Carta a mi hija

Todo lo que no sé darte, todo lo que me perdí

Quiero, y lo sé desde ahora, dedicarte mi mejor parte. Que me recuerdes a veces, que no me llores jamás, que seas como eres ahora cuando la vida te alcance.

Gabriel Núñez Hervás

carta gabriela

Querida hija:

Desde que naciste, cada día me enseñas algo nuevo. Cada vez me pareces más infinita. No puedo alcanzar ese lugar al que miras cuando bailas, pero puedo escuchar el corazón y las ganas que te hacen girar.

No sé el límite de tus risas pero no quiero dejar de verlas ni de oírlas. No entiendo las lenguas que brillan en tus ojos, y no quiero dibujar futuros que te comprometan, pero es imposible no entusiasmarse cuando corres, y corres, y corres,
y sigues corriendo como si nada tuviese fin.

Es inevitable sufrir cada una de tus heridas, y es insoportable pensar que tú también sentirás dolor. No me perdono huir cuando me reclamas y tampoco me disculpo no agradecerte como mereces cada uno de tus consejos. Te muestro recompensas ínfimas que aceptas con elegante condescendencia.

Tienes tanta clase, pequeña, hermosa, dulce persona.

Tienes tanto amor que no sé cómo guardar todos tus regalos y tus besos más sinceros.

No sabes cómo estremece y reconforta ver te avanzar con los brazos abiertos hacia mí.

No puedo justi car que todo lo que hago no te tenga presente, no quiero condicionarte ni sé educarte. No me atrevo a señalar ningún rumbo para tus libres pasos. Me siento mal si te riño y me hace daño decirte que te has portado mal. Celebro y discuto cada una de tus decisiones.

Me siento grande si te oigo respirar. Me gusta oler tu aliento y tu piel. Es muy nuevo sentir tanto amor sin riesgo de enamorarse. O enamorarse así, vigilando tu tos y tu pulso. Lamentando cada ocasión en la que no te velo. Soñando contigo y dándote otros nombres, otras vidas, otros mundos, otros cielos.

Creo que, en realidad, comencé a escribirte antes de que nacieras, y luego fui abandonando aquellas frases. Supongo que lo hice por hastío, o por respeto. Quise protegerte y pensé que la mejor manera era alejar mis versos de ti, no incomodarte con metáforas cursis, ni con poemas sensibles, ni con palabras derretidas (y mucho menos, derrotadas).

No sé por qué lo hago entonces ahora, pero tampoco puedo explicarme porqué no lo he hecho cada día.

No hay razón más viva que tú para darme amnistías y llaves.

No hay nada comparable a esta desazón misteriosa y punzante.

Y no hay caricia como la de tu miedo.

Ni miedo como el de tu valor.

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suscribete Octubre 2017