Educación consciente

Crianza

Educar desde el corazón

Hay muchas maneras de acompañar a un niño en su desarrollo, pero solo podremos relacionarnos verdaderamente con él si partimos de su mirada y no de la de un adulto

Yolanda González Vara

Mirar a un bebé suele despertar en el adulto sentimientos de ternura y protección. Contemplar cómo ríen y se mueven los pequeños es un espectáculo único que muestra las ricas potencialidades que encierran desde el primer despertar a la vida.

La infancia es el mayor tesoro que posee la humanidad.

Educando desde los sentimientos

Y, sin embargo, la interacción del adulto con cada niño puede favorecer o interferir su desarrollo óptimo y saludable. Metafóricamente, podríamos mencionar dos tipos de mirada: la vertical y la horizontal.

En la mirada vertical, la más habitual, el adulto dirige desde arriba los pasos evolutivos del niño. Se considera que hay que “enseñar” al pequeño porque “no sabe”.

Desaprender la imposición

No solo se le enseñan normas sociales, también las funciones naturales, como “dormir solos y de un tirón” (aunque reclamen a llantos a mamá), “comer de todo” (aunque no estén preparados), compartir (sin haber llegado a la etapa de la socialización)...

Este hábito de “enseñar” todo –incluso las funciones naturales que están sujetas a procesos de autorregulación– desvela el desconocimiento habitual de los ritmos madurativos y la desconfianza en su capacidad de autorregulación.

Niños educados de igual a igual

La mirada horizontal, por su parte, aborda la infancia desde la empatía y el respeto por su proceso madurativo. El adulto se coloca a la altura del niño, acompañándole en su camino,"con ojos de niño", como señala tan gráficamente Francesco Tonucci, psicopedagogo y dibujante italiano.

Mirar con ojos de niño significa comprender y sentir junto al niño.

En términos de la teoría del apego, significa dar una respuesta empática y sensitiva a las demandas emocionales del pequeño.

Conocer su proceso evolutivo emocional,es decir, sus necesidades vitales y emocionales, es la clave esencial para acompañarles desde el respeto, la paciencia y la presencia emocional que requieren en los primeros seis años de vida, etapa en la que se constituye el carácter y el vínculo seguro.

Es crucial comprender que las necesidades emocionales infantiles – de atención,afecto y presencia de la figura de apego– no responden a ningún capricho ni malcrianza.

Malcriar es, contrariamente a la creencia popular, no responder con empatía a la demanda imperiosa de atención del niño.

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