Relaciones tormentosas

Tipos de familias tóxicas (y cómo lidiar con ellas)

Cristina López Conesa

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La familia nuclear en occidente se compone de los padres y los hijos, y es ésta la primera forma de organización social que todos los individuos llegamos a conocer, en la que tomamos una posición y en la que empezamos a desarrollarnos.

De ahí a que sea muy importante el tipo de relaciones que establezcamos con cada uno de los miembros de la familia y las interacciones que se den, ya que de ahí aprenderemos patrones de comportamiento que repetiremos fuera de ese entorno, en otros contextos, sobre todo durante los primeros años de vida. Posteriormente, una vez somos más autónomos solemos tomar modelos entre nuestros iguales, mediante procesos de identificación.

La comunicación familiar como estilo de relación

Es evidente que la comunicación constituye la base para poder relacionarnos con los demás. Todos los individuos tenemos nuestro propio mundo interior, y es mediante la comunicación con los demás que podemos hacer intercambios generándonos una idea sobre los otros, y en comparación con esa idea resituamos la noción que tenemos sobre nosotros mismos en el mundo. De ahí nace nuestra autoestima, cómo nos valoramos en referencia a los aspectos que consideramos importantes en los demás y los que creemos que nosotros tenemos.

Por ello, es muy importante que se dé una comunicación sana y bidireccional, es decir, por ambas partes, escuchando y siendo escuchado. Esto implica saber argumentar las decisiones que tomamos, poderlas debatir, poner en común diferentes puntos de vista, negociar posibles soluciones a problemas, así como compartir tanto inquietudes como satisfacciones.

No obstante, muchas veces en las familias se establecen roles de dominancia y sumisión, y desde ahí las órdenes van en una sola dirección, teniendo que ser indiscutiblemente acatadas. Esa dinámica, sin embargo, puede generar problemas de adaptación y complejos en la parte sumisa, así como un exceso de expectativa y ansia de control en la parte dominante. Esto se relaciona con otro aspecto importante del desarrollo de las personas, que es el control que recibimos, el cual puede llegar a ser demasiado laxo, o demasiado exigente.

Ni me agobies ni pases de mí

La fórmula mágica siempre está en el equilibrio. Como bien dice la cultura popular, los extremos se tocan, e irse a cualquiera de ellos no suele resultar beneficioso. Por ello, un exceso de control puede dificultar el desarrollo de la autonomía y de la propia autorregulación, mientras que dejar demasiado libre albedrío puede ser percibido como negligencia e indiferencia.

En las relaciones sociales, necesitamos unas guías de comportamiento y recibir retroalimentación por parte de los otros en función de nuestras actuaciones. Sólo así podemos deducir si estamos actuando de la manera correcta, o si por el contrario hemos de cambiar ciertas cosas y tirar por otra dirección. Por lo tanto, cuando no obtenemos respuesta frente a nuestras actuaciones, se genera un ambiente de incertidumbre que, además de desconcertarnos, puede generar sentimientos de impotencia y de no importar a los demás. Por otro lado, si recibimos órdenes constantemente sobre todo lo que hemos de hacer y cómo, podemos sentirnos despersonalizados, anulados y, aunque por el método contrario, también sentir que no importamos.

La importancia del afecto

Muchas personas creen que el control y el afecto no son compatibles, y que al mostrar afecto no se puede mostrar control, y viceversa. Pero eso no es del todo cierto, ya que mientras que el afecto nos ofrece unas bases sobre las que forjar una buena autoestima y unos buenos valores para relacionarnos con los demás, cierto control y exigencia incentivan que lleguemos a ser personas competentes, responsables y maduras.

Por todo ello, es muy importante cuidar de nuestras relaciones con los demás, mostrando cualidades como la atención, la empatía, la aceptación, el respeto y el reconocimiento.

Tipos de relaciones familiares

Las formas de relación se han definido sobre todo en el nivel de padres-hijos, considerándose la primera forma de relación que todos experimentamos y a partir de la cual construimos las demás.

Bajo este supuesto, el autor Schaefer (1959) definió tres estilos educativos parentales que se han clasificado en función de la combinación de los aspectos principales descritos arriba, el control y el afecto, y los definió de la siguiente manera:

1. Estilo autoritario

Se caracteriza por tener un alto nivel de control, en que se valora la obediencia como virtud, se impone mucha disciplina y puede establecerse poco diálogo, por lo tanto existe poco afecto al no dejar lugar al otro para su expresión.

2. Estilo permisivo

Este patrón puede partir de buenas intenciones, promoviendo la independencia del otro, con un control laxo, pero adecuados afecto y comunicación. Éste sería un estilo sobreprotector. Pero esta indulgencia y pasividad al no establecerse ningún límite puede llegar a dificultar el desarrollo de la independencia y la madurez de la persona. Por otro lado, este estilo puede contener el control bajo, pero además poca comunicación y afecto, convirtiéndose en un estilo negligente considerado como una forma de maltrato.

3. Estilo autoritativo (o democrático)

Este estilo sería el ideal, con un nivel de control moderado en el que se exigen ciertas cosas pero también se establece una comunicación bidireccional y flexibilidad para comprender cuando no se cumplen las expectativas, ofreciendo con ello un sentimiento de valía e importancia al individuo.

¿Cómo actuar frente a una familia tóxica?

Aunque el tema de los estilos familiares ha sido fundamentalmente estudiado entorno al desarrollo de los niños en la adquisición de habilidades sociales y la construcción de su autoestima, estas dinámicas siguen siendo igual de importantes a lo largo de toda la vida, y pueden extrapolarse tanto a otras relaciones dentro del entorno familiar, como a las amistades y las relaciones de pareja.

Por eso, cuando creemos que algo no está funcionando del todo bien, lo importante es saber identificar qué está sucediendo que nos está afectando y poderlo comunicar de una manera constructiva y sana con aquellas personas que están implicadas. A veces actuamos de forma automática sin darnos cuenta de cómo esas formas afectan a los demás, y poderlo hablar nos da la oportunidad de que puedan darse cambios positivos tanto para nosotros, como también brindamos la oportunidad al otro de que tome conciencia de cómo sienta su forma de actuar a los demás y de que pueda mejorar. Seguramente, no sólo se comporte así con nosotros, sino con muchas más personas, y le genere dificultades que no sepa de dónde provengan. Así que comunicándonos podemos estar haciéndole un favor y hacer que también al otro le vaya todo mejor, además de velar por nuestro propio bienestar.

Sin embargo, si ya hemos intentado lo anterior y no vemos posibilidades de que la situación vaya a cambiar, lo mejor es no encabezonarnos con tratar de cambiar a nadie que no lo hace por su propio pie, y saber diferenciarnos de esas actuaciones poniendo distancia emocional y comprendiendo que las causas de ese comportamiento están en el otro, que seguramente esas causas se remonten a mucho tiempo atrás y que posiblemente por ello sea difícil cambiarlo. De esta forma, tomaremos una postura empática hacia el otro, evitando el rencor, así como evitando culpabilizarnos a nosotros mismos por el hecho de que no funcione.

Referencias bibliográficas:

  • Franco, N., Pérez, M. A. y Dios, M. J. (2014). Relación entre los estilos de crianza parental y el desarrollo de ansiedad y conductas disruptivas en niños de 3 a 6 años. Revista de Psicología Clínica con Niños y Adolescentes, 1 (2), 149-156.
  • Torío, S., Peña, J. V. y Rodríguez, M. C. (2008). Estilos educativos parentales. Revisión bibliográfica y reformulación teórica. Teoría de la educación, 20, 151-178.

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suscribete Octubre 2017