Aprender a cuidar

Amor de padres a hijos (y viceversa)

Cuando los padres se hacen mayores muchas veces nuestra relación se tiñe de rencor, culpa o agotamiento. Todos somos adultos y toca reformular las reglas: ahora los cuidados y los consejos van y vienen por amor, no por obligación.

Demian Bucay

como querer a nuestros padres

Ser padres implica tres aspectos distintos: la decisión de serlo, el amor incondicional a los hijos y la tarea de cuidarlos. De esas tres cosas las dos primeras duran toda la vida. El rol no cambia: mis hijos serán siempre mis hijos y yo, su padre (por más que en algún momento yo no tenga ya que enseñarles, por más que sean ellos los que me lleven del brazo). Tampoco el amor incondicional de los padres hacia los hijos (y no viceversa) se acabará nunca.

La tarea de padres, sin embargo, la que consiste en cuidar, proveer y educar, tiene, en efecto, un fin. De modo sencillo, podríamos decir que esta tarea termina cuando los hijos se convierten en adultos.

7 consejos para relacionarnos con nuestros padres cuando somos adultos

¿Y cuándo se considera que el hijo es adulto? Esta es, lógicamente, la pregunta que sigue. Pues bien, esencialmente: cuando no depende ya de otros.

Esta independencia, por supuesto, no es solo económica. Incluye también poder tomar las propias decisiones, no necesitar aprobación constante y saber cuidar de sí mismos. Una vez que los hijos consiguen asumir y llevar adelante todas estas funciones que antes cumplían sus padres, la tarea de estos ha terminado. En este momento, pueden y deben hacerse a un lado.

1. Dar no es una obligación, es una elección

Que su tarea haya terminado no significa que los padres no puedan aconsejar o ayudar a sus hijos de la manera que ambos lo deseen… Lo que quiere decir es que no es obligación de los padres hacerlo (sí lo era cuando eran pequeños) y que los hijos ya no lo necesitan.

Pueden recibir una ayuda y también, claro, un reconocimiento, y todo ello puede ser gratificante y bienvenido, pero (y esta es la clave) podrían también no recibirlo y su bienestar no debería depender de ello. Esto genera una situación muy interesante en la que los padres dan todo lo que dan por pura elección.

2. Opinar sí, pero desde el amor

Los hijos adultos suelen ofuscarse ante la insistencia de sus padres en opinar sobre sus vidas. El caso más emblemático es el de la abuela que le señala a su hija, madre primeriza, cómo debe ocuparse del recién nacido.

Habitualmente las hijas reclaman a las abuelas que no se metan, mientras que las abuelas protestan porque su hija se niega a escucharlas…

Me parece que en este modelo se pierde una sabiduría que puede ser valiosa. Lo que los padres mayores tienen para aportar pueda ser escuchado por los hijos si ambos tienen claro que no es una imposición. Que cuando opinan no se sostienen en la autoridad sino en el amor.

3. Cerrar viejas heridas

Cuando los padres se vuelven mayores y los hijos son ya adultos, suele ser un buen momento para abordar asuntos, de los hijos hacia los padres, que quedaron pendientes. Viejos rencores, preguntas que no hallaron respuesta, heridas que no han acabado se sanar...

La madurez de los hijos suele traer nuevas perspectivas permite plantear estos asuntos de otro modo. Y por parte de los padres, quizá también puedan, hoy estar dispuestos a reconocer errores o comprender el dolor que causaron, a pesar de que su intención fuera buena.

4. Sin culpas ni reproches

La etapa final, este momento de madurez de padres e hijos, muchas veces ya coincide con el proceso de decaimiento de los padres. El deterioro físico o mental (o, en ocasiones, ambos) se vuelve arduo de soportar. La demanda de atención, tiempo, cuidados y dinero es enorme y creciente. Muchas veces esto acaba por generar una sobrecarga en los hijos, que la sufren doblemente, porque además de sobrellevar esta situación difícil, se añade el peso de la culpa y los autorreproches. ¿Existe algún modo de que los padres en su ocaso y los hijos que se ocupan de ellos sufran lo menos posible? Sí, hay que encontrar la fórmula, el equilibrio.

5. No inviertas los roles

Alrededor del cuidado de los padres, existe una idea altamente nociva que podríamos llamar el mito de la inversión de roles: “Ahora nuestros padres se han transformado en nuestros hijos y debemos cuidar de ellos como ellos cuidaron de nosotros”. Esto es una falacia y un error. Que los padres mayores necesiten cuidados no los equipara a ser niños y, si los tratamos de esa manera, y andamos por allí regañándolos como a pequeños rebeldes, seguro que no nos irá bien. La atención que los padres mayores requieren debe ser modelada para la ocasión, no copiada burdamente de la que nos prodigaron de pequeños.

6. Cuidar sin estar en deuda

La idea de que “así como ellos se ocuparon de nosotros ahora nos toca ocuparnos de ellos” puede ser muy noble, pero tiene el problema de que se establece como un intercambio. “Tú me diste aquello, entonces yo ahora te debo esto”. Eso conduce, inevitablemente, a pensar que cuidarlos en la vejez es una obligación que debemos cumplir. Y, en general, las obligaciones no se llevan con muy buena voluntad. Sería deseable que les cuidásemos movidos por el amor, no por la culpa. Debemos desembarazarnos de la idea de que tenemos una deuda que saldar.

7. Revisa tus límites y pide ayuda

Considerarse en deuda es lo que provoca, en ocasiones, que los hijos vayan más allá de sus propios límites para cuidar a sus padres. Es triste decirlo, pero esto lleva al agotamiento y también a la acumulación de rencor. ¿Dónde está entonces este límite? Pues en el punto en el que el cuidador siente que su propia vida está quedando relegada. Cuando se alcanzan estos límites, es importante considerar la necesidad de ayuda externa, a menudo profesional, para poder mantener intacto nuestro amor y seguir acompañando y brindando lo único que se puede brindar frente a lo inevitable: consuelo.