Testimonio

TLP: demasiado humanos en un mundo frío

El Trastorno Límite de la Personalidad cambia el ánimo continuamente, a causa de una hipersensibilidad extrema. Precisa una delicada psicoterapia.

Rafael Narbona

Testimonio de trastorno límite de la personalidad

Las almas heridas suelen buscarse unas a otras con una rara fatalidad. Se podría atribuir este fenómeno al destino, pero no es necesario recurrir al pensamiento mágico o irracional. Simplemente, las personas se agrupan por afinidades.

Es más fácil acercarse a otro ser humano, si reconocemos en él rasgos de nuestra personalidad, especialmente cuando hemos descubierto nuestros puntos más frágiles y vivimos con miedo a ser lastimados.

¿Cómo es vivir con un Trastorno Límite de Personalidad?

Conozco a Patricia desde la niñez. Ambos crecimos en hogares emocionalmente inestables. Nuestras familias mantenían una cordial relación de amistad. Incluso pasábamos los veranos en el mismo pueblo de la costa y, muchas noches, cenábamos en una antigua cabaña de pescadores, transformada en restaurante con vistas al mar.

El azar quiso que los dos sufriéramos una dolorosa pérdida el mismo año. Mi padre murió de infarto a principios de junio. Quince días más tarde, su padre se marchó al extranjero, alegando que había recibido una oferta de trabajo.

En realidad, le esperaba su amante y su intención era desaparecer con ella. Solo dio señales de vida veinte años más tarde, comunicando que los médicos le habían desahuciado por culpa de un cáncer. Ni su ex mujer ni sus hijos quisieron restablecer el contacto. Habían sufrido mucho.

Reacciones ante el abandono

Durante ese tiempo, Patricia y yo crecimos con un terrible sentimiento de abandono. Yo no podía recriminar a mi padre que hubiera muerto de repente, pero sentía que los vínculos afectivos podían romperse en cualquier momento, abocándome a la frustración de perder lo más querido.

Ese riesgo me producía una insoportable mezcla de rabia y tristeza que se expresaba con desaires y malas contestaciones. Ella experimentaba lo mismo, pero sus ataques de ira eran mucho más explosivos.

Propinaba patadas a las puertas, rompía lo primero que se cruzaba en su camino (un plato, una camiseta, una revista), se arrancaba mechones de pelo, se arañaba la cara y, a partir de los catorce años, se hacía cortes en los brazos.

Patricia era una joven atractiva, pelirroja, con las mejillas levemente pecosas y unos hermosos ojos verdes. Muchos chicos se sentían atraídos por ella, pero su carácter conflictivo malograba una relación tras otra.

Su problema no eran los celos, sino la sensación de que sus novios apenas la querían. Los interrogaba constantemente sobre sus sentimientos, se sentía menospreciada por cualquier motivo, presuponía que no eran sinceros.

A los dieciséis años, inició una relación aparentemente más estable, pero cuando su pareja se marchó a la playa con sus padres, no soportó la separación. Se pasaba el día llorando en su cuarto.

Su madre se alarmó y se desplazó con su hija a la zona de la costa donde veraneaba el novio con su familia. Patricia no le avisó. Pensó que se volvería loco de contento, pero sus expectativas se derrumbaron cuando el chico exteriorizó su desconcierto.

Lejos de agradarle la sorpresa, su gesto le asustó y decidió poner fin a la relación. Patricia no pudo soportarlo e intentó suicidarse cortándose las venas, aunque no pudo aguantar el dolor y pidió ayuda.

Un diagnóstico erróneo

Los médicos de Urgencias le recomendaron que visitara a un psiquiatra. Patricia aceptó y se sometió a una batería de test. El psiquiatra examinó sus respuestas y concluyó que sufría trastorno bipolar. Le recetó un estabilizador, un antidepresivo, ansiolíticos, un neuroléptico y un hipnótico. La medicación le aturdió sin aliviar su malestar.

Patricia era inteligente, pero sacaba malas notas. No soportaba la más leve forma de autoridad, se enfrentaba continuamente con los profesores, percibía hostilidad en sus compañeros, se distraía con facilidad. Solía recuperar las asignaturas pendientes, pero ese año la medicación colapsó su cerebro.

Suspendió casi todas las materias en junio e intentó suicidarse de nuevo. Esta vez la tentativa fue más seria. Tomó un número indeterminado de pastillas con alcohol. Se quedó dormida en un sofá, afortunadamente de lado, y eso evitó que se ahogara en su propio vómito.

Su madre intentó despertarla inútilmente. Patricia pasó dos semanas ingresada en un hospital. Cuando le dieron el alta, afirmó que la siguiente vez tendría éxito. No tenía ningún interés por vivir. Aterrorizada, su madre recurrió a un psicoterapeuta, que empezó a indagar en la infancia de Patricia.

Poco a poco, surgió la cascada de reproches que había soportado desde la desaparición de su padre. Su madre afeaba constantemente su conducta: “Te pareces a él. Lo llevas en la sangre. Eres mala y retorcida”.

Otras veces le decía que ya no la quería, que no era “la niña buena de antes”. No eran comentarios ocasionales, sino sistemáticos, que incluían el rechazo afectivo.

Abuso emocional

Patricia sabía que su niñez había sido desgraciada, pero hasta entonces no había oído hablar del “abuso emocional”.

Se ha escrito mucho sobre el abuso sexual, pero no hay una percepción clara de lo que significa maltratar psíquicamente a un niño, manipulando sus sentimientos con ideas de culpabilidad e indignidad.

Un hematoma es visible, pero una herida psíquica pasa desapercibida. Sin embargo, el daño es profundo y duradero.

Al igual que hacía con su madre, Patricia idealizaba y devaluaba a sus novios, pasando del afecto incondicional al desprecio. Era impulsiva y autodestructiva. Bebía en exceso, probaba cualquier droga y disfrutaba con la sensación de peligro. Era menor y no conducía, pero le encantaba hacer de copiloto de conductores temerarios.

Aunque mejoró con la psicoterapia, Patricia se cansó de acudir a las sesiones. Finalizó el bachillerato y empezó a estudiar Biología. Durante el primer curso, cambió radicalmente de aspecto.

Se compró ropa negra, se puso muñequeras de pinchos y se tiñó el pelo de morado, asimilando la estética punk.

Cambió los novios por una promiscuidad algo absurda. No mostraba ningún interés por la carrera. Su estado de ánimo cambiaba bruscamente. A veces decía que la vida era una porquería, y a la media hora se mostraba alegre y optimista.

Un inmenso vacío interior

Todo dependía del exterior. Cuando se sentía aceptada y valorada, parecía intensamente feliz, pero si alguien hacía algo que le incomodaba, transformaba el gesto en un agravio y se desplomaba. Una vez me dijo: “Me siento vacía por dentro”. No recuerdo qué contesté, pero sí que empezó a repetir la frase a menudo.

A pesar de sus brotes de ira, Patricia era tierna, sensible y muy amable. Su grado de empatía era tan alto como su vulnerabilidad. Cambiaba constantemente de amigos, pues siempre se sentía herida o decepcionada.

Cuando terminó el curso, se encerró en su casa y dejó de relacionarse con los demás. Odiaba el teléfono. Nunca respondía a las llamadas, pero una noche me llamó a las tres de la madrugada. Contesté semidormido recordándole que mi familia dormía.

“Ya sé que me odias –me dijo–. Todo el mundo me odia. Lo entiendo, porque yo también me odio. Odio la ropa negra, las muñequeras de pinchos y el pelo morado. Necesito un cambio radical. Me haré católica. O testigo de Jehová. Quizás allí encuentre afecto y comprensión”.

Colgó y esa noche se arrojó aceite hirviendo sobre los brazos. Necesitó varios injertos para que su piel recobrara una apariencia relativamente normal. Avergonzada, escondía los brazos con camisetas de manga larga.

La relación con su madre se convirtió en una sucesión de peleas saturadas de comentarios ofensivos e hirientes. Ya no se callaba cuando le decía que era mala. Pensaba que sí, que era mala, pero que su madre era mucho peor.

Un día coincidimos en el quiosco. Me quedé helado al ver cómo había adelgazado. Parecía anoréxica. Mi cara no logró disimular la conmoción. “Parece que me estoy muriendo, ¿verdad? No te apenes. Es lo mejor que podría sucederme. Siento que estoy muy lejos de todo”.

Aceptación del problema

Después de un nuevo intento de suicidio y un nuevo ingreso hospitalario, Patricia aceptó que necesitaba psicoterapia. Pasó por varios psicoterapeutas. Se peleaba con todos. “Ninguno me soporta”, repetía. “No se lo recrimino. Salto por cualquier tontería”.

Todo apuntaba al desastre, pero uno de ellos aguantó sus provocaciones y logró despertar su confianza. Escuchándola, respondiendo a su ira con cariño, fomentando su autoestima, sin juzgarla ni pretender que se convirtiera en otra persona. Según me contó, no le daba consejos ni sermones.

Era un hombre tranquilo, que se limitaba a estimular su reflexión, invitándola a hablar con libertad. Patricia le adoraba, pero una vez se sintió decepcionada y explotó, acusándole de frío y manipulador. El psicoterapeuta respondió con un abrazo y un afectuoso silencio.

Patricia se pasó el resto de la sesión llorando y se marchó tranquila y confiada. Ese día entendió que su mal genio expresaba su miedo al abandono, distorsionando la realidad.

Tenía miedo a ser querida, pues pensaba que el cariño acabaría convirtiéndose en hostilidad.

Que su madre actuara de ese modo no significaba que todo el mundo obrara igual. La psicoterapia reveló que no era bipolar. En realidad, sufría trastorno límite de la personalidad. “¿Sirve de algo un diagnóstico?”, preguntó Patricia. “De mucho. Es el primer paso para trabajar las emociones”.

Han pasado muchos años. Patricia mejoró. Logró cierta estabilidad, aunque sufrió varias recaídas, casi siempre propiciadas por algún problema sentimental o laboral. Se casó, tuvo dos hijos, se separó y al cabo de un tiempo formó una nueva pareja.

Su trayectoria emocional se asemeja a la de millones de personas. No volvió a medicarse, pero continúa haciendo psicoterapia. Dice que es una herramienta muy útil para prevenir recaídas y resolver los conflictos.

Pertenece a una asociación de afectados y familiares que la ayuda a no descompensarse. “Tuve suerte”, confiesa. “Un buen psicoterapeuta puede cambiar una vida, o incluso salvarla”.

Y añade: “Casi nadie entiende lo que me sucede, salvo los que han pasado por algo parecido. No se lo reprocho, pero muchas veces siento la tentación de aislarme, de meterme en una burbuja y no estar expuesta a los juicios de los demás. Por suerte, la idea se me va enseguida de la cabeza”. Y concluye: “Me gusta vivir”.

Patricia es humana, demasiado humana en un mundo cada vez más deshumanizado, pero su historia es un motivo de esperanza. El dolor ha perdido la batalla.

En su interior, nada tiene más fuerza que su deseo de amar y ser amada. La tristeza y la ira no se han esfumado, pero hace tiempo que ya no dirigen su vida.

Etiquetas:  Emociones Psicolgía

suscribete Octubre 2017