La buena educación

Ojalá sepan valorarla...

¿Cómo se pide? Por favor. ¿Qué se dice? Gracias. Se dan dos besos. Cruza las piernas. Cierra la boca. La buena educación nos condena ante los que nos hacen daño

Roy Galán

buena educacion

Oye, nos educaron a las mil maravillas.

¿Cómo se pide? Por favor.

¿Qué se dice? Gracias.

Se dan dos besos. Cruza las piernas. Cierra la boca. No te levantes hasta que no termines. No digas tacos. No se habla de eso en la mesa. No seas grosero. No seas ordinaria. Ahí va una coma. Ti no lleva tilde.

Y, sin embargo, nuestra buena educación nos condenó. A quedarnos paralizadas ante las personas educadas que nos hacen daño una y otra vez.

Que nos joden vivas, con comas y puntos, sí, con palabras bien escogidas y oportunas, con halagos vacíos.

Sí, nadie nos protegió de esa gentuza que se ampara en la bondad para que no se la pueda reprochar nada, que nos desarma con sus te deseo todo lo mejor del mundo, pero que en el fondo se están portando fatal contigo, que te están apartando como al vello púbico de la boca, como a la piña de la pizza, como uno de seguridad a una fan.

Y tú no puedes reaccionar de otra manera, porque claro, ante su eres una chica estupenda, a ti te han enseñado que tienes que responder: Tú también.

Eres un jodido resorte.

Pero no es eso lo que quieres decir.

Para nada.

Lo que quieres es cagarte en todo lo que se menea, pero no lo haces porque está mal, y respondes que te vaya bien, persona maravillosa.

Y te quedas ahí. Releyendo los mensajes una y otra vez. De madrugada. Con toda esa ortografía circunspecta y esos discúlpame y esos buenos deseos como si tú fueras una compañera de trabajo que se jubila o una fotocopiadora o un robot de una centralita.

No, tú eres de carne y hueso, no un reflejo, aunque no tengas remedio.

Y además se la has chupado.

Los robots no la chupan.

Y probablemente te hayas preocupado por el hecho de que su mami no le diera besos de buenas noches cuando era un niño y de hacerle una fiesta sorpresa en su cumpleaños y de aprenderte el nombre de su compañero de cuarto en la universidad aunque él ni se acuerde.

Las fotocopiadoras no saben los nombres de tus roomies.

Y pasa el tiempo y tienes un recuerdo agridulce pero no como el de la salsa que está rica sino como el de avatar el de una película que te lo prometía todo y que al final era una mierda de unos pitufos vigoréxicos que follaban debajo de un árbol de Navidad.

Y ensayas en el espejo los correos que nunca escribiste.

Que te den. Cabrón. Comemierder. Deja de usar la gramática para hundirme. No me gusta tu ropa ni tu nariz ni tu lista de Spotify.

Y él habla de ti: es que es una chica tan válida, tan comprensiva, tan bien educada. Es una joya. Ojalá sepan valorarla.

Y tú, a ver.

Te tragas el dedo que quieres sacar.

Sonríes.

Y das las gracias.

Mientras la alarma de tu móvil te avisa de que tienes que comprar pienso para el gato.

Tu gato.

Que no sabrá que septiembre se escribe en minúscula.

Pero oye, qué suave y calentito que es.

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suscribete Octubre 2017