juzgarnos bien

¿Cómo te juzgas?

Aprender de los errores paso a paso

No somos infalibles. El camino que va desde asumir nuestras equivocaciones hasta perdonarnos pasa por ser justos con nosotros mismos

Jorge Bucay

Aprender a no juzgar nunca a nadie es un gran desafío, y es también parte de la mejor forma de vivir en sintonía con los demás.

Aprender a no juzgar a los demás

Cuando nuestros hijos empezaron a crecer, algunas cosas fueron quedando claras para mi esposa y para mí fue la importancia de elegir adecuadamente la escuela para sus primeros años.

Afortunadamente para ellos –y para todos–, elegimos bien: acertamos. Si yo tuviera que mostrar, en un ejemplo, ese nivel de excelencia docente, recurriría a un solo episodio, que protagonizó en el primer día de clase mi hijo Demián con su profesora de lengua.

El primer día de clase

La señora González entró en la clase y, con coraje y decisión, pidió a los jóvenes que se quitaran los zapatos. Demasiado novatos para cuestionar la orden –o curiosos por naturaleza como les correspondía a su edad–, niñas y niños se descalzaron.

“Ahora, pásenle el calzado a su compañero o compañera de la derecha –dijo la docente quitándose sus propios zapatos y dando ejemplo– y, como puedan, caminen con esos zapatos por el aula.” Con una mezcla de sorpresa, temor y vergüenza, que se fue diluyendo con las risas y la diversión, el grupo exploró la propuesta.

Al cabo de unos minutos, la profesora dio por terminado el ejercicio e invitó a los jóvenes a encontrar sus propios zapatos, a ponérselos y a tomar asiento.

“¿Incómodo, verdad?”, preguntó la señora González. Después de que todos asintieran, siguió su explicación: “La mayoría de vosotros estaréis juntos durante los próximos cinco años y hay algo que yo creo que debéis aprender hoy mismo, en vuestro primer día: nunca os creáis con derecho de juzgar adecuadamente lo que un compañero hace, dice o piensa.

Uno nunca sabe el camino que el otro ha recorrido; uno no anda por el mundo metido en sus zapatos... y, si lo hiciera, como hemos visto, seguramente se sentiría muy a disgusto”.

Nadie, en mi familia, se olvidó nunca de aquella enseñanza genial ni de aquel creativo y efectivo recurso.

Ahora que recuerdo el episodio, se me ocurre continuar con la metáfora... Yo, ciertamente, camino en mis zapatos y he recorrido mi historia; por tanto, está claro que me asiste el derecho de juzgarme y parece evidente que se dan en mí las mejores condiciones para hacerlo o, por lo menos, cuento con más elementos que los que tendría cualquier otra persona.

Sin embargo, esta situación no resuelve el gran enigma: ¿sería justo y saludable si viviera juzgándome?

Juzgarnos para aprender de los errores

Muchas veces, podrás encontrar diferencias de encuadre entre mis propuestas y las de la mayoría de los profesionales, entre lo que propongo y lo que se considera “correcto”. Sospecho que esta es una de esas oportunidades. Es más, hasta adivino que a ti no te gustará demasiado lo que sigue.

No solo es inevitable que seas la única persona capaz de juzgar con acierto tus acciones, sino que hacerlo es parte de tu responsabilidad y el único camino para poder corregir, reparar y aprender de tus errores. Ahora que te he dicho lo peor, déjame agregar algunos matices importantes sobre el cómo:

1. Solo tus acciones

Juzga tus acciones, no tu persona. No es bueno que te transformes en una especie de tirano omnipotente que determine si ERES esto o aquello, si ERES así o de aquel otro modo. Se trata de que evalúes con sinceridad y sin engaños tus actitudes, tus dichos y tus abstenciones.

Recuerda que no puedes dejar de ser quien eres, pero siempre puedes aprender a actuar de manera distinta

No se trata de insultos ni de amenazas; se trata de comparar tus acciones con tu escala de valores y con tus principios para hacer el ajuste que sea necesario.

2. La intención cuenta

Juzga la intención más que el resultado. La vida de las personas no se mide por los resultados que obtienen sino por la esencia de sus motivaciones.

  • Solamente tú sabes con sinceridad la razón o las circunstancias que te llevaron a actuar de una determinada manera.
  • Solamente tú sabes por qué no pudiste, no quisiste o no supiste actuar de un modo diferente en unas determinadas circunstancias.
  • Solamente tú puedes justipreciar tu conducta, siempre y cuando no te mientas, siempre y cuando no te engañes.

3. La responsabilidad

Aprende a diferenciar entre responsabilidad y culpa. Para la psicología, estas dos palabras tienen una carga muy diferente de la que tienen para la ley. Para esta última, podrían ser, en una evaluación conductual, casi equivalentes, pero para nosotros son bien distintas.

Al juzgar una conducta –propia o ajena– deberías saber si la persona en cuestión podía hacer otra cosa o no

Así, eres responsable de haber manchado, al tropezar con la banqueta, la camisa de otro con café, pero es incuestionable el hecho de si ciertamente podrías haberlo evitado; en cambio, esa mancha es tu culpa si venías haciendo malabarismos con el café, mientras traías de la cocina tres platos y dos vasos de agua, a la par que hablabas por teléfono sosteniendo el auricular entre el hombro y la oreja.

4. Ser justo

Es fácil ser bueno, y sencillo, ser duro; lo difícil es ser justo. Dicho lo dicho, es imprescindible, a la hora del juicio y la sentencia, no ser excesivamente riguroso, juzgando que eres responsable hasta de lo que no lo eres, ni disimular tu carga, echándole la culpa a otros, como se suele hacer.

Si te cabe el veredicto de “responsable” y hasta el de “culpable”, tendrás que ser capaz de endilgártelos. Si no te caben, será deseable ser capaz de absolverte.

5. La pena

Después de la sentencia (y no antes), la pena. Si resultara que, después de los cuidados del caso, sales, ante tus ojos, mal parado de tu propio juicio, bueno sería que la condena que te impusieras fuera acorde a la falta.

La mayoría de las personas se ceban en esta etapa y se castigan en demasía por los errores cometidos, en lugar de aceptar con humildad sus limitaciones y pagar con dignidad los costos de sus errores.

Otras, las menos, caen en el error contrario, disimulando su sentencia y dejando la condena archivada en un cajón, como si pudieran escapar de su propia mirada. Ni tanto ni tan poco. La pena, en todo caso, debe guardar una relación razonable con la falta y esta puede ser tan leve como condenarse a aprender de ese error o tan grave como imponerse la reparación del daño causado o la aconsejable y humilde actitud de disculparse con el otro.

6. El perdón

Después de la condena (y no antes), el perdón. Te equivocas, confundes el camino, apuntas mal y yerras el blanco. Pero no eres mejor ni peor por eso, pues aprendes de tus errores y reparas lo que puedes.

Aceptar tu realidad implica el más doloroso de tus “darte cuenta”: no eres infalible.

Y después... después, lo mejor sería que dejaras salir el mejor de los amores que seas capaz de sentir por ti, y perdonarte.

¿Deberías ser capaz de perdonar todo, por grave y dañina que sea tu conducta? Soy incapaz de contestar esa pregunta, pero cada uno sabe la verdadera gravedad de la falta de la que se acusa.

Y, si no puedes perdonarte, debes aprender a compartir con alguien la pena de tu pena. Un hermano, tu pareja, una amiga, un sacerdote, cualquiera puede servir, hasta un terapeuta, alguien confiable que sea capaz de mostrarte la arista que no has visto para ayudarte a encontrar tu propio perdón.

Abandona el caso

Y después del perdón (y no antes), abandona el caso. Solamente recuerda que, incluso para el más duro de los códigos penales, nadie puede ser juzgado dos veces por la misma falta.

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