Sin vergüenza

Perder el miedo a relacionarse con los demás (8 claves)

Timidez, miedo y vergüenza nacen de la autoexigencia. Los seres humanos somos animales sociales y nuestra felicidad está unida a nuestras relaciones

Alejandro Napolitano

relacionarse

Aunque nuestra felicidad depende en gran parte de unas relaciones personales positivas, a veces, nos cortamos, nos sentimos inseguros si tenemos que dar nuestra opinión en público, nos sonrojamos si nos presentan a alguien o preferimos pasar desapercibidos en las reuniones sociales...

Relacionarse sin bloqueos ni miedos

Para disfrutar de nuestras relaciones, debemos perder esos miedos y exponernos sin reticencias. Debemos admitir la posibilidad de no ser perfectos, pero tampoco podemos olvidar el compromiso de mejorar nuestras habilidades sociales día a día.

Cuando las emociones nos colapsan

Esta es la historia de Andrea:

Se deslizó en el interior del aula sin hacer ruido apenas. Apretaba contra el pecho un manojo de apuntes que se conocía al dedillo desde la primera vez que se presentó al examen de Anatomía, un año y medio atrás.

Hacía unos minutos –como el día anterior y el mes pasado– les había explicado a varios de los compañeros que recurrían a ella para salir de dudas los temas más difíciles de la materia, respondiendo preguntas acerca de las inserciones del bíceps, los huesecillos del oído, la irrigación del estómago...

Con sus más y sus menos, todos sus compañeros ya habían aprobado. Pues bien, aquí estaba Andrea, una vez más, intentando lograr sentarse frente a estos tres monstruos jurásicos y despachar la asignatura. “¿Por qué un examen oral? ¿No podría este final ser escrito, como el de Embriología, en el que saqué un diez?”, se preguntaba Andrea.

Mientras Andrea avanzaba hacia el fondo del aula, deseaba que hubiese un gran apagón, que se derrumbase el edificio, que antes de recorrer esos dos metros que le faltaban para llegar a la mesa, la profesora titular sufriese una fiebre repentina que le obligase a cancelar el examen. Pero nada de eso ocurrió.

La dura realidad le volvió a presentar la escena temida: los tres profesores, callados, mirándola, esperando a que ella llenase ese silencio con sus propias palabras y les explicase la circulación de la sangre en el pulmón.

Andrea comenzó a sentir cómo toda la sangre se le subía al rostro. Roja, volvía a percibir la sudoración en las manos y las sienes. El aire casi no le entraba en los pulmones cuando comenzó a sentir que su mente ya no era capaz de articular siquiera un pensamiento. No recordaba qué cosa es la sangre ni el pulmón.

Giró sobre sus talones y, una vez más, huyó hacia la salida. Al hacerlo, apretaba más fuerte contra el pecho los apuntes mientras se clavaba las uñas en el antebrazo.

Andrea no podía aprobar los exámenes orales. Era una brillante estudiante de Medicina, pero se hundía cuando debía hablar en público, frente a la clase o ante un profesor.

El camino del aislamiento

Se trataba de una timidez muy dolorosa. El problema no se producía únicamente frente a esas situaciones tan temidas. Hablar con personas desconocidas, participar de una fiesta o tener una cita se convertía en un calvario.

En esos momentos, sus síntomas físicos se disparaban como un torrente irrefrenable: palpitaciones, dificultad respiratoria, temblor, sudoración, enrojecimiento del rostro, sequedad bucal, imposibilidad de articular palabra y, sobre todo, esa espantosa sensación de bloqueo mental que todos llaman “mente en blanco”, pero que a ella le parecía de un negro absoluto.

Por todo ello, se sentía tonta e inadecuada, de manera que se reprochaba en términos muy duros su dificultad. Temía que los demás notasen sus síntomas y la considerasen rara o estúpida. Había estado en reuniones en las que no sólo evitaba hablar sino también beber o dar la mano, por temor a mostrar su temblor o su sudoración que tanto autorrechazo le producía.

Las opciones eran frustrantes: evitar toda exposición y acabar aislada, o arriesgarse al terror y al bochorno

En los momentos de calma, de todas formas, la preocupación ocupaba su mente casi todo el tiempo, ya fuese anticipando futuros e inevitables sufrimientos o prefigurando, avergonzadamente, la mirada condenatoria de los demás.

Su vida se fue transformando en una tortura inenarrable. ¿Por qué tenía que sentir tanto sufrimiento? ¿Cuáles son las condiciones en las cuales una persona puede llegar a construirse semejante infierno privado?

Autoexigencia de origen infantil

Suponemos que una persona tímida es alguien que se siente insignificante, poca cosa. Muchas veces no es así, o mejor dicho, es así sólo en la forma más exterior, en la apariencia. Porque, ¿cómo es posible que alguien se considere insignificante si cuando entra en un sitio público cree que todas las personas no tienen nada mejor que hacer que escudriñarlo detenidamente, como si se tratase de una celebridad?

En el fondo del tímido encontramos, a menudo, a una persona con una imagen muy idealizada de sí misma

Con unos estándares muy altos acerca de lo que es desempeñarse bien en la vida, con un nivel de autoexigencia superlativo e inalcanzable, hasta tal punto que tiene asegurado el fracaso ya antes de comenzar con la tarea.

Fijarnos un ideal, una meta, puede ser una buena idea en muchos momentos, pero cuidado, que Superman y el Hombre araña no se salgan de la pantalla e intenten organizarnos la vida.

“Impossible is nothing” (nada es imposible), asegura un eslogan publicitario. Eso debe estar bien para vender indumentaria deportiva, pero no sirve para construir parámetros válidos para nuestra propia existencia. “Lo mejor es enemigo de lo bueno”, reza un refrán más viejo y sabio.

Las exigencias desmesuradas son resabios de nuestra mente infantil que muestran que allí, en el fondo de nuestra alma, nos seguimos relacionando con unos padres superexigentes a los que nos es imposible satisfacer. Es por allí por donde va la cosa.

Una imagen inalcanzable

Muchas personas vanidosas, que andan por la vida infladas como pavos reales, mantienen esa actitud como una forma de compensar un profundo e insoportable sentimiento de minusvalía. Pero, ¿cómo funcionan las cosas con nuestro tímido?

Ha desarrollado, en su interior, un pomposo y severísimo juez que le toma examen a diario, que evalúa cada una de sus conductas y rendimientos, desde los cotidianos hasta los excepcionales. La mirada implacable de ese juez que todo lo ve, que llega a todas partes, es proyectada por la persona tímida en cada uno de sus interlocutores, por quienes se siente juzgado y sentenciado continuamente.

La persona tímida no repara en que ese juez, construido con fragmentos de experiencias pasadas, no es más que una forma de ser de él mismo. Es él quien se desdobla en un perseguidor y un perseguido.

Él es el juzgador engreído. Sin embargo, el tímido se identifica con el perseguido y al perseguidor lo proyecta fuera, en las personas que lo rodean, considerándolas demasiado exigentes e imposibles de satisfacer.

Esa autoimagen inalcanzable funciona como una “máquina de impedir”

De impedir el placer o la satisfacción frente a los logros reales, frente al puro gusto de vivir. Una imagen tiránica y distorsionada de quien debería ser le impide ver quién es realmente. Lo más probable es que la persona, intentando ser virtuosa, ingrese en un círculo vicioso:

Por ejemplo, si la autoimagen idealizada le obliga a ser un gran conversador versado en temas diversos, frente a la experiencia normal del silencio y la parquedad surgirá una intensa y desmesurada vergüenza que creará una dificultad neurótica para relacionarse en esas ocasiones.

Aparece aquí ese otro gran rasgo de la timidez, la vergüenza. La vergüenza es el fuerte sentimiento negativo de no ser suficientemente apto, bueno, idóneo, adecuado, y la certeza, además, de que esto se nota y es inocultable; es decir, queda inevitablemente expuesto a la mirada juzgadora de los otros.

La vergüenza mina nuestra autoestima a través de una de sus consecuencias más destructivas: el autodesprecio.

Se cierra así el círculo perseguidor-perseguido. Muchas historias de desencuentros con nuestros progenitores pueden estar en el trasfondo del sentimiento de vergüenza. La idea de no tener derecho a nada, de no ser digno de respeto y consideración, suele aparecer en esas interacciones tempranas.

Los cimientos de la confianza

Los niños suelen ser muy sensibles al sentimiento del ridículo, que puede surgir a partir de algún fallo en el despliegue de ciertas habilidades, aún parcialmente conquistadas, o de algunas características físicas que pueden alejarse del ideal o del estándar fijado por la normalidad estadística.

Si esos momentos bochornosos son protagonizados por los padres, su efecto destructivo se multiplica

Entonces estas ideas de que “hay algo malo en mí” comienzan a tomar forma. Esa clave de la satisfacción del vivir, que es la autoestima, requiere un grado de aceptación de uno mismo que es lo opuesto de lo que propone el sentimiento de vergüenza.

Tras la vergüenza ante la evidencia de hacer las cosas mal, de frustrar las expectativas depositadas en nosotros por nuestros padres, surge el sentimiento de culpa. Perder el miedo a relacionarse con otras personas tiene mucho que ver con gestionar este miedo.

Si todo miedo es falta de confianza, la timidez es esa falta de confianza en uno mismo conocida como inseguridad. Agreguemos ahora una característica presente en el miedo, en la desconfianza, en la inseguridad... que también nos servirá para comenzar a buscar la salida de esta situación vital tan dolorosa:

Su incapacidad de permanecer en el presente, su tendencia a imaginar el imprevisible futuro como nefasto.

8 claves para ganar seguridad

¿Qué podemos hacer para atravesar este pantano? Los siguientes consejos nos permitirán salir del círculo vicioso en que nos encierra la timidez para disfrutar de la compañía y del afecto de los demás.

1. Vive cada instante

Queremos tenerlo todo resuelto de antemano y, buscando tener todas las respuestas antes incluso de haber escuchado las preguntas, lo único que logramos es incrementar el temor. Concentra tu energía en la situación de cada instante presente haciendo lo más conveniente momento a momento.

Suéltate, déjate llevar por la situación e intenta disfrutar; ésa es, en el caso de las relaciones, la mejor opción.

2. Busca lo auténtico

Si puedes dejar de lado, aunque sea un momento, la frenética interpretación de los signos que crees encontrar en el ambiente, en las miradas y comentarios de los demás, habrás dado un paso esencial.

Relacionarse con los demás es atreverse a ser uno mismo. Si logras concentrarte en tus necesidades genuinas, es decir, aquellas que provienen de quien eres y no de la idea que tienes acerca de quien deberías ser, entonces habrás tenido acceso a un centro fiable de cordura interior que funciona como una brújula segura.

3. No evites lo nuevo

No le temas a unas pocas mariposas en el estómago ante situaciones nuevas, desafiantes o excitantes. Te mantienen despierto, conectado y son signo de entusiasmo. Imposible obtener ningún logro sin esa dosis de activación.

Si te mantienes centrado en el presente y en ti mismo, la ansiedad no se incrementará hasta el punto de desorganizarte mentalmente.

4. Aprende a relajarte

La relajación muscular es, en sí misma, un antídoto de la ansiedad, por eso los medicamentos que combaten la ansiedad son también relajantes musculares.

Te relajarás si buscas un instante de pausa, cierras los ojos, sueltas la tensión muscular –sobre todo de la musculatura respiratoria– y te brindas una respiración profunda, lenta y suave.

Repite esta operación varias veces hasta que consigas disminuir tu ansiedad. Es algo que puedes practicar en todas las situaciones.

5. Encuentra a tu ‘yo’ observador

Es de gran importancia que desarrolles un observador de tus propios síntomas. Se trata de ver la ansiedad, la vergüenza o lo que sea que sientas, como simples síntomas, desde un “yo” más estable.

Este hecho te brindará la oportunidad de distanciarte de la situación concreta, impedirá que te quedes “pegado” a ella. Así, obtendrás libertad de acción a pesar de las emociones.

6. Háblate en positivo

No pronuncies ni pienses frases que contengan las palabras “siempre” y “nunca”, ya que tienden a crearte la ilusión falsa de que el pasado carece de matices –ha sido “siempre igual”– y que el futuro es inevitablemente catastrófico.

Dale la oportunidad a lo nuevo para que se muestre verdaderamente nuevo y despliegue sus atractivos, todas sus posibilidades. Ante los proyectos, las propuestas, las nuevas ideas, dite, todas las veces que puedas, “¿por qué no?”.

Si dudas, da un paso adelante y actúa.

7. Aprende a mirar distinto

No creas que eres el depositario universal de las faltas y las limitaciones, ni veas a los demás como eternamente libres de miedos e inseguridades. Absolutamente todos requerimos amor y reconocimiento y todos sufrimos cuando no los obtenemos. En eso estamos hermanados. Cuestiónate la idea de que todo el mundo está en esta vida para observar tu lista de defectos y errores.

8. Ríete de tus miedos

Reflexiona sobre el hecho de que la timidez, la vergüenza y una enorme porción de los miedos que padecemos son sólo juegos de la mente. No le escatimes una pequeña dosis de humor a este dato.

A veces, los miedos son movimientos compensatorios frente a un dolor no resuelto del pasado.

Busca ayuda, si te parece necesario, pero muéstrate un poquitín menos crédulo frente a las catástrofes que te anticipa automáticamente tu ordenador personal, es decir, tu propia mente.

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suscribete Octubre 2017