Disfrutar el presente

¡La vida no espera!

Solo tenemos el presente. Todo lo que podemos hacer y disfrutar está aquí, en el ahora. No lo dejes escapar añorando lo pasado o proyectando en el futuro.

Jorge Bucay

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Es cierto que afrontar el desafío de nuestro día a día parece cada vez más difícil. Es verdad que la tentación de volver a lugares más seguros de nuestro pasado es por lo menos tan tentador como dejar volar nuestra fantasía al mundo idealizado del futuro, donde nuestros sueños se hacen realidad.

Esta afirmación anterior es tan así tanto para nosotros como seres individuales como para nuestras parejas y para nuestras familias. También es así para nuestro pueblo o ciudad, para nuestra provincia y, muchas veces, incluso para nuestro país.

Vivir aquí y ahora

Esta combinación de palabras, aquí y ahora –a las que puso atención hace más de cincuenta años el genial creador de la terapia gestáltica, Fritz Perls–, se ha utilizado tan a la ligera en estos últimos tiempos que se puede decir que ha ido perdiendo progresivamente su fuerza original.

Sobre todo porque se han apropiado de ella los comerciantes de ilusiones, publicistas baratos y políticos de mala fe, desproveyéndola de su significado real.

El mundo es, verdaderamente, un espacio complicado porque no es lo que fue ni tampoco es lo que será; es lo que es aquí y ahora.

Hasta mi consulta se han acercado muchos hombres y mujeres, cuyo mayor problema consiste en experimentar la sensación de que, habiendo llegado a tener todo lo que alguna vez desearon, no pueden disfrutarlo. Ellos hablan, lloran y se quejan; se lamentan de “aquello que deberían haber disfrutado en el pasado si se hubieran dado cuenta de lo que ahora saben, que tendrían que haber disfrutado en aquel momento”.

Estas personas tienen la seguridad de que esta situación ya no tiene remedio; no obstante vienen a la consulta pensando en todo lo que van a disfrutar el día en el que superen ese problema.

Alejados del presente, estos pacientes sufren permanentemente lo que la mayoría de nosotros padecemos algunas veces, oscilando entre la frustración de aquel “qué bonito hubiera sido si...” y la expectativa del “qué bonito va a ser cuando...”.

Pongamos un ejemplo de esta situación. Supongamos que perteneces al club de los Anterógrados –así se llaman los del “qué bonito va a ser cuando...”–. Y déjame halagar nuestro ego, estableciendo que esta mañana te has levantado con un feroz deseo de leer nuestra revista. Debido a esta característica que acabo de atribuirte, puedo suponer que no has podido disfrutar del desayuno porque estabas pensando en lo mucho que querías leer nuestros artículos.

Sin embargo, ahora que los estás leyendo, tampoco puedes disfrutar plenamente de la esperada lectura, ya que estás pensando en lo fantástico que será poder compartirlo con tus amigos Joaquín y Eulalia, con los que vas a cenar esta noche en un restaurante que hace tiempo deseas conocer.

Imaginemos que la cena es espectacular. La verdad es que podrías haberla disfrutado mucho si no fuera porque no has podido dejar de pensar en lo bien que te sentirás cuando puedas llegar a casa para poder irte a dormir, ya que hoy estás exhausto.

Si realmente perteneces a este club, no deberías hacerte demasiadas ilusiones sobre este momento porque, seguramente, cuando estés en la cama, no conseguirás dormir pensando en la cantidad de trabajo que te espera al día siguiente. Un trabajo que te encanta y que sería mucho más placentero si no fuera porque, mientras lo realizas, no paras de calcular cuanto te falta para reunir la cifra que te permita comprar el piso que quieres.

Aunque, cuando consigas vivir en el piso, este será motivo de una muy fugaz alegría porque pronto pensarás en lo fantástico que será cuando ya no tengas que pagar la hipoteca... ¿Sigo? Mejor no.

El mundo, te decía, es el que es. Y en él, nos guste o no, yo soy quien hoy soy, y tú eres la persona que eres hoy.

Todo lo que hayamos ido depositando en nuestra vida en el pasado o todo lo que podamos imaginar de nuestro futuro es hoy, tan solo, un recuerdo o una fantasía apenas y, como tales, no existen en la realidad tangible. El mundo real, el que nos contiene y al que pertenecemos, es solo el presente y es el único cierto.

Integrar pasado y futuro en el ahora

Sin embargo, anclarse en el presente no significa prescindir de la experiencia. Más bien consiste en aprender a no ser esclavo de ella, pero hablaremos de eso en otro momento –y ahora no te quedes pensando en lo bonito que será el día en que hablemos de ello–. Tampoco interpretes que no hay que tener proyectos pues se trata de todo lo contrario.

Con vivir el presente me refiero a entregarnos a nuestros planes como un desafío que nos permita que cada cosa nos sorprenda; vivir cada instante y cada experiencia sin anticipación, sin condicionantes, sin miedos.

Hablo de proyectarnos en el futuro, pero sin llegar a habitar en él.

Hablo de estar en paz con el pasado para dejar de recurrir a él buscando excusas y justificaciones.

Alguien podría creer que esta diferencia es sutil, pero no lo es. Y las consecuencias de mezclar esos dos fantasmas con la realidad del presente pueden ser a veces graciosas, pero otras, dramáticas.

Recuerdo que cuando empecé a estudiar psiquiatría, todo el mundo me contaba chistes de psiquiatras locos y pacientes aún más trastornados. Uno viene muy a cuento:

Un proveedor de instrumentos médicos visitaba en pleno verano un sanatorio psiquiátrico. Desde la terraza en la que tomaba un té con el director, veía a los pacientes que subían al trampolín junto a la piscina y gritando: “¡Qué bonito será el jueves!”, se tiraban de cabeza, uno tras otro. El visitante, sorprendido, preguntó:

— ¿Por qué todos dicen lo mismo al saltar? ¿Qué pasa los jueves?

El director sorbió un poco de té y contestó:

—Los otros jueves no lo sé, pero este llenarán de agua la piscina...

Aquí y ahora. Podemos ahora comprender, en su esencia estas dos palabras juntas.

Estas palabras señalan que para vivir, es necesario estar anclado en el presente, dado que la única vida verdadera es aquella que transcurre en el tiempo y en el lugar en que cada uno de nosotros está. El presente es el resultado de todo lo que hemos vivido.

El presente es siempre nuestro mejor momento, porque es el único sobre el que realmente podemos actuar.

En este instante, podemos preguntarnos: ¿Qué hace falta, qué es necesario, cuál es el camino para aprender a actuar adecuadamente en este fugaz y eterno momento que es el presente?

¿Cómo disfrutar del presente?

La primera condición para disfrutar más de la vida es darse cuenta de que la vida, con todas sus dificultades, vale la pena. Es decir, percatarse de que las dificultades de nuestra existencia también valen la pena: el padecer, la tristeza y el dolor que vivimos.

Vale la pena insistir, crear, intentar, fracasar, empezar de nuevo, construir y compartir.

Vale la pena vivir, aquí y ahora, sin postergaciones. Y más si estamos dispuestos a apostar, casi a ciegas por lo que sigue, por el futuro, por el resto de nuestra vida, que, como dice la canción empieza hoy.

Para terminar, te dejo este poema que escribí hace muchos años y que titulé “Brevedad”:

He nacido hoy de madrugada

viví mi niñez esta mañana

y sobre el mediodía

ya transitaba mi adolescencia.

Y no es que me asuste

que el tiempo se me pase

tan deprisa.

Solo me inquieta un poco

pensar que tal vez mañana

yo sea

demasiado viejo

para hacer

lo que hoy he dejado

pendiente.

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