con otras personas de nuestra vida futura. Creo que por ese carácter primordial, aun en la vida adulta, las relaciones con nuestros hermanos moldean nuestros vínculos con los demás y, por eso, debemos nutrirlas especialmente.

Unidos por la raíz

Por último, este vínculo es tan importante por una razón evidente: porque tenemos el mismo origen. La palabra hermano proviene del latín germen, que significa ‘retoño, brote’. Los hermanos somos brotes de un mismo árbol y, aunque llegará el día en que maduremos y lo abandonemos, ese origen sigue existiendo, nos une.

Quizá no debería sorprendernos que lo mismo que une a los hermanos sea lo mismo que los separa

La inmensa mayoría de las disputas entre hermanos está relacionada directa o indirectamente con el lugar que cada uno ocupó, ocupa o quisiera ocupar respecto a sus padres.

Por eso no es e casual que muchas rencillas fraternas salgan a la luz cuando fallece uno de los padres. En el momento del “reparto” se desatan las peleas por la herencia en cualquiera de sus formas: dinero, posesiones, recuerdos..., aunque tal vez se trate, a fin de cuentas, del amor.

Estar dispuestos a amar

Más allá del lugar que cada hijo ocupa en estas “novelas familiares”, es necesario tener la convicción de que podemos no estar de acuerdo en ciertas cosas, pero que poner en juego la relación con un hermano por este motivo es un precio a pagar demasiado alto.

Podremos dejar a un lado nuestro resentimiento y dar con firmeza el primer paso, apoyados sobre esta convicción. Consiste, sencillamente, en hablar con la máxima sinceridad posible, mostrar nuestro dolor, expresar nuestros sentimientos.

Mi abuelo nunca se reconcilió con su hermano pero, en los últimos tiempos, le he escuchado en varias oportunidades decir frases como “mi hermano tal cosa” o “con mi hermano tal otra”. Son frases que en cierto modo le delatan. Me consuela pensar que, en cierta manera, ha decidido que su hermano vuelva a formar parte de su historia. Y este gesto es ya un acercamiento.

8 ideas para reconstruir las relaciones entre hermanos

He aquí ocho ideas básicas para retomar la relación con un hermano o hermana que se ha distanciado de nosotros.

1. No esperes demasiado

Un río que cada vez se hace más ancho y profundo. A eso se puede parecer un conflicto no resuelto entre hermanos. Antes de que su cauce crezca demasiado, será preciso que construyas un puente que os acerque a los que estáis en las dos orillas.

2. Valora a los tuyos

El primer paso para construir este puente es hacerte consciente de que, incluso las relaciones que damos por sentado, las que parecen más naturales (entre padres e hijos o hermanos), requieren nuestro cuidado, que pongamos de nuestra parte: el vínculo sanguíneo no las hace menos vulnerables.

3. Toma la iniciativa

La siguiente tarea es decidir que tú te ocuparás del trabajo de reconstruir el puente de unión. Imagino que, llegados a este punto, más de una persona puede objetar: "¡Un momento, somos dos en esta disputa! ¿Por qué tengo que ser yo quien haga todo el trabajo?". El orgullo es, en este caso, un mal consejero. Lo único cierto es que el movimiento más armónico es el de intentar reconstruir la relación por parte de ambos, empezando por ti; en esta y en todas las ocasiones.

4. Analiza las diferencias

Si has decidido construir el puente, podrías inspeccionar el camino que te separa de tu hermano. ¿Es una distancia muy grande? ¿Desde cuándo se ha venido ensanchando? ¿Qué episodios recuerdas en los que te has sentido molesto o furioso? Tener en cuenta esto es importante para planificar el puente que puedes construir.

5. Conecta con tus sensaciones

Una parte del problema tiene que ver con hechos, circunstancias... y otra, no menos importante, con las emociones, las sensaciones, los sentimientos... Por eso, podrías hacerte una pregunta muy importante:

"¿Cómo me siento respecto de mi hermano cuando entramos en conflicto o cuando pienso en la distancia que nos separa? ¿Siento celos? ¿Envidia? ¿Me siento decepcionado? ¿Rechazado? ¿Traicionado?

El distanciamiento es una respuesta a estas sensaciones dolorosas, por eso es importante que las identifiques y las aceptes si te propones reconstruir el vínculo.

6. Ponte en su lugar

En las terapias de pareja, siempre es sorprendente el momento en que ambas personas, con ayuda del terapeuta, descubren realmente qué es lo que el otro desearía en la relación. A veces, estamos tan centrados en nuestra queja que no nos damos cuenta de que el otro tiene aspiraciones legítimas. Así que pregúntate respecto a tu hermano: "¿Qué creo que siente él o ella?". Este paso es esencial para vuestra reconciliación.

7. Da un primer paso

En los puentes antiguos lo que se hacía era lanzar una cuerda atada a un peso hasta el otro lado, donde alguien la recogía y aseguraba. Sobre esta soga que conectaba un lado con otro se iba edificando el puente. Nosotros debemos también establecer algún contacto con nuestro hermano, tender un lazo que nos una y que nos permita, en algún momento, sentarnos para hablar sobre lo que nos sucede.

El modo de hacerlo depende de cada persona, desde decir directamente: "Me gustaría que habláramos" hasta coincidir en alguna ocasión y mostrarse menos distante. Este pequeño contacto permitirá el siguiente paso.

8. Habla sin temor

Finalmente, habrá que hablar. No hay otro modo de establecer el puente final. Y se trata de hablar de lo que uno siente, de comunicar las sensaciones propias y escuchar.

Lo que habitualmente hacemos cuando discutimos es acusar, pasar factura, reprochar. Sin embargo, todo esto solo sirve para profundizar la distancia. Centrémonos en aclarar, de la mejor manera posible, ese juego de sentimientos y, así, el acercamiento, las soluciones, los encuentros, aparecerán por sí solos.