micromachismos

Desigualdad de género

Micromachismos: causas y efectos de esta sutil violencia

La heteronormatividad nos lleva a no darnos cuenta de la opresión diaria que sufren las mujeres.

Iván Crespo

El machismo sobrevive sutil, escondido, en pequeños gestos, en las relaciones y conversaciones. El machismo es un mal estructural que solo erradicaremos lejos de la presión social, creando nuevas masculinidades.

Micromachismo: historias de violencia subterránea

La semana pasada una amiga y yo fuimos al cine. Habíamos quedado también con otro amigo que, como siempre, llegaba tarde. Estábamos en la cola, perfectamente invisibles y mezclados con otras parejas y grupos de amigas cuando, finalmente, mi amigo llegó y nos saludamos como siempre, besándonos en los labios. Como le vi apurado por su tardanza, añadí un cálido abrazo y una caricia.

Inmediatamente nuestra invisibilidad se esfumó. Había pasado de ser un novio que va a ver una película con su chica, a ser un gay que muestra públicamente sus afectos. Quizá el abrazo duró más de lo socialmente convenido, quizá la caricia no debía ser en el rostro... El beso en los labios era irrefutable: éramos dos gays. ¿Y la chica? Quizá paso a ser la eterna amiga del chico gay.

Todas las miradas y algunos silencios, nos hicieron conscientes de que estábamos fuera de la masculinidad hegemónica. Éramos hombres que no se habían comportado como hombres.

Hombre, mujer, y formas de sexismo

Pero ¿qué es un hombre? La mayoría responde rápidamente con esencialismos biológicos, aunque todas sabemos que no se reduce a “ese apéndice”. Para responder a esta pregunta, se suelen responder a otra; ¿Qué hace –y qué no hace– un hombre?

'Lo masculino' existe precisamente en la medida en que la biología no explica lo social ni lo cultural. Necesitamos añadir la masculinidad a la idea de hombre para poder dotarla de significado. Esta versión más extendida de masculinidad (suma de valores y conductas) es lo que llamamos la masculinidad hegemónica. Dentro de la construcción de la identidad, la “masculinidad hegemónica” está en lo más alto, el número uno. Y aquí se complica.

En 1976, dos psicólogas norteamericanas, Robert Brannon y Deborah David enunciaron “los cuatro imperativos que definen la masculinidad”:

  • No tener nada de femenino.
  • Ser importante.
  • Ser un hombre duro.
  • Hacerles sufrir.

El psicoterapeuta Luis Bonino añade un quinto: respetar la jerarquía y la norma.

Los valores de la masculinidad hegemónica

A día de hoy, estos valores son reaccionarios, pero, en realidad, no han sufrido un gran cambio desde el Renacimiento.

La idea común que podamos tener de la masculinidad hegemónica es inalcanzable para cualquier hombre, pero la presión social –una forma muy sofisticada de inducir miedo– , hace que no nos permitamos ciertos comportamientos.

La masculinidad hegemónica gana por omisión: es casi imposible saber qué es un hombre, pero sí sabemos lo que un hombre no hace. Y son, justamente, todos esos comportamientos que no nos permitimos como hombres los que validan los idearios de la masculinidad y los que justifican el patriarcado.

Nuestros privilegios también tienen un precio en términos de daños emocionales y físicos. Bajo ese “Debo ser importante”, el varón asume la presión de aquel que debe actualizar permanentemente su derecho a ocupar un lugar en el universo masculino.

Heteronormatividad y sus formas de opresión

Gail Petherson comenta que un sistema de género donde los hombres dominan a las mujeres no puede dejar de convertir a los hombres en un grupo interesado en la conservación, y a las mujeres en un grupo interesado en el cambio.

Este es un hecho estructural, independiente de si los hombres como individuos amamos u odiamos a las mujeres, creemos en la igualdad o no; e independientemente de si algunas mujeres persiguen actualmente el cambio. Esta resistencia es habitual y generalmente inconsciente.

Se da en otros grupos privilegiados como el colonialismo, la supremacía blanca, el elitismo de clase, la heteronormatividad. La identidad propia invalida las identidades de las demás.

Lo habitual es que como hombres seamos incapaces de verlo como privilegios, si no como algo naturalizado. Solo si se ponen en duda, los comenzamos a ver como derechos. Algo dado, algo nuestro.

Según Bob Pease, todos los hombres, hasta cierto punto, creeremos que tenemos derecho a imponer exigencias a las mujeres (el trato deferente, el trabajo doméstico, los servicios sexuales, el apoyo emocional...). Solo diferirán según lo que cada hombre considere que tiene derecho y su manera de imponerlas.

No podremos superar el sexismo si los hombres no somos conscientes de los privilegios inmerecidos que recibimos como hombres

Y no seremos capaces de reconocer el impacto de estos privilegios en las mujeres que pueblan nuestra vida.

Para enfrentarnos a estas identidades dominantes, hay que explorar otros modelos de identidad y crear subjetividades que no se basen en la subordinación o la dominación. Llegan nuevas masculinidades.

Cómo evitar la violencia cotidiana

  • Micromachismo. Luis Bonino lo define como una práctica de violencia en la vida cotidiana que sería tan sutil que pasaría desapercibida pero que reflejaría y perpetuaría las actitudes machistas y la desigualdad de las mujeres respecto a los hombres.
  • Revisa. ¿Quién asume la mayoría del trabajo del hogar? ¿quién sacrifica su carrera profesional por el bien de la familia, seguramente porque cobra menos? Dejemos de valorar su cuerpo y su vestimenta, y de achacar sus enfados a las hormonas o a ser más emocional que racional. No dar por supuesto que las figuras de autoridad serán hombres.
  • Entre hombres. Evitemos la complicidad basada en comentarios sobre mujeres y caer en estereotipos y caricaturas. No admitir ni justificar comportamientos machistas de los amigos. Démosle la vuelta a la presión social para aislar “masculinidades contaminantes” y construir “nuevas masculinidades” más positivas hacia las mujeres y desafiantes contra el patriarcado.

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