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Jóvenes abandonados

La generación ni-ni: jóvenes instruidos... pero no acompañados

Bertrand Regader

Hoy en día, aproximadamente el 22% de los jóvenes españoles de entre 15 y 29 años no estudia ni trabaja, un porcentaje que casi dobla al de la media de la Unión Europea. Algo similar ocurre en Latinoamérica, donde esta clase de jóvenes ocupa el 20% del total. Son los llamados ni-nis.

Podríamos llegar a pensar que permanecer sin estudiar ni trabajar durante la juventud es un signo de pereza y de flaqueza moral; sin embargo, puede que en esta forma de pensar esté parte del problema.

La criminalización del ni-ni

Resulta muy fácil creer que la culpa de que haya muchos ni-nis en la actualidad es de los propios jóvenes que ni estudian ni trabajan. Pensar que no hacen nada productivo porque "hay una falta de valores en los jóvenes", "no se valora la cultura del esfuerzo" y "algunos quieren vivir de sus padres durante toda su vida". Como si todo el problema apareciese porque una serie de jóvenes, de manera individual, hubiese tomado la decisión equivocada.

Sin embargo, tarde o temprano terminamos dándonos cuenta de que los problemas sociales no pueden ser explicados culpabilizando al individuo. Hacer eso con los ni-nis sería tan erróneo como responsabilizar a las personas pobres de África de su situación de pobreza. Hay cosas que no dependen de lo que uno mismo decida hacer, sino que dependen más bien del contexto.

Y, en el caso de los jóvenes que ni estudian ni trabajan, ese contexto en el que viven va de la mano de una realidad objetiva que no se puede cambiar simplemente cambiando de mentalidad. Esa realidad se llama tasa de paro.

Cuando el trabajo es un bien que se debe comprar

Cuando alguien señala que hace varias décadas los jóvenes estaban acostumbrados a trabajar desde los 16 años, sería bueno que se preguntase si hubiese pasado lo mismo si en esos trabajos no hubiese sueldo o si este fuese tan bajo que apenas diera para comprar la comida que se necesita consumir cada mes, y para nada más. ¿Y qué ocurriría si ese nivel de sueldo se mantuviese durante años?

Es lo que ocurre frecuentemente hoy en día en buena parte de las ofertas de trabajo destinadas a los jóvenes. El nivel de exigencias basadas en la formación y la preparación que deben tener los candidatos es optimista: personas con un grado universitario que sepan 4 idiomas, informáticos con 3 años de experiencia programando en un lenguaje de programación concreto, etc. Sin embargo, los sueldos no reflejan ese entusiasmo con el que se le añaden requisitos a una oferta de trabajo.

¿Por qué ocurre esto? Porque se puede hacer, debido a la alta tasa de paro; existen muchos jóvenes sin trabajo y por lo tanto deberán sacrificarse más que antes para trabajar, formándose durante un mayor periodo para optar a ciertos puestos y, cuando llegue el momento, aceptando situaciones de mucha precariedad laboral.

Puede que las generaciones más veteranas valorasen mucho el trabajo en sus comienzos, pero actualmente esto no se demuestra, a juzgar por lo que las organizaciones pueden ofrecerles a las nuevas generaciones. Hoy en día, tener trabajo es prácticamente una posibilidad que debe ser comprada, ahorrando durante meses para poder sobrevivir a medio año de prácticas sin remuneración.

¿No se valora la educación?

Antes de concluir alegremente que los ni-nis existen porque los jóvenes no valoran la educación, sería bueno pararse a pensar en los mensajes que la sociedad en su conjunto le está dando a esta nueva generación.

En la actualidad hacer una carrera en ciencias e ingenierías, que antes era sinónimo de prosperidad, significa asumir desde el principio que se van a pasar muchos años estudiando en un contexto en el que conseguir dinero para pagar esos estudios es muy difícil, y que al final de la carrera académica el sueldo no va a reflejar los esfuerzos realizados. Cada vez se invierte menos en ciencia, y los ingenieros no son inmunes a la competencia producida por el paro.

A la vez, las generaciones adultas llevan años difundiendo una idea de éxito muy concreta: las personas exitosas son aquellas que llegan a ser ricas siendo jóvenes. Los estudios son valiosos porque permiten realizar trabajos que nadie más puede hacer, lo cual nos permite destacar.

No en vano es tradición que la profesión de médico o de abogado no sean simplemente una profesión, sino también un signo de estatus social. Incluso hoy en día, cada vez se reclama más que las carreras universitarias reflejen mejor la realidad del mercado de trabajo, como si esa fuese su finalidad última.

Sin embargo, esta lógica no es solo cuestionable, sino que además ha dejado de funcionar en la sociedad globalizada y mediática en la que vivimos.

Ya no triunfan las personas con más carreras

Para enriquecerse, la lógica del máximo esfuerzo en los estudios ya no tiene sentido. Los últimos ejemplos más conocidas de personas jóvenes con poder económico son por lo general personajes mediáticos que han conseguido hacerse famosos puliendo talentos que no se aprenden en la universidad: showmans, blogueros, youtubers, cantantes, etc.

Por un lado, se recrimina a algunos jóvenes que no estudien, pero por el otro, se enseña que los estudios solo tienen valor como un escalón más en la carrera profesional y que, a la vez, en muchos casos ese paso intermedio es innecesario. Los ni-nis se dan cuenta de que la formación es una inversión costosa que en muchos casos solo va a traducirse en una pérdida de oportunidades laborales en las que hay que invertir horas y dinero que están siendo consumidas por los estudios que, cuanto más completos y especializados son, más caros resultan.

A modo de conclusión

La alta cantidad de ni-nis es un problema social, y como tal tiene que ser analizado sin culpabilizar individualmente a las personas. Si ha crecido tanto su número es porque las características de la economía actual han cambiado bruscamente, y por eso mismo el modo en el que se toman decisiones acerca de los proyectos de vida también ha variado.

No estudiar ni trabajar significa estar en una situación de riesgo de pobreza, pero curiosamente significa, también, tener una mayor capacidad para adaptarse a ofertas de trabajo precarias e inestables una vez que aparezcan. Para tomar decisiones con libertad no es suficiente con proponérselo, también hay que tener opciones entre las que elegir.

Etiquetas:  Sociedad Opinión

suscribete Octubre 2017