STOP violencia

Bullying: señales y causas del acoso escolar

El bullying no es cosa de niños. No encontraremos causas y soluciones si solo vemos víctimas y verdugos.

Laura Perales

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El centro del problema no es un niño que acosa y otro que recibe. Es reconocer que la violencia sutil, pero normalizada, rige nuestras relaciones entre adultos y niños. Y nuestro ejemplo ha calado.

Cada vez es más frecuente ver en las noticias casos de bullying, algunos con desenlaces terribles. Aumentan alarmantemente en número, mientras tanto solo focalizamos el problema en los niños sin buscar las posibles causas.

Los adultos tenemos una facilidad pasmosa para dejar de mirar hacia nosotros mismos y transformar lo que ocurre en un problema solo de las víctimas, solo de los niños.

Historias de bullying

Cuando Alejandro (usaré nombres ficticios) hizo un nuevo amigo en la escuela, otro niño comenzó a excluirlo e insultarlo. Lo amenazaba con romperle la cara y acabó empujándolo por las escaleras del colegio. Alejandro pasaba el día escondido en la biblioteca, con miedo a salir.

Su madre fue a hablar con la maestra, que le dijo que eran cosas de niños sin importancia.

Pero la madre no se dio por vencida y, no solo protegió a su hijo, sino que descubrió que el otro niño lo odiaba porque le había quitado a su mejor amigo. También acabó averiguando que su padre los había abandonado y que su entorno no era demasiado amoroso.

Una vez que el niño que agredía pudo verbalizarlo todo, viéndose escuchado, el acoso remitió y ambos niños volvieron a convivir pacíficamente.

Carlos era un niño que abusaba de otros. Varias familias se quejaron ante la escuela que, por un lado, decidió expulsar al niño, pero, por otro, negó el acoso diciendo que “eran cosas de niños”.

Nadie sabía que Carlos vivía una situación de violencia de género en su casa y que él también era maltratado por su padre.

Damos mal ejemplo

¿Qué es lo que está ocurriendo? Que los niños tan solo están reproduciendo lo que los adultos les estamos haciendo y transmitiendo con nuestro ejemplo constante. De mil maneras diferentes.

  • No les permitimos defenderse (metemos defensa y ataque en el mismo saco con demasiada facilidad).
  • Abusamos de ellos construyendo una relación de poder que no debería ser tal.
  • Ejercemos violencia verbal y, a veces, física con el resto de los adultos, mientras ellos lo presencian.
  • Les enseñamos a competir.
  • Les castigamos. Les gritamos. En casa y en la escuela. Les pegamos para que “aprendan” a no pegar.

¿Qué es lo que pretendemos que hagan con todo esto?

El bullying es parte de la cosecha de la crianza autoritaria.

Estamos colocando un letrero de neón diciéndoles que abusen de otros niños, para después castigarlo más.

¿Cómo acabamos con el bullying?

La vía no es tan simple como castigar al que abusa, porque él también es una víctima. La vía es proteger sin dudar a los niños que sufren acoso y pararlo en seco, pero entendiendo que el acosador también necesita ayuda.

Tenemos que preguntarnos qué le ha pasado a ese niño para necesitar hacer eso. Y, sobre todo, trabajar las causas del bullying, no los síntomas.

Es decir, dejar de ejercer nosotros bullying contra los niños de manera constante. No debemos castigar acosando de nuevo, reforzando el ejemplo.

Nuestro acoso normalizado hacia los niños no solo tiene que ver con castigos, cachetes mal llamados educativos o gritos.

También tiene que ver con ignorarlo, obligarlo a dar besos aunque no quieran, aleccionarlo para que comparta sus cosas por sistema, retirar nuestro afecto para manejar al niño, o ejercer autoritarismo disfrazado bajo hermosas palabras.

De hecho, este edulcoramiento autoritario es también muy peligroso. La telaraña que puede tejer en la psique de estos niños es muy enrevesada, llena de culpa, de rabia, de odio hacia uno mismo, porque ¿cómo voy a cuestionar a mis padres si todo lo hacen desde el amor?

Mi consulta está repleta de adultos afectados por la crianza “normal”, con padres amorosos que ejercían esta violencia sutil, disfrazada. Para ellos es muy complicado darse cuenta de lo que ocurre.

El acoso como sistema normalizado

Es complejo, ya que, por un lado estamos enseñando a los niños que la violencia es lícita mediante programas de televisión, videojuegos... Además, cuando la presenciamos, en nuestra vida real, en la calle, no intervenimos, la normalizamos.

Pero, por otro, ellos no pueden defender lo que quieren, lo que necesitan, porque desde pequeñitos les hemos insistido una y otra vez como un mantra: “Hay que compartir”.

Pero, con nuestra forma de actuar, les lanzábamos el ejemplo, el mensaje, de que pueden ejercer violencia en forma de acoso contra alguien más débil: “Ni se te ocurra defenderte. Acosa como sistema para sobrevivir”.

¿Cómo actúan los adultos? Los adultos que deberían cuidar y proteger a los niños se han convertido en agentes del orden que infunden temor. Adultos que no van a creerme si les pido ayuda, porque la palabra de un niño no cuenta. Recurro a ellos para buscar un culpable, para que castiguen al niño que me ha hecho daño, no para buscar protección y pedir ayuda para los dos, entendiendo que algo le debe de haber pasado al otro para actuar así.

Y una vez que se castiga al acosador, el modelo se refuerza y crece: nunca entenderé que he podido dañar al otro, solo que acosar está mal si te pillan, porque siempre hay un pez más grande (el adulto) que me castiga. La causa permanece, el ejemplo se multiplica y el odio hacia el niño “chivato” se recrudece.

¿Cómo podemos salir de aquí?

Cambiando el modelo de relaciones de poder y volviendo a lo que caracteriza al ser humano: las relaciones de cooperación.

Cuidar a nuestros hijos, protegerles, proveer un ejemplo sano y coherente.

Entendamos las señales de que algo ocurre, o este grave problema seguirá.

Cómo cambiar la ecuación en el acoso escolar

Acosados y acosadores surgen del mismo conflicto y necesitan lo mismo: un vínculo fuerte basado en la confianza y la cooperación. También vivir los conflictos de forma sana y poder soltar su tensión.

Si apartamos el autoritarismo y la violencia encubierta en nuestras relaciones, también desaparecerá entre los niños.

¿Qué podemos hacer los padres?

Escucha a tu hijo. Tendemos a quitar importancia a lo que nos cuentan los niños o, directamente, los ignoramos. No deberíamos hacerlo.

  • No al autoritarismo. Una crianza basada en el miedo y los castigos solo conseguirá que acaben interiorizando el patrón de acoso y violencia. Además, así romperemos el vínculo entre nosotros y, por tanto, la comunicación.
  • Practica con el ejemplo. Tanto la violencia normalizada como la ejercida, ya sea sutil o directa, solo engendra más violencia. Sé el ejemplo que deseas ser para tu hijo.
  • Intervén en situaciones de abuso. Si lo presencias, ya sea hacia adultos, niños o animales, no lo normalices. Tu hijo te observa y toma nota de todo lo que haces. Todos nosotros deberíamos intervenir ante estas situaciones.
  • No rompas su capacidad de defensa. No le transmitas que no debe defenderse o que debe compartir por sistema. Los adultos debemos proteger a los niños e intervenir siempre que se hagan daño, pero no intervenir por sistema, privándolos de la vivencia saludable del conflicto y mermando la confianza en sí mismos.
  • Evita que presencien violencia. Cuidado con lo que vemos en televisión y con todo lo que nos escuchan decir o nos ven hacer. Criticar a otras personas delante de los niños o insultar al conductor del coche de al lado no va a ayudarlos.
  • No permitas que ningún adulto abuse de tu hijo. Intervén inmediatamente, él necesita escuchar que no normalizas estas situaciones. No permitas que le den besos o los reciba si no lo desea, no permitas que repriman sus emociones, no permitas que otras personas les castiguen o les acosen. Incluyendo a sus maestros.
  • Pregúntate por qué. ¿Por qué crees que no se defiende o por qué acosa? Desde el conocimiento del historial del niño y el ambiente que le rodea, puede trabajarse.
  • Utiliza mediadores. A veces, los niños no saben expresar lo que les ocurre o les cuesta hacerlo. El uso del dibujo o la representación con muñecos puede ayudarte con ello.

¿Qué necesitan nuestros hijos?

  • Protección inmediata. No esperemos a que la escuela tome medidas.
  • No interiorizar la obediencia ciega. Porque va a mermar su capacidad de defensa y también va a generar rabia que pueden acabar descargando en otros niños.
  • Vivir conflictos sanos. Entendamos la necesidad de los niños de luchar por lo que necesitan y quieren por sí mismos. Eso sí, acompañados de adultos que protegen la integridad física de todos.
  • Evitar las causas. El origen de la violencia se encuentra en la represión del contacto, siendo luego mantenida con nuestro ejemplo diario.
  • Descargar la tensión. A veces no podemos evitar las causas, o solo podemos atenuarlas. Por eso, descargar tensión es muy necesario. Hacer ejercicio físico, peleas de almohadas, con churros de piscina… pueden ayudarlos mucho.
  • Mantener un vínculo fuerte. Permite crear confianza y la comunicación, para así poder ayudarlos cuanto antes y parar el problema. Tanto si son acosados como si acosan.
  • Más cooperación. Intentemos no destruir aquello que todos los seres humanos venimos predispuestos a vivir, la cooperación en tribu que nos permitió sobrevivir como especie. Evitemos lo competitivo.
  • Construir el yo y la empatía. La base es una crianza respetuosa que no choque con las necesidades biológicas innegables del niño. Desde que era un bebé y lo cogías en brazos siempre que lo necesitaba, hasta cuando has validado y reconocido sin rechazar sus emociones, o cuando la crianza ha rebosado piel y mirada, así has fomentado la construcción de un yo sólido, una base imprescindible que, entre otras cosas, va a permitir que él pueda defenderse. Así has ayudado a que la empatía tome forma de modo gradual, junto con el desarrollo incipiente del cerebro superior (a los tres años de edad). Esta capacidad empática no puede darse de no haberse construido previamente un yo, para lo cual los niños necesitan vivir la dependencia saludable que nos caracteriza como especie en nuestros primeros años de vida.
suscribete Octubre 2017