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Enamoramiento

Neurociencia del amor: ¿cómo se enamora nuestro cerebro?

Descubre la cascada química que genera el enamoramiento en nuestro cuerpo y en nuestra mente.

Bertrand Regader

El amor es un huracán de sentimientos tan caótico y difícil de describir a través de definiciones convencionales que la mayoría de las personas lo conoce más por experimentarlo directamente que por otra cosa. Sin embargo, la universidad de la vida no es el único lugar en el que es posible conocer aspectos relevantes sobre los mecanismos que hay detrás de el amor.

De hecho, en el ámbito de las neurociencias cada vez se sabe más acerca de la lógica que guía nuestra afectividad. Las investigaciones que se realizan desde este campo de la ciencia no nos hablan sobre el amor como lo hace la poesía o el cine: reduce este conjunto de sentimientos a sus elementos más básicos que pueden ser encontrados en nuestro cerebro (y en nuestro sistema nervioso en general). El objetivo aquí es tratar de extraer conclusiones sobre este que se puedan aplicar a prácticamente cualquier persona, independientemente de cuál haya sido su historia.

El resultado de esta manera de investigar sobre el amor nos permite descubrir cosas fascinantes acerca de nuestro lado más romántico.

El amor entendido como una droga

Uno de los descubrimientos más chocantes de los muchos que se han realizado sobre la neurociencia del amor es que, en nuestro cerebro, el enamoramiento tiene un efecto muy similar al de una droga.

Si alguna vez has pensado que el amor hace que nos volvamos adictos a alguien en concreto es porque has experimentado un fenómeno que los neurocientíficos han comprobado en ambientes de laboratorio. Cuando nos quedamos prendados de alguien, nuestro cerebro aprende a segregar por sí mismo una gran cantidad de sustancias que producen un estado de éxtasis agudo, que llega de repente.

Estas sustancias son la oxitocina, la serotonina y la dopamina, elementos que nuestro cerebro utiliza constantemente en mayor y menor medida para hacer que nuestras neuronas se comuniquen entre sí. Cuando notamos la presencia de la persona a la que queremos, estas partículas microscópicas inundan amplias zonas de nuestro cerebro, alterando por completo el equilibrio químico de nuestra mente.

Oxitocina

La oxitocina, por ejemplo, aparece en gran cantidad en momentos de intimidad en los que se establecen relaciones amistosas o de protección. De hecho, algo tan simple como mirarse a los ojos durante unos cuantos segundos hace que los niveles de esta sustancia crezcan mucho. Esto ocurre incluso cuando miramos a los ojos a un perro doméstico (¡y también pasa en los niveles de oxitocina del perro!).

Dopamina

Pero la dopamina es la que está más involucrada en esa sensación de euforia que nos inunda cuando nos relacionamos a alguien de quien nos estamos enamorando. Su liberación en grandes cantidades nos llena de bienestar y hace que en el futuro intentemos repetir la experiencia.

¿Y qué partes del cerebro se ven más afectados por estos cambios repentinos? Curiosamente, son exactamente los mismos que están implicados de un modo más directo en el efecto que las drogas como la heroína tienen en un cerebro humano. Este conjunto de regiones cerebrales se llama sistema de recompensas.

El sistema de recompensas

Ubicado en el seno del sistema límbico, que es la parte de nuestro cerebro responsable de generar emociones, el sistema de recompensa es, básicamente, lo que hace que orientemos nuestras acciones hacia ciertas metas y no hacia otras. Aquello deseable es lo que hace que el sistema de recompensa nos regale sensaciones de placer, mientras que otras situaciones neutras no nos producirán ningún estado de bienestar e especial y otras producirán dolor.

En el consumo de drogas, el sistema de recompensas queda "pirateado" por sustancias que se supone que no deberían estar ahí, y esto hace que confundamos el uso de estas sustancias con necesidades básicas a causa de la sensación placentera que generan a corto plazo.

Por supuesto, en el caso del enamoramiento no hay ninguna sustancia proveniente del exterior que se entrometa en el funcionamiento del sistema nervioso, y por consiguiente el efecto del enamoramiento no perjudica la salud. Sin embargo, uno de los elementos negativos de las drogas también está presente en este fenómeno tan natural. Se trata de la abstinencia que sufrimos cuando notamos que algo nos separa de la persona amada.

El síndrome de la abstinencia amorosa

Un cerebro que ha sido expuesto al amor termina acostumbrándose a tratar la experiencia de los momentos que se comparten con la persona querida como si fuesen verdaderos hitos vitales. La reacción en cadena que producen las sustancias químicas que aparecen en gran cantidad cuando estamos cerca de esa persona no solo producen un placer; también generan una sensación de recompensa.

Es por eso que no solo disfrutamos de los momentos compartidos con ese alguien especial; también nos acostumbramos a anticipar estos momentos. Cuando fantaseamos con estas situaciones no estamos haciendo más que ensayar mentalmente lo que se siente al recibir la recompensa de la compañía del ser amado.

Sin embargo, esta nueva manera de encontrar bienestar en actos sencillos y cotidianos tiene una cara menos amable. Si el conjunto de partes de nuestro cerebro que se activan con el consumo de drogas y con la presencia de la persona amada se llama "sistema de recompensas" es justamente porque de ellas depende establecer qué consideramos que es una meta y qué carece de interés a nuestros ojos.

Y, al igual que las drogas más adictivas pueden hacer que todas nuestras metas vitales se reduzcan al consumo de drogas para poder experimentar bienestar otra vez (aunque sea fugazmente), el enamoramiento también crea un tipo de dependencia parecido. En poco tiempo podemos ver cómo todo aquello a lo que le damos valor está relacionado con una vida en la que la persona amada está a nuestro lado.

Es por eso que, si después de habernos enamorado de alguien, esta persona desaparece o deja de estar tan disponible como habíamos anticipado, permanecemos un tiempo no solo tristes, sino incapaces de experimentar momentos de bienestar significativo. La brújula de nuestro sistema de recompensas sigue apuntando hacia esa persona, a pesar de que por circunstancias externas al funcionamiento de nuestras neuronas no podemos dar a nuestro cerebro lo que quiere.

La habituación del amante

De todos es sabido que el amor no se experimenta igual durante los primeros meses que durante el resto del recorrido de la relación. Al principio los momentos juntos producen "inyecciones" de bienestar más intensas y repentinas, mientras que pasados unos años la situación se normaliza.

Esto también tiene que ver con la neurociencia del amor: es un síntoma de que nuestro cerebro se ha acostumbrado a la presencia de la otra persona y ha logrado construir un nuevo equilibrio químico que ofrece estabilidad a nuestro sistema nervioso cuando estamos cerca de esa persona. De algún modo, nuestro cuerpo ha empezado a dar por sentado que esta situación seguirá formando parte de nuestra vida y se adapta a ello para que nuestra vida emocional no vaya dando volantazos constantemente, algo que resultaría agotador y nos alejaría de otros objetivos.

Así pues, el paso del tiempo hace que las metas a las que podamos aspirar se amplíen y vayan más allá de pasar tiempo con la pareja. En este punto, el amor se diferencia de las drogas convencionales, que tienden a monopolizar cada vez más nuestra atención dejándonos cada vez menos espacio para ser personas autónomas.

Pero... ¿significa esto que la adicción al amor ya ha terminado? En absoluto: si el amor perdura, los efectos de un alejamiento de la persona amada volverían a traer el caos y la inestabilidad al funcionamiento bioquímico de nuestro cerebro. En eso consiste, fundamentalmente, el duelo que se experimenta al perder una forma de contacto considerada normal con una persona querida.

Viendo más allá de la química del amor

Por supuesto, el amor no tiene por qué ser entendido solo como una serie de reacciones química que se producen en nuestra cabeza. El enamoramiento puede ser guionizado, retratado en imágenes o narrado de viva voz por quien lo experimenta, y el hecho de que se necesite un cerebro (y su consiguiente sistema de recompensas) para experimentarlo no significa que todas estas sensaciones no sean más que una reacción en cadena de moléculas que interactúan con neuronas.

La neurociencia del amor nos aporta una interpretación más acerca de lo que vivimos cuando nos enamoramos y, como siempre, la definición definitiva de lo que es el amor solo puede ser imaginada por cada uno de nosotros: los amantes que lo experimentan.

Referencias bibliográficas:

  • Izard, C. E. (1991). The psychology of emotions. New York: Plenum Press.
  • Pichón, R.E. (1982). Teoría del vínculo. Buenos Aires: Nueva Visión.
  • Siegel, G.J. y otros (2006). Basic Neurochemistry (Seventh Edition). Academic Press.
  • Squire, L. y otros (2003). Fundamental Neuroscience (Second Edition). Academic Press.

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