Cambiar la mirada

5 claves para encontrar nuestro camino

¿Cómo vería tu vida un niño? ¿Y un anciano? Colocarnos mentalmente en otra situación o bajo otra piel nos revela facetas desconocidas de nosotros mismos.

Jordi Pigem

encontrar nuestro camino

Sabemos que resulta muy estimulante vivir unos años en un lugar o un país distinto de aquel en que hemos crecido. Sin embargo, como afirma una cita que se repite a menudo, el verdadero viaje no consiste en descubrir nuevos lugares, sino en ver con ojos nuevos.

Observar el mundo con una mirada nueva nos permite dar saltos en el viaje de la vida y del desarrollo personal.

Imaginar lo que somos y lo que hacemos desde una nueva perspectiva renueva las aguas estancadas de la costumbre y de la inercia, y suele ser un paso adelante en el camino de la autorrealización.

Cómo descubrir tu potencial

Una técnica que ayuda a visualizar lo que en el fondo queremos es imaginar lo opuesto de lo que sabemos que no queremos. Por ejemplo, definamos características que no nos gustan en la educación que hoy predomina y démosles la vuelta. ¿Cómo es hoy la educación? Aburrida, reglamentada y entre cuatro paredes. ¿Cómo podría ser? Lo contrario: estimulante, espontánea y al aire libre.

Abraham Maslow, principal impulsor de la psicología humanista y transpersonal en los años sesenta del siglo pasado, se preguntó en una ocasión cómo puede uno vivir en un mundo de limitaciones y mezquindades sin dejar de tener un pie en el mundo de la belleza, la bondad y la verdad, ese mundo que el corazón nos dice que es mucho más real.

Su respuesta fue una larga lista de sugerencias que a continuación adaptamos libremente. Lo que tienen en común es que nos invitan a imaginar lo que somos y hacemos desde otra perspectiva. Por ejemplo, sugería Maslow, prueba cosas nuevas, busca experiencias nuevas. Colabora altruistamente en una buena causa y observa qué sientes...

1. Fíjate en las personas que te resultan admirables.

Fíjate en qué hacen y qué piensan. Imagínate que hablas o escribes no a las personas que habitualmente te rodean, sino a alguna de las grandes figuras de la historia, como Sócrates, Hipatia, Leonardo da Vinci, Cervantes, Santa teresa, Bach, Spinoza, Einstein o quien prefieras.

Estudiando las biografías de las personas ejemplares de su tiempo, como Eleanor Roosevelt, es precisamente como Maslow desarrolló una psicología que no está centrada en los problemas y las patologías, sino en nuestras mejores posibilidades.

No cayó en el error de confundir las personas sanas con las personas “normales” (que solo representan el promedio de psicopatologías de cada época). Las personas sanas son aquellas que saben autorrealizarse, desarrollando plenamente su humanidad y sus capacidades.

2. Observa a una persona o una situación familiar como si lo hicieras por primera vez

Con la mirada fresca y abierta de ese momento. Observa también a esa misma persona o situación como si supieras que ya no volverás a verla más. O cultiva periodos de silencio y meditación para volver luego a la vida cotidiana con una mirada renovada.

O déjate llevar por la imaginación. Mejor todavía, por la intuición. Escucha tu voz interior. Como escribía Maslow, “muchos de nosotros, la mayor parte del tiempo (y es algo que se aplica en especial a niños y jóvenes) no nos escuchamos, sino que escuchamos las voces introyectadas de Mamá, Papá, el Sistema, los Mayores, la Autoridad o la tradición”.

3. Busca deliberadamente el ámbito de la belleza

En museos y salas de conciertos, en los clásicos de la literatura y de la filosofía, en las salidas y puestas de sol, ante árboles centenarios o especialmente hermosos. Camina por la costa, o por el Pirineo, los Picos de Europa, Gredos, Sierra nevada.

Contempla el paisaje como lo haría un fotógrafo o un pintor, con calma y atención, hasta que empieces a escuchar sus secretos. Observa con detalle el pequeño gran mundo de las hormigas, las abejas, las flores, las briznas de hierba, los granos de arena.

Entra en ese pequeño mundo sin interferir con él. Contémplalo desde la presencia plena, de manera vívida y desinteresada.

4. Juega con niños o bebés

Aprende de su espontaneidad y de su capacidad de estar plenamente en el presente. O prueba a jugar con mascotas u otros animales. Fíjate en las mil cosas cotidianas que desbordan nuestra comprensión. Nno te parece un milagro la primavera, o la mirada de un bebé?

5. Déjate llevar por el arte

También la música, y todo arte, pueden transportarnos a lugares nuevos. Uno de los atractivos de la buena literatura y del buen cine es que nos transportan a situaciones muy distintas de las que vivimos en el día a día.

Nos permiten penetrar en experiencias y perspectivas hermosas o terribles, próximas o lejanas. Después de sumergirnos en una buena narración, o en la intensidad de una película, a veces necesitamos un tiempo para volver a ser la persona que éramos.

O tal vez ya no volvemos a serlo, porque algo de lo que hemos experimentado desde esa nueva perspectiva queda fijado en nosotros. Fácilmente nos identificamos con el protagonista de la novela o de la película, o con algún otro de sus personajes, y llegamos a ver el mundo con su mirada.

Es difícil leer el Demian de Hermann Hesse sin identificarse con su protagonista, y otro tanto nos pasa con El principito de Antoine de Saint-Exupéry y con el Ishmael que narra Moby Dick.

Las películas de animación de Hayao Miyazaki nos transportan a mundos rebosantes a la vez de ingenuidad y profundidad. Los relatos de John R. R. Tolkien nos llevan a tierras mágicas que ayudan a imaginar cómo podría reencantarse nuestro mundo desencantado. ¿Qué haría Frodo en esta situación? ¿Qué haría Sam, o Gandalf, o Aragorn, o Éowyn?

La clave es cambiar la mirada

La conocida cita con la que empezábamos este artículo es una adaptación simplificada de unas líneas de Marcel Proust en su novela La prisionera, uno de los volúmenes de En busca del tiempo perdido. El relato nos cuenta cómo una pintura o una composición musical pueden impresionarnos y transportarnos.

Y es allí donde Proust explica que el verdadero viaje es el de la imaginación y el de la percepción:

“Tener alas y un aparato respiratorio distinto, que nos permitiesen atravesar la inmensidad del espacio, de nada nos serviría. Porque si fuéramos a Marte o a Venus con los mismos sentidos que ahora tenemos, nos mostrarían todo lo que allí pudiéramos percibir con el mismo aspecto que tienen las cosas de la tierra. El único viaje verdadero, el único baño de juventud, no sería ir hacia nuevos paisajes, sino tener otros ojos, ver el universo con los ojos de otro, de cien otros, ver los cien universos que cada uno de ellos ve, que cada uno de ellos es”.

Es así, concluye Proust, como podemos realmente volar de unas estrellas a otras. Con solo un cambio de mirada.

La carrera del espacio exterior, en la que tantos millones se han invertido, no es nada comparada con la carrera del espacio interior.

Lo que buscamos afuera ya se encuentra aquí, si la mirada y la imaginación están despiertas.

Mirar con una nueva perspectiva

Colocarnos mentalmente en otra situación o bajo otra piel puede revelarnos facetas desconocidas de nosotros mismos.

  • Niño o anciano. ¿Cómo vería tu vida o tu situación un niño, o una persona anciana con una experiencia rica?
  • Conciencias diferentes. ¿Qué imagen deben de tener de ti las aves, los gatos, los seres con formas de conciencia no humana?
  • Culturas lejanas. ¿Cómo se percibe tu vida cotidiana desde la perspectiva de una remota aldea africana, de una etnia amazónica, de una comunidad aborigen?
  • Tu vida en potencia. Imagina las posibilidades ilimitadas que alberga, ahora mismo, tu situación.
  • Desde el futuro. Fantasea que tu vida es parte de una novela histórica escrita dentro de cien o de mil años.
  • Sin tecnología. Figúrate que la sociedad tecnoindustrial se colapsa (no faltan estudios que apunten a ello). ¿Cómo vivirías en una sociedad postecnológica?
  • Prioridades ahora. Si solo te quedara un año de vida, ¿qué harías? Seguramente, esas deberían ser ahora tus prioridades.
  • El niño que fuiste. Tal como hoy sonríes a niños de tres años, imagina que sonríes al niño o la niña de tres años que fuiste.

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