Autoestima

Cómo hacer las paces contigo mismo, en 4 pasos

No se trata de querernos a pesar de cómo somos, sino por estar en un mundo que no sería el mismo sin todos y cada uno de nosotros. Complejos y comprometidos.

Brigitte Vasallo

hacer las paces contigo

Sales a la calle, un día cualquiera. En la parada del autobús, un cartel inmenso muestra a dos chicas caminando resueltas por una playa inmensa y vacía, con el agua turquesa salpicándoles los pies. Tienen eternamente veinte años, un pelo frondoso y brillante, y los biquinis escuetos que visten muestran cuerpos bronceados llenos de músculos improbables y de huesos afilados.

Aparece por fin el autobús y, desde la foto que cubre su costado, un deportista de élite te mira con una intensidad inusitada, con una seguridad en sí mismo inquebrantable, una persistencia inamovible y una sonrisa de medio lado como si ya supiese algo que todos los demás ni siquiera imagináis. A pesar de ser las ocho de la mañana de un lunes de invierno, todo en él es perfección y satisfacción.

Al llegar al trabajo, la mayoría de tus compañeras están a dieta para preparar el verano. Todas harán una excepción hoy para celebrar, con un trozo de tarta no demasiado grande que comerán sintiéndose culpables y casi a regañadientes, el cumpleaños de una de vosotras.

Cuando anuncia que cumple cuarenta años, todas os apresuráis a afirmar que no los aparenta en absoluto. Acaba la jornada y estás sentada en el sofá de tu salón, agotada y frustrada. Te quedas pensando en el malestar, en esa incomodidad constante cuando te miras al espejo, ese rechazo ante tu imagen en las fotografías, ese enfado de baja intensidad pero perpetuo contigo misma y con tu vida.

Recuerdas a las chicas del cartel: tú tuviste veinte años solo durante doce meses, en la playa el pelo se te encrespa, tu piel nunca se pone tan morena y, si lo hace, es a manchas. Cuando caminas por la orilla con un biquini que te viene demasiado pequeño o demasiado grande, tus caderas nunca hacen ese quiebro de los anuncios si no es para esquivar palas, pelotas y medusas.

Nadie jamás te ha mirado con la intensidad de ese deportista de élite. En realidad, si alguien lo hiciera, te daría miedo.

Crees que deberías ponerte a dieta porque, efectivamente, llega el verano. Pero llevas toda la vida comiendo con vergüenza y siempre has pesado más o menos lo mismo. Además, cuando lo piensas con calma, tu edad te parece bien. Has tardado décadas en alcanzarla, ¿por qué estaría mal aparentarla?

Hacer las paces con uno mismo...

Nuestro mundo está repleto de mensajes que promueven el malestar hacia nuestros cuerpos, nuestra apariencia, nuestra cotidianidad y nuestra vulnerabilidad a través de una felicidad de cartón piedra basada en unos atributos superficiales y, además, inalcanzables.

Imágenes de vidas imposibles que no tienen nada que ver con nuestras vidas, con nuestro entorno y que, sin embargo, van ligadas indefectiblemente a la palabra felicidad

Mensajes que nos van calando, frustrándonos, y desviando perpetuamente nuestra atención de las cosas realmente importantes. Estamos atrapadas en un reflejo del mundo. Pero nadie es tan feo como en su foto de carnet, ni tan guapo como en su foto de perfil...

Para minimizar el impacto de todas estas enseñanzas, generamos formas que refuerzan la idea misma de una felicidad por y en la representación, incrustada en la piel y en las capas capturables de la vida.

Aceptarse a uno mismo como forma de renuncia, reconciliarse con unos “defectos” e imperfecciones que siguen considerándose, sin embargo, nefastos e importantes, o generar un espacio de vida ficticia y cibernética son estrategias para convivir con esas vidas y esos cuerpos que nos asaltan por la calle, esas vidas y esos cuerpos de felicidad eterna y congelada, de potencia, firmeza y confianza.

¿Seremos capaces de perdonarnos a nosotros mismos?

Y así, tratamos de afianzar la autoestima con las mismas herramientas del autorrechazo, oponiendo una resistencia titubeante que transforma el mensaje pero afirma su lógica. Nos erigimos en nuestros propios agentes publicitarios, y nos queremos a pesar de nuestra imperfección o en función de cuántos ojos nos miran, de cuántas miradas nos deseean, en qué medida conseguimos disimular nuestra concreción, nuestra realidad.

Abandonando el egocentrismo

Pero a pesar de estas estrategias el malestar persiste... porque la plenitud no puede enraizarse ahí, poco importa con qué metáforas tratemos de encolarla. El ruido infinito de estímulos y contraestímulos solo nos aleja cada vez más de la comprensión profunda del mal que nos enferma, que nos mantiene en una rueda sin fin por perseguir un ideal de vida ficticio.

Pasarse la vida corriendo tras algo que no somos, o aceptar lo que somos a modo de derrota, como premio de consolación, son formas que tienen la misma base: el ser como centro de la vida.

¿Qué sucedería si cambiásemos la mirada para situarla en el “estar” en lugar de en el “ser”? Dejar de ponernos en el mismo centro de la existencia, de mirarnos, criticarnos, cuestionarnos, alabarnos o engrandecernos en función de lo que somos o de lo que aparentamos, o en la medida en que somos admirados y reconocidos, y volver la vista hacia nuestro lugar y nuestra relación con el mundo.

No importa cómo sea nuestro cuerpo, no importa cuál sea nuestra edad, no importa cómo nos queda la ropa o qué marca vestimos.

No es necesario quererse “a pesar de” cómo somos. Es imprescindible quererse por estar en el mundo, como necesario al mundo

Comprender y descubrir que formamos parte de algo mucho más grande que nosotros mismos, que en realidad poco importa nuestro éxito social dentro de un entorno anudado de relaciones y de desigualdades que necesitan, con la mayor urgencia, de nuestra presencia en lo real, en lo colectivo. Tomar consciencia del mundo y estar en él, plenamente.

Se trata de comprometernos con la vida, no solo con la nuestra, con nuestro recorrido particular, sino con la vida en mayúsculas

Y para poder enraizar la vida tenemos que devenir raíz, raíces. Subterráneas, polimorfas y enredadas, raíces que germinan, que se entrelazan y que están en un lugar, en un tiempo, imbricadas con el entorno, interdependientes con la tierra y con el tiempo en constante movimiento. Raíces de vida misma.

La frustración de un mundo que clama superficialidad solo puede contrarrestarse escarbando en la superficie, llenándonos las manos de tierra y yendo a la profundidad del mundo. Deveniendo mundo.

Estando, compartiendo, creándolo día a día con nuestra existencia, comprometiéndonos con la existencia. Perdonando a los demás del mismo modo que nos perdonamos a nosotros mismos.

1. Amplía tu mirada: todo lo bueno y lo malo

Desmonta la lógica de la resignación. Tu cuerpo es útil, cada cuerpo lo es a su manera. Con sus habilidades concretas, con sus sufrimientos, con sus carencias. Pero es tu cuerpo: todo lo bueno y todo lo malo de la vida te ha ocurrido a través de él.

Desmontar la lógica de la resignación ante los cuerpos reales es agradecerle a nuestra corporalidad todo el placer, la alegría y la vida que nos proporciona cada día. Y acompañarlo en todas sus carencias. Perdónate a ti mismo.

2. Aprende de tus carencias para entender el mundo

Cada dificultad que vivimos nos acerca a él, a las dificultades que atraviesan las demás personas, a sus dudas, a sus conflictos y a sus estrategias para lograr salir adelante. No hay enseñanzas en la invulnerabilidad, porque no está al alcance del mundo. Es al caer cuando estamos presentes en lo que somos, y es desde ahí desde donde generamos los vínculos sanadores.

Reconocerse menguado, incompleto, nos da la posibilidad de compartir desde las cosas pequeñas, desde la pequeñez misma. La experiencia de vulnerabilidad es una experiencia del mundo en sí mismo.

3. Quiérete por ser parte de algo más grande

El individualismo genera una carencia insalvable, que es la carencia de mundo. El entorno nos lleva a autorreferenciarnos, a concentrarnos tanto en nosotros mismos, en nuestro yo individual, que solo encontramos vacío.

La carencia no se resuelve generando dependencias que nos hagan creernos dignos de amor, sino saliendo del ensimismamiento, rompiendo las barreras que nos separan del mundo, y comprometiéndonos con el todo. El sentido de la propia estima y valía nace de nuestro compromiso con el mundo y de la consciencia de ser, a la vez, prescindibles y únicos.

4. Cuida de ti en un entorno enloquecido

Desconectarnos de la hiperconectividad, cerrar las ventanas que nos abocan a la vorágine y abrir espacios de cuidado, de lentitud, de gratitud. Apagar la televisión, cerrar las redes, darnos un respiro.

Reconciliarnos con nosotros, celebrarnos y celebrar el mundo minúsculo, el mundo intangible de los vínculos, de la compañía desinteresada, del compromiso con las necesidades ajenas y las propias, de la generosidad sin más, sin esperar y sin diluirnos en ella.

suscribete Octubre 2017