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Feminidad feliz

Las etapas vitales de la mujer

Desde la pubertad a la menopausia, la mujer pasa por distintas etapas vitales ligadas a los cambios en su cuerpo y a la percepción que tiene de ellos. Para vivirlas siendo la protagonista de la propia salud, la clave es el autoconocimiento.

Corina Hourcade Bellocq

Según una perspectiva tradicional, cuando se hacía referencia a la salud de las mujeres generalmente se aludía a su salud reproductiva. Por lo tanto, su salud mental estaba íntimamente ligada a los avatares de su fertilidad; o sea, de aquello que se entendía y se entiende todavía como “su naturaleza femenina”.

Afortunadamente, a medida que se han ampliado los conocimientos y se ha avanzado en las prácticas, esta perspectiva tradicional ha ido cambiando, y muchos hemos incorporado una concepción más moderna, basada en una mirada integral y holística de la salud femenina, una mirada que pone el énfasis en los estados de armonía y de equilibrio, y que intenta dejar de lado una visión fragmentada de la salud y el cuerpo femenino. Posteriormente, se agregó una nueva perspectiva social que implica dejar de pensar en una mujer pasiva, dependiente, a la que todos dicen cómo debe sentirse, qué le hace bien, qué es “normal y adecuado”, y empezar a verla como la protagonista de sus propios procesos, una mujer que elige y decide ser una parte activa en su salud.

Desde esta perspectiva global, propongo un recorrido de la relación de las mujeres con la menstruación en tres etapas vitales diferentes: la primera menstruación, la etapa adulta reproductiva y la menopausia.

El cuerpo de la mujer se transforma en cada etapa

La primera menstruación (menarquía) es un momento muy importante en el proceso vital de una chica. Marca el inicio de una nueva etapa, ya que se dan una serie de cambios físicos, psicológicos y emocionales en la percepción de su propio cuerpo y en la relación consigo misma y con los otros.

Menarquía y pubertad

¿Cómo se sienten las niñas? Evidentemente, están muy influenciadas por la cultura, la religión y los tabúes. En consecuencia, reaccionan de acuerdo a lo que “se espera” de ellas. La transmisión de las vivencias, creencias y actitudes de otras mujeres marca una pauta, unas expectativas. En la actualidad, y en nuestro contexto, la relación que la niña tiene con su madre y con otras figuras femeninas de la familia y de su entorno es lo que influye a la hora de vivir esta experiencia.

La primera menstruación aparece en la pubertad y esta es una etapa vital que se caracteriza por múltiples cambios. Estas transformaciones son un hecho objetivo, la diferencia radica en cómo se perciben y se viven… Si en su entorno más cercano la menstruación es un tema tabú (de “eso” en casa no se habla), ella lo esconderá y lo vivirá con vergüenza; si, por el contrario, se vive con naturalidad (“es lo esperable a esta edad”, “es una señal de salud”...), lo vivirá de la misma manera.

¿Qué ocurre cuando desde el exterior (familia, profesionales, medios de comunicación...) se intenta modificar o controlar este proceso natural con frases como “que no te duela” o “que no se note”? Evidentemente, estas actitudes condicionan a la niña, que vivirá su menstruación de una manera negativa, como una enfermedad o algo de lo que hay que avergonzarse y que, inevitablemente, viene cada mes. Otro ejemplo más reciente que tenemos de “control” de un proceso natural es cuando se intenta interrumpir la menstruación como un método anticonceptivo.

Las emociones y la cultura, marcando los 'deberes' de las etapas vitales

A la consulta psicológica llegan muchas mujeres con procesos depresivos o crisis de ansiedad por no haber logrado un embarazo, a pesar de los múltiples intentos, las visitas a especialistas y los distintos tratamientos.

La maternidad como obligación

¿Qué les supone esta búsqueda a nivel emocional? A lo largo de la historia humana y en diferentes culturas, la identidad femenina se ha centrado casi exclusivamente en su rol materno. Esto transforma el deseo de ser madre en una necesidad, por lo que, en muchas ocasiones, cumplir con lo que se espera de ella como mujer, sumado a sus propias expectativas, puede convertirse en una obsesión. Progresivamente, esa búsqueda se va transformando en un proceso muy doloroso, vivido con mucha culpa y con un sentimiento de ineficacia muy fuerte.

Estas mujeres se sienten generalmente frustradas, desesperadas y desesperanzadas. Se atribuyen toda la responsabilidad de aquello que “no está ocurriendo”. Algún diagnóstico puede ser incluso demoledor, sobre todo cuando el especialista le dice: “No existe ninguna causa orgánica. Es psicológico, tiene que estar tranquila”. ¿Cómo puede estar tranquila? Cada mes, cuando se acerca la fecha señalada, ella (su pareja y su entorno ) lo vive con una carga emocional muy fuerte y con muchísima presión, hasta el punto de que su vida cotidiana se ve absolutamente distorsionada. Una paciente me comentaba: “Pasar cada mes por lo mismo... Cuando me viene la regla, me angustio y me desespero. Mi sexualidad está programada. Ya no me apetece”.

Esta cara de la menstruación y sus implicaciones es un motivo de consulta psicológica cada vez más frecuente. La terapia es un proceso de acompañamiento y sostén para que ellas puedan decidir sobre sus cuerpos, los tiempos y los límites de cada una. Asimismo, se busca que todo este proceso tenga el menor costo personal posible tanto para ella como para su pareja y su proyecto de vida.

Menopausia, una oportunidad en la etapa adulta

Cuando llega la menopausia, las industrias farmacéutica, cosmética y dietética se esfuerzan en convencernos de que se nos viene encima lo peor. Los ideales de belleza y juventud, que presionan a las mujeres a lo largo de su vida, se multiplican: “Cuidado con las arrugas”, “Los kilos de más”, “Las pérdidas de orina…”.

En los modelos científicos reduccionistas, la menopausia se percibe como una enfermedad causada por la deficiencia de estrógenos o como una desviación de un buen funcionamiento interno que requiere una intervención, por lo que durante mucho tiempo se ha recurrido a los tratamientos hormonales sustitutivos (THS). Felizmente, hoy se han incorporado alternativas que tratan los síntomas sin efectos nocivos para la salud.

Para muchas culturas, esta interrupción de la capacidad de dar a luz significa el pasaje a un lugar de sabiduría, un cambio de estatus dentro de la comunidad. Sin embargo, cuando la identidad de la mujer se basa en ser “para otros” y “cuidadora emocional”, supone una crisis muy fuerte. Con los hijos más autónomos o independizados, a los cambios hormonales y físicos se le agregan sentimientos de tristeza, desgana y falta de ilusión.

El abordaje terapéutico se centra en las oportunidades y no en las pérdidas. Esta crisis vital no es una enfermedad ni un trastorno, así que la propuesta es rediseñar un proyecto de vida para una misma. Muchas de las emociones y sensaciones son esperables y hay que legitimarlas. Es más, las emociones tienen una correspondencia en lo corporal; por lo tanto, según cómo lleve esta etapa de su vida, tendrá una oportunidad para volver a su centro. Este aprendizaje puede hacerse a través de una terapia individual o en grupo, ya que compartir las vivencias fortalece y enriquece.

Comprendernos mejor

El conocimiento y la experiencia que las mujeres tenemos de nuestro cuerpo y sus procesos, entre ellos la menstruación, constituyen una realidad compleja. La información es poder y, por lo tanto, el autoconocimiento significa poder para tomar nuestras propias decisiones y transformarnos en expertas en nosotras mismas.

El lenguaje del cuerpo es revelador, es una fuente riquísima de sabiduría acerca de nosotras y de lo que nos ocurre. En este sentido, los síntomas son mensajeros y el desafío consiste en descifrar el mensaje que nos traen a cada una de nosotras en cada etapa. Los diferentes profesionales de la salud que trabajamos con las mujeres y sus procesos vitales deberíamos aunar nuestros esfuerzos y acciones para que esto fuera posible.

Etiquetas:  Felicidad Mujer Feminismo

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