Testimonio

Pánico: cuando el miedo nos colapsa

La ansiedad se siente en lo más profundo de nuestro ser y no podemos atender a lógicas ni razones. ¿Por qué ocurre y cómo podemos prevenirlo?

Gema Lendoiro

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Me muero de pensar que me ahogaré en medio del mar. Lo vivo así y no lo puedo evitar. El miedo colapsa mis emociones y el cerebro no atiende a razones. Se activan todas las alarmas y siento que solo huyendo recuperaré el control.

Una historia de pánico

Hace un par de meses mi marido me comentó si me apetecía pasar cuatro días en el barco de un amigo. Un velero. Una propuesta que sonaba muy bien, una experiencia en pleno contacto con la naturaleza para compartir con las niñas, de 3 y 5 años. Dormiríamos en el propio velero, de 14 metros de eslora y con 3 camarotes. El plan era descansar y disfrutar del mar.

Yo crecí en una ciudad con playa y de jovencita, en la universidad, llegué a ir a clases de vela. Así que el mar no es para mí ajeno. Sin embargo, no sabía yo que esos días iban a desatar en mi mente momentos tan angustiosos.

En ocasiones, cuando me voy a dormir, especialmente en días de mayor estrés, me viene a la mente una imagen recurrente que hace que me tenga que levantar de la cama para ir al sofá y tratar de tranquilizarme. No es un sueño, es una evocación involuntaria de mi cerebro:

Estamos en un barco en alta mar, en una especie de transatlántico, y me caigo, en medio de la noche, al agua sin que nadie se percate. A veces en esos pensamientos están también mis hijas. Nunca llego a imaginar la muerte, pero sí esos momentos de pánico y angustia que hacen que no me pueda dormir. Y no sé por qué me pasa...

Antecedentes (causas) del miedo

Este relato sería incompleto si no os dijese que, como todo en esta vida, el pasado cuenta.

Cuando yo tenía 13 años, mi hermano de 11 falleció en una piscina. Después de su muerte, sí que puedo recordar ciertas reservas con respecto a las piscinas (y no al mar), pero nunca pánico. No un pánico que paraliza, un pánico que te hace parecer irracional a los ojos de los que no lo han padecido jamás.

Este pánico, que siento como un peligro totalmente real, creo que existe en mí desde hace pocos años: tres, cuatro... quizá cinco. Quizá desde que soy madre. No lo sé. Solo sé que cada día es más fuerte.

Hay otro dato que es interesante tener en cuenta. Hace ya un tiempo mi madre me contó con pelos y señales mi nacimiento y fue, como tantos otros, una historia de violencia obstétrica. No me pararé en los detalles, pero sí en el resultado.

Nací mientras mi madre estaba dormida con anestesia general y sin cesárea, lo que significa que todo lo hicieron los médicos y el resultado fue: el coxis de mi madre roto, 18 puntos de episiotomía y yo llegando al mundo cianótica y con problemas de ahogamiento por el sufrimiento fetal.

Pudiera parecer un dato poco revelador, pero lo cierto es que lo es. Todo lo que nos sucede durante el nacimiento queda grabado en nuestro cerebro y, aunque nuestra memoria consciente no lo recuerda, la otra, la que está en la parte más límbica del cerebro, sí.

El miedo a la muerte

Hasta hace poco no pensé que mi nacimiento tenía que ver con mi pánico a morir ahogada. Es bastante probable que incluso tenga más relación que la muerte de mi hermano, ya que es un recuerdo real y, en cambio, la muerte de mi hermano, afortunadamente, no la vi.

Pero volvamos al viaje. La primera noche dormimos en el puerto, lo que significaba que la seguridad era máxima. Nada podía pasar salvo un tsunami, algo que, ya lo sabemos, es prácticamente imposible.

Cuando digo que nada puede pasar, me refiero a mis temores irracionales: era imposible que el barco se hundiera. Además, debajo del agua tan solo había 3 metros. Sin embargo, ese pensamiento me tuvo insomne hasta las cinco de la madrugada. Cada vez que el sueño me vencía, caía, para despertarme a continuación presa del miedo, del terror.

Ya sabemos que para que un mamífero duerma, necesita tener la certeza de que nada le va a suceder (de ahí el porqué de que los niños lloran si no están acompañados de adultos). Esto es un principio básico de biología humana.

El barco era seguro, pero mi cerebro no lo entendía. Mi cuerpo estaba inundado de cortisol, la hormona del estrés. Era incapaz de relajarme por mucho que mentalmente yo me repetía: “ tranquila, tranquila, no va a pasar nada”. Tarea inútil.

Estaba totalmente en alerta, puro instinto de supervivencia. Sobre las cinco y pico de la mañana empezó a clarear, lo que alivió mi estado de estrés y caí rendida. Aunque cualquier sonido, por leve que fuera, me despertaba y en un pantalán, la calma total es prácticamente imposible.

Al día siguiente le conté a mi marido la mala experiencia e intentó tranquilizarme mientras desayunábamos en cubierta. Después zarpamos a navegar. Curiosamente en la travesía no tuve pánico, ni tan siquiera miedo. El mar estaba en calma, el barco apenas se escoraba, hacía un sol radiante, las niñas estaban perfectamente protegidas con chaleco salvavidas, sonaba la música y navegábamos a vela, que es lo que realmente a mí me fascina. Pasamos una jornada estupenda.

Llegamos a una isla para pasar la noche, pero fondeamos en el mar, no en el puerto. Y ahí volvieron de nuevo los demonios. Santa Teresa llamaba a la mente “la loca de la casa”. Por más que mi marido y su amigo, experto en navegación, me intentaron convencer, no lo podía soportar, me superaba y me negué a dormir en el barco. Reservé una habitación de hotel en tierra. Pero todavía faltaba lo peor: bajar a la playa de noche en una minizódiac.

Ahí fue cuando ya el pánico se desató en mí. Evidentemente, me llevé a las niñas conmigo y entonces me vinieron a la mente las imágenes de las mujeres con bebés cruzando el Mediterráneo en pateras, ahogándose. Fueron solo 15 minutos, pero mi mente estaba alteradísima. Lo recuerdo con horror.

Dormí con las niñas en tierra y al día siguiente volvimos al barco y navegamos con más olas que a la ida, pero, curiosamente, mi cerebro logró serenarse solo. Aprovechando que las niñas estaban dormiditas en el camarote, me tumbé abrazada a ellas. Y sé que en ese gesto se libera muchísima oxitocina, que es la hormona que puede hacer desaparecer el cortisol y la adrenalina, las del estrés. Me bajó tanto la angustia, que esa noche dormí sin sobresaltos en el camarote en el puerto.

La ciencia habla

Toda esta experiencia tiene para mí un interés impresionante para ver cómo funciona el cerebro. No existe peligro real en una fobia, pero sí existe para el cerebro de quien la sufre y ¡vaya si la sufre! Por eso no debemos desatender nunca a una persona que la está padeciendo por muy ridículo que nos pueda parecer su miedo.

¿De dónde viene esa fobia? Yo creo que son muchos los factores, pero mi nacimiento tiene muchísimo que ver y la muerte de mi hermano, también. ¿Por qué no salió todo eso antes? No lo sé y me temo que nunca lo sabré. ¿Cómo se cura? Imagino que con una buena terapia y mucha paciencia, mimo y amor.

¿Qué dice la ciencia de todo esto? A pesar de que todavía queda mucho por descubrir del cerebro, sí hay bastantes respuestas sobre qué nos pasa por la cabeza y cómo se defiende ante dicha fobia. En el instante en que tus ojos ven el peligro, el cerebro activa inmediatamente la amígdala, que es el centro del temor. Y lo primero que hace es desactivar el córtex prefrontal, que es el de la lógica.

Por lo tanto, no hay manera de razonar, es imposible. Automáticamente las glándulas comienzan a segregar hormonas del estrés (adrenalina y cortisol), empiezas a sudar (para mantener la temperatura corporal), tienes la respiración y el pulso más agitados y las pupilas dilatadas para ver mejor el objeto de tu amenaza.

La duración de todo este proceso es variable. En ocasiones, en ataques de pánico muy potentes, el “susto” puede permanecer varios días después.

Etiquetas:  Estrés Ansiedad Miedos

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