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Vivir felices

Familias reconstituidas, una nueva e incipiente realidad

Mis hijos, tus hijos y nuestros hijos. Ensamblar procedencias y relaciones diversas no es fácil, y requiere mucha generosidad y atención por parte de los adultos que constituyen la nueva familia. Lo más importante, aceptar que nuestra pareja estará siempre disponible para los más pequeños

Laura Gutman

La familia de “mamá, papá, un niño y una niña” está en vías de extinción. La libertad y la autonomía que estamos adquiriendo las mujeres ha dado lugar en el mundo occidental al crecimiento de los divorcios. Dichos divorcios nos permiten nuevos emparejamientos.

En consecuencia, nacen niños engendrados en vínculos nuevos que convivirán con niños nacidos de vínculos pasados.

La convivencia conyugal, con hijos de relaciones pasadas

Cuando nos enamoramos de un hombre o una mujer que tiene hijos y pretendemos iniciar una convivencia, habitualmente la encaramos sin tener en cuenta que todo vínculo con ese individuo incluye necesariamente a sus hijos.

Si nosotros no hemos tenido hijos anteriormente, es probable que aparezca la incómoda sensación de que los niños coartan nuestra libertad y autonomía. Una de las actitudes más comunes es tratar de retener a nuestra pareja, al tiempo que expulsamos del territorio emocional a los niños molestos.

Abandonemos la fantasía de que los hijos de nuestra pareja no existen, porque tarde o temprano esa ilusión herirá de muerte nuestra relación de amor. Los niños existen, son el fruto de otro amor.

Otro de los factores que no tenemos en cuenta en el momento de “ensamblarnos” es que compartiremos la vida con los ex cónyuges –con los propios y los de nuestra pareja–, pues estarán presentes en cada enfado, cada enfermedad y cada toma de decisiones.

La clave está en la generosidad

Estar dispuestos a ensamblar familias supone una generosidad y una apertura excepcionales. Porque no se trata solo del amor pasional entre un hombre y una mujer.

La familia reconstituida nos obliga a tolerar las diferencias y a ofrecer nuestras virtudes, porque una familia reagrupada es siempre un desafío mayor. Somos los adultos quienes tenemos la obligación de cultivar el amor hacia los niños que no son propios, si pretendemos que estos niños aprendan a convivir, sean respetuosos y solidarios.

Aunque no todo sea armonioso ni perfecto, sabremos que cada uno tiene un sitio donde pedir, hablar, llorar o compartir lo que le pasa.

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