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Otras formas de educar... ¡sin totalitarismo!

Demián Bucay nos explica por qué la crianza autoritaria puede dañar la salud psicológica de nuestros hijos.

Demián Bucay

Queremos tener una excelente relación con nuestros hijos y alumnos. Queremos brindarles la posibilidad de que se nutran de todo lo que tenemos para ofrecerles y que puedan, también, ir más allá. Solo así estaremos alimentando realmente una oportunidad para que los que más amamos vivan la mejor de las vidas posibles.

A menudo, cuando he tenido que ponerme a hablar sobre educación, tanto de padres a hijos como de maestros a alumnos, he recibido la pregunta: ¿es posible educar sin autoritarismo?

¿Dudas con la crianza? Escucha tu instinto

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Educando alejados del autoritarismo

Y, si bien comprendo la inquietud que la genera y me parece muy relevante, no dejo de sorprenderme pues pienso que, de alguna manera, la pregunta debería ser la contraria: ¿es posible educar con autoritarismo?

La respuesta a esta última pregunta probablemente sería: “No, no es posible”. Para comprender mejor el porqué de ello, debemos tener claro qué entendemos por educación. Educar significa darle a otro las herramientas para que pueda llevar adelante, por sí mismo, determinada tarea. Ahora bien, si yo consigo que te comportes de determinada manera utilizando un método autoritario, diciendo por ejemplo: “¡Lo haces porque lo digo yo!” o “Ya verás lo que te sucede si no…”; si logro con ello que hagas lo que te indico, lo que he conseguido finalmente es que obedezcas.

El problema (además del resentimiento que esto genera) es que siempre necesitarás que yo esté ahí, dándote la orden o imponiendo mi autoridad de diversos modos, para que actúes de la manera “adecuada”. Es decir, no hay aquí educación puesto que no se ha generado autonomía alguna; no has desarrollado ninguna capacidad nueva.

¿Queremos formar soldados o personas libres?

Algunos podrían argumentar que, si repetidamente consigo forzarte a que hagas lo que te indico, si lo hago una y otra y otra vez, eventualmente te acostumbrarás a ello y lo harás solo. Te surgirá de modo automático o bien mi voz retumbará para siempre en tu cabeza diciéndote (aunque yo no esté allí) cómo debes hacer las cosas. ¿Cabría llamar a esto educación? A mí me parece que no. Creo que sería más adecuado llamarlo adiestramiento. Tal es el nombre que se le da a este proceso cuando se aplica en otros ámbitos a los que se adecua mejor, como son el del entrenamiento militar o el amaestramiento de mascotas.

¿Deseamos acaso que nuestros hijos o nuestros niños se comporten como animales amaestrados o como soldados? Desde ya que no me parece una meta atractiva y supongo que tampoco lo es para la mayoría de vosotros.

Obedecer

Parte del problema quizá radica en que, con frecuencia, los adultos (padres y maestros) terminamos pensando que nuestra tarea es conseguir que los niños nos “hagan caso”. De hecho, ese es el sentido con el cual se utiliza de modo habitual la expresión “bien educado”. Equiparamos la buena educación a “que no molesten” y está claro que la verdadera educación es otra cosa muy distinta: vale decir, prepararlos lo mejor que podamos para los desafíos de su vida futura. Si consolidamos esta como nuestra verdadera función, comprenderemos con rapidez que el autoritarismo no tiene lugar allí.

Cuando nos proponemos dejar de lado este tipo de “educación” coercitiva aparece siempre (enunciado por algún familiar de esos que opinan de todo o incluso surge de nuestros propios prejuicios) el temor de que perderemos autoridad y de que, en consecuencia, nuestros hijos ya no nos escucharán. Es por ello que muchas veces los padres acabamos por creer que lo que debemos hacer es demostrarles a nuestros hijos que tenemos más poder que ellos y que los que mandan aquí somos nosotros. Esto lleva a una cantidad de máximas que van, en mi opinión, de las ridículas a las nefastas:

“Si hay una discusión entre tu hijo y tú, tienes que ganársela…”

“Nunca dejes que tu hijo te falte al respeto…”

“Tienes que frustrar a tu hijo: busca siempre algo para decirle que No…”

“Si tu hijo te quiere, es que no has hecho un buen trabajo…”

Pareciera que abandonar el autoritarismo equivaliese a dejar a los niños y jóvenes librados a su suerte o a darles permiso para hacer “cualquier cosa”. Pero eso no es así en modo alguno porque, en todo caso, lo que estaremos dejando de lado será la autoridad basada en el poder, la fuerza o la coacción, e intentando generar otro tipo de autoridad. Una autoridad no impuesta, sino otorgada por los propios niños.

Más allá del totalitarismo

Hemos comprobado que el autoritarismo no es un método educativo válido. Pero podríamos ver algunas otras formas de educar:

1. Nuestro ejemplo


Los niños aprenden sobre todo de lo que ven. Por imitación. Por ello, debemos estar muy atentos a lo que hacemos y decimos porque, cuando no hay coherencia alguna entre nuestros dichos hacia los niños y nuestros actos, si les gritamos a viva voz que no griten, pronto dejarán de tomar en serio nuestras palabras.

2. Sin premios ni castigos


A menudo nuestro hijo, ante nuestros argumentos, dice: “No creo que comer brócoli sea indispensable para mi salud” o “No me importa si apruebo el examen”. Frente a esta situación parecería que la estrategia que queda es la de establecer premios y castigos: “Si no comes las verduras no hay postre” o “si apruebas el examen te regalaré un videojuego”.

Las consecuencias de esta estrategia son bastante nocivas: por un lado, porque es evidente para los niños que la administración de premios o castigos es caprichosa, con lo cual genera resentimiento; y, por otro lado, establece una escala de valores contraria a lo que pretendemos porque en definitiva estamos confirmando que el postre y el videojuego son lo “bueno”, mientras que reducimos la alimentación saludable y los estudios a unos males necesarios. En estas circunstancias, aunque consigamos que nuestros hijos hagan lo que les decimos, si lo hacen solo para alcanzar el premio o evitar el castigo, no logramos gran cosa respecto de la verdadera educación.

3. Escuchar su motivación


Solo si ellos comprenden verdaderamente las razones para preferir un camino a otro, solo si eligen auténticamente, entonces habrán ganado autonomía y habrán, en consecuencia, aprendido algo. Cuando pese a nuestras razones, ellos decidan no escucharnos habrá que respetar su elección y dejar que comprueben por sí mismos la justeza o no de lo que les decíamos. A menudo, descubrimos estupefactos que su visión, su manera de hacer las cosas era también válida. No por ser más pequeños, son menos sabios.

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