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Crianza

4 errores de la educación moderna que acaban sufriendo los niños

No nos damos cuenta, pero los adultos cometemos tremendos fallos que ponen en jaque la salud psicológica de los niños.

Cristina López Conesa

No hace falta confesar que la crianza de los hijos es una de las tareas más difíciles a las que se enfrentan sus cuidadores, ya sean sus padres, sus abuelos o sus profesores. Todos hemos sido niños y hemos creído que a partir de nuestras experiencias, hay ciertas cosas que nunca usaríamos para educar a nuestros hijos, y que sin embargo emplearíamos otros métodos que a nosotros nos faltaron.

¿Qué errores estamos cometiendo en la forma en que educamos a los niños?

Pero cuando llega el momento y los usamos nos damos cuenta que no funcionan o que, por el contrario, producen el efecto opuesto del que buscamos. Son algunos errores totalmente normalizados en nuestra sociedad pero que afectan negativamente al desarrollo de los niños. ¿Cuáles son exactamente?

1. Que no le falte de nada (materialismo)

Tras la época de la posguerra en que había una gran escasez de recursos, nuestra mentalidad creció con la necesidad de supervivencia y el deseo de retener todo lo máximo posible.

1.1. Demasiada comida

Las abuelas ponen grandes bandejas de comida a sus nietos, “para que se pongan grandes”. Aunque lo cierto es que siguen haciéndolo también con los adultos. De hecho, si está gordito, “está hermoso”. Un poco como en los cánones de belleza medievales, en que cuando no había para comer, aquel que acumulaba unos kilos era sinónimo de ostentación de vida. No obstante, en tiempos de exceso quizás la necesidad sea más bien desarrollar la capacidad de autocontrol, entre otras.

1.2. Demasiados juguetes

Lo mismo ocurre con otros aspectos. Atiborramos a los niños de hoy en día a objetos materiales, a ropa, a actividades extraescolares… Porque queremos que no padezcan ninguna necesidad, y que tengan todas las oportunidades posibles. Y si teniendo lo necesario están bien, teniendo más que eso estarán aún mejor –o eso pensamos.

Lo que nos encontramos es que el niño deja de valorar todo aquello que tiene. Su cantidad de juguetes hace que no sienta apego por ninguno de ellos, y la cualidad de sus juguetes, en su mayoría demasiado estructurados, deja poco lugar a la imaginación y al juego simbólico, aspectos esenciales para el desarrollo.

1.3. Demasiadas actividades

Queremos que sean unos grandes adultos y competentes, y los apuntamos a aprender de todo. Sin embargo, dejan de valorar todas aquellas oportunidades que les brindamos. Pasan de una actividad a otra sin mostrar ningún interés, y su poco tiempo para simplemente “no hacer nada” provoca una pérdida de creatividad y de tiempo para la reflexión.

No nos damos cuenta de que estamos proyectando en ellos nuestras necesidades, y que los estamos haciendo personas ansiosas e impacientes que se han olvidado del valor de las cosas.

2. Sobreprotección

Como en el punto anterior se entrevé, tenemos esa tendencia a hacer girar nuestra vida entorno a nuestros hijos, a darles de todo, a querer hacer de ellos lo mejor, tomamos todas las decisiones por ellos, los defendemos territorialmente ante otros si recibimos alguna queja o crítica… Y como son menores, asumimos nosotros la culpa y nos disculpamos ante ellos en lugar de hacer que sean ellos mismos quienes se disculpen.

2.1. La educación también fuera de casa

Todo ello hace que se conviertan en sujetos dependientes, mimados, tiránicos, que incluso puedan perder el respeto por los propios padres, ya que entre el mundo y ellos siempre estarán sus padres como amortiguador. Por otro lado, puede que se conviertan en personas muy inseguras, que no sepan tomar decisiones por sí mismos y afrontar las consecuencias de sus actos, causándoles grandes problemas emocionales.

Por esa razón, los padres siempre deben estar como un apoyo para poder guiar y dirigir la conducta de sus hijos, pero no podemos impedir que nada recaiga sobre los hijos, ya que a partir de las consecuencias de los actos es que uno aprende a moldear su comportamiento, y en muchas ocasiones cuando procede de alguien externo al círculo familiar tiene más repercusión.

3. Ya va siendo mayorcito

Actualmente vivimos a una gran velocidad, en gran parte causado por la aparición de las grandes tecnologías, en que todo se produce al instante, y hemos perdido el sentido de la espera y de ver los frutos crecer.

Los niños, en ese sentido, son como frutos, y aunque en muchos sentidos sintamos que crecen más rápidamente que antes porque son capaces de adaptarse fácilmente a esta forma de vivir, nos impresionan manejando aparatos que a nosotros nos cuesta, y quieren vestir “de mayores” al estar expuestos a una gran cantidad de información donde se muestra a chicos de su edad vistiendo de esa manera, no dejan de ser niños.

3.1. Niños vestidos de mayores

Suelen dar la impresión de ser más mayores de lo que nosotros esperaríamos y tendemos a dejarlos a su aire haciéndolos responsables de sus propios actos.

Sin embargo, aunque sí que debemos ir delegándoles ciertas responsabilidades paulatinamente, no podemos olvidar que siguen siendo niños y que en muchos aspectos siguen necesitando de nuestra atención y cariño.

4. Comparar con Fulanito

En nuestros sistemas educativos, existe un enfoque uniformador. Es decir, los planes de estudio se estipulan para todo el mundo y en las evaluaciones se establecen unos parámetros a través de los cuales pasa todo el mundo, simplemente estableciendo un punto de corte para decir quién ha aprobado y quién no, y con qué nota.

Es posible que ese enfoque se base en una optimización de los recursos, hay demasiados niños para demasiados pocos profesores, así como demasiados conocimientos y demasiado poco tiempo.

Por descontado, no hace falta aclarar que ésa no es una forma de aprendizaje natural, y que como reacción están proliferando muchas escuelas conocidas como de educación libre o educación viva, en que se acompaña al niño en su propio aprendizaje personal a partir de su curiosidad y su interés, con resultados tan buenos o incluso mejores que en las escuelas convencionales.

4.1. Valorar a cada persona según sus propias cualidades, no las de otros

No obstante, el problema es que ese enfoque ya no sólo se da en las escuelas, sino que muchos padres lo han incorporado en su manera de concebir a su hijo y de criarlo, ¿cómo? Comparándolo con otros niños de su edad y entorno, y remarcándoselo.

Esto, sin embargo, constituye una gran traba en su desarrollo personal y en su educación emocional, pudiendo tener consecuencias en su autoestima que pueden ampliarse hasta su edad adulta. Porque de hecho, muchos adultos seguimos comparándonos, cuando contradictoriamente recitamos frases como “todos somos únicos e incomparables, no puedes ser como nadie y nadie puede ser como tú”.

4.2. Menos competitividad, más cooperación

Quizás debiéramos aplicarnos esa última frase a todas las edades, y en todo caso hacer comparaciones entre los diferentes puntos vitales de una misma persona. Es decir, no ha de ser ni mejor ni peor que nadie, simplemente mejor que ayer, y peor que mañana.

Esto dejará de provocar muchos resquicios, comportamientos egoístas, proveerá de una visión más abierta a la diversidad, y les hará personas más seguras de sí mismas.