El dolor neurótico

¡Evitemos evitar! Cómo afrontar nuestros miedos y conflictos

Un conflicto, una persona, una decisión... El miedo funciona como un indicador, en lugar de disuadirnos, nos orienta. Veamos cómo somos capaces de atravesarlo.

Demián Bucay

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Evitar aquellas situaciones que tememos puede producirnos alivio a corto plazo. Pero, a la larga, se trata de un mecanismo que nos encierra en un ciclo repetitivo y sin salida. El problema se hará mayor e irá limitando poco a poco nuestras posibilidades vitales.

Nuestra mente se autorregula sola

Fritz Perls, creador de la terapia Gestalt, sostenía que en este modelo terapéutico existen tan solo tres preguntas verdaderamente importantes:

  • La primera es “¿qué estás haciendo?”, que intenta llevar a la persona a vivenciarse en el aquí y ahora.
  • Con la segunda cuestión, “¿Cómo lo estás haciendo?”, se pretende que aquel a quien va dirigida profundice en el darse cuenta.
  • La tercera y última pregunta es “¿qué estás evitando?”.

Con esto, podemos hacernos una idea de la importancia del concepto de la evitación en la terapia gestáltica.

Desde sus inicios, los creadores de esta terapia hicieron hincapié en la idea de homeostasis; es decir, la capacidad de nuestro organismo –y nuestra psique– de autorregularse ante los cambios en el entorno a fin de mantener un estado de equilibrio interno.

Si dejásemos que nuestro organismo “fluyese”, entonces, naturalmente, hallaríamos de nuevo el equilibrio.

Deberíamos permitir que nuestro cuerpo buscase el modo adecuado de reaccionar frente a un determinado suceso –llorar, enfadarse, reír, acercarse, alejarse…–sin interrumpirlo ni reprimirlo ni cuestionarlo.

Las complicaciones aparecen cuando nuestra conciencia se entromete e interrumpe este proceso. Estamos constantemente interrumpiéndonos a nosotros mismos, decía Perls. ¿Y por qué lo hacemos? nos interrumpimos porque, por diversos motivos, hay algo que queremos evitar de ese fluir natural de la experiencia.

Nuestras vivencias pasadas, nuestros mandatos o la vanidad de mantener nuestra autoimagen nos dicen que algo desagradable o peligrosos sucederá si dejamos que el proceso natural siga su curso.

Para evitar esta consecuencia temida, interrumpimos el proceso de homeostasis y nos forzamos a movernos en determinado sentido o a permanecer inmóviles.

Sin saberlo, al interrumpir este proceso nos hemos desequilibrado a nosotros mismos. Nos hemos vuelto neuróticos.

Cómo afrontar un duelo

Veamos, por ejemplo, cómo atravesar un duelo o una pérdida:

Si perdemos a una persona amada, nos sentiremos dolidos. Es probable que deseemos replegarnos sobre nosotros mismos, distanciarnos un poco del mundo que nos rodea y estar en contacto con ese dolor genuino.

Si creemos que ese dolor nos destruirá –porque, por ejemplo, así le sucedió a nuestra madre– o si creemos que debemos ser fuertes –porque así nos lo enseñó nuestro padre–, entonces no nos permitiremos sentir la tristeza. Interrumpiremos el proceso sano, aunque doloroso, del duelo.

Si, por el contrario, hemos podido atravesar el duelo, descubriremos que podemos contactar con otras cosas y otras personas y encontrar allí satisfacción.

Pero si en eso vemos un signo de desamor hacia el ser que hemos perdido, es posible que en ese momento interrumpamos ese proceso de reapertura al mundo. Nos quedaremos encerrados, haciendo de aquello que hemos perdido un altar; y de nuestra vida, una consagración.

Dolor sano o dolor neurótico

No es posible establecer reglas generales para saber, en cada situación, qué es lo que necesita nuestro organismo como un todo. Por eso nuestra conciencia a menudo se confunde. Se trata de estar atentos a las auténticas necesidades que surgen a cada momento a fin de no entrometernos.

Para ello, para no desviar o detener el proceso natural que nos lleve a la satisfacción de cada necesidad y, por ende, a un estado de equilibrio, es necesario prestar atención a lo que tememos que sucedería en caso de entregarnos a nuestro sentir.

Lo que asoma como temible en el horizonte, y que habitualmente evitamos, suele ser una de estas cuatro cosas:

  • Una pérdida –como en el primer ejemplo–.
  • Una confrontación,
  • Un rechazo
  • La revelación de una desagradable verdad para nosotros –por ejemplo, cuando se revela la supuestamente desagradable verdad de que podemos amar a otros más allá de la persona perdida–.

Cuando, por desagradables, evitamos estas experiencias, lo que hacemos es cambiar dolor sano por sufrimiento neurótico.

La terrible diferencia entre ambos es que el dolor sano es nutritivo, nos enseña algo; al pasar por él, al atravesarlo, va evolucionando hacia otra sensación y, finalmente, nos deja, habiendo nosotros crecido con él.

El sufrimiento neurótico, por el contrario, puede ser eterno: es repetitivo y, por ello, no nos enseña nada, nos lleva a comportarnos del mismo modo una y otra vez; no lo atravesamos sino que nos estancamos en él.

Podríamos comparar el dolor sano con un engranaje en el interior de una maquinaria y que, al girar, consume energía para producir un trabajo; el sufrimiento neurótico, en cambio, sería un engranaje suelto que gira en falso, inútil.

Por eso, en ocasiones, el proceso de la terapia es doloroso, porque no persigue la felicidad –o por lo menos no en un comienzo– sino que nos reconduce a experimentar las vivencias dolorosas que hemos estado evitando y que encierran los aprendizajes que –por esa misma evitación– nos hemos saltado.

El mismo Sigmund Freud, en los comienzos de la psicoterapia, decía qué grande era la ganancia si, como terapeutas, conseguíamos “cambiar el sufrimiento neurótico por sufrimiento común y corriente”.

Cómo desactivar la evitación

Nuestra neurosis –modos repetitivos y estériles de relacionarnos con los otros y con el mundo– no está causada tanto por el sufrimiento generado por lo sucedido como por las maneras que encontramos de defendernos de ello. La “cura” pasa menos por aprender técnicas de desaprender y desactivar nuestros mecanismos habituales de evitación.

Además de generar un comportamiento neurótico, la conducta evitativa produce un efecto que hace que se sostenga en el tiempo manteniendo intacto el miedo.

Al no afrontar la situación que nos provoca incertidumbre, nunca comprobamos que somos capaces de atravesarla. En consecuencia, su perspectiva se vuelve cada vez más atemorizante.

Como esos monstruos de los cómics que se alimentan del miedo de sus víctimas, así la situación temida crece y se vuelve más poderosa cada vez que la evitamos.

Para impedir que este mecanismo continúe avanzando y afecte a más áreas de nuestra vida, es fundamental reconocerlo y empezar a deshacer el camino recorrido. Para ello, cuando nos sintamos estancados, podríamos retomar aquella pregunta del viejo Fritz: “¿qué estoy evitando?”.

Seguramente la respuesta vendrá a nosotros con facilidad, pues los temores siempre están ahí palpitando.

Una vez identificado lo que evitamos, será cuestión de dirigirnos hacia allí. El miedo debe funcionar como un indicador que, en lugar de disuadirnos, nos oriente.

Se trata de atrevernos a hacer frente a lo que tememos: correr el riesgo de perder algo, sostener una confrontación, soportar un rechazo.

Como decía el terapeuta estratégico Giorgio Nardone, “si te ves en la necesidad de evitar algo, evita evitar’. Si conseguimos hacerlo, nuestra ganancia será doble:

  1. Abandonaremos un comportamiento neurótico que nos genera malestar y nos estanca.
  2. Aprenderemos aquello que necesitamos para sobrellevar las distintas manifestaciones del mismo conflicto en todas las ocasiones en que se nos presente en el futuro.

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suscribete Octubre 2017