Amar no es sufrir

Cómo encontrar pareja: las 9 condiciones del buen amor

No nos lo traerá el azar. Que el amor prospere no depende de la suerte sino de nosotros mismos. Un poco de misterio, tiempo, aceptación... ¿Cuáles son las condiciones para conseguirlo?

Sergio Sinay

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¿Es el amor una bendición? ¿Es magia? ¿Es algo que nos espera y sólo debemos encontrar el camino para llegar a él? ¿Hay un “mal amor”, que nos provoca amargura, y otro bueno, que nos da felicidad? Si así fuera, ¿cómo reconocerlos?

Amar es construir

Quizás estos interrogantes se nos aclaren y nuestra comprensión del amor se profundice si empezamos por entender que el amor es, ante todo, una energía que emana de las personas y que las personas nutren a su vez.

No se trata de un árbol que te da sombra porque te lo has encontrado por casualidad en el camino. No existe el amor sin los que se aman y son ellos quienes construyen y alimentan su amor, el mismo que los une.

Digámoslo así: el amor es, siempre, una construcción de los amantes

Cuando no comprendemos esto, acabamos por creer que, en cuestiones afectivas, estamos librados al azar. Y así hay quienes dicen que tienen “mala suerte en el amor”. Y hay quienes confunden sufrir mucho con amar mucho, y se cuelgan esos sufrimientos como medallas. Pero amar no es sufrir.

Hay quienes, dando por sentado que el amor tiene existencia propia e independiente de las personas, terminan por no ver nunca al otro y se declaran “enamorados del amor”. Pero el que ama el amor no ama a una persona de carne y hueso o sólo se vale de ella como un espejo de su ilusión.

Las 9 condiciones del buen amor

El amor que nutre, que permanece, que transforma, que nos ayuda a crecer y a desarrollar nuestros aspectos más luminosos, el que nos permite ser parte del crecimiento y la transformación de la persona amada es, como decíamos, una construcción. Y una construcción, para elevarse sobre cimientos que la sostengan y le permitan desplegar toda su potencialidad, debe cumplir con ciertas condiciones. En este caso, las llamaremos “Las condiciones del buen amor”.

1. La primera persona

Yo soy el que ama. No se puede amar si no es en primera persona. Yo siento, yo necesito del otro lo que necesito y ofrezco lo que ofrezco. Muchas parejas se apresuran a reemplazar el “yo” por el “nosotros” y pierden su identidad hasta olvidar lo que cada uno quiere, siente o necesita.

Cada miembro del vínculo debe expresarse en toda su individualidad para que exista un “nosotros” hecho de la riqueza de cada “yo”. Cuando callas por temor al abandono o a la contrariedad del otro, cuando no hablas desde ti, dejas de amar en primera persona.

2. El otro

Cuando digo “yo”, digo “tú”. Sin la existencia de otra persona, “yo” no significa nada (un ser nacido en absoluta soledad, que nunca vio a otro humano, es incapaz de decir “yo”). Sólo puedo decir “yo” porque hay un “tú”. En una relación de amor esto es esencial.

Amamos a alguien que existe fuera de nosotros, a un “tú” real. Cuando olvidamos esto, el otro se convierte sólo en un espejo de nuestras fantasías e ilusiones. Se aleja, nos alejamos. Tener en cuenta al otro implica escucharlo, observar sus cambios, preguntarle qué siente, qué necesita.

Cada ser humano es un universo y la pareja nos da una oportunidad maravillosa de explorarlo.

3. Las diferencias

Como no existen dos seres iguales, como cada ser es único, inédito e irrepetible, toda relación entre un “yo” y un “tú” es un vínculo entre diferentes.

La exploración y la aceptación de las diferencias son la base de la construcción del amor. En ellas, más que en las similitudes, radica el potencial amoroso de un vínculo.

4. El misterio

No todas las diferencias son comprensibles ni explicables. Dado que no existen dos personas iguales, hay en cada ser humano una zona de misterio.

No debes confundir misterio con secreto. El secreto es algo que se oculta a sabiendas, el misterio es parte de la esencia íntima de un ser, algo que él mismo a menudo no puede explicar y que, como tal, debe ser respetado.

5. La aceptación

Puede haber diferencias irreconciliables o aspectos misteriosos del otro que no podamos sostener. Pero una vez que conocemos las diferencias y los misterios, si no los hay irreconciliables, la aceptación se convierte en requisito esencial del vínculo.

Aceptar, señala sabiamente el diccionario, significa tomar por bueno lo dado. Es mucho más que tolerar o resignarse.

6. El tiempo

Conocer, ser conocido, aceptar y ser aceptado requiere tiempo. No hay amor que se construya sin tiempo.

Lo instantáneo es ilusión o enamoramiento. Amar es conocer al otro y para esto se necesita tiempo.

7. El encuentro

Estar juntos no significa haberse encontrado. No es fruto de una búsqueda obsesiva sino de una construcción.

El verdadero encuentro emocional es resultado de la exploración de las diferencias, del tiempo, del conocimiento y de la aceptación.

8. La responsabilidad

Cuando dos personas construyen una relación en primera persona, con respeto hacia el otro, haciéndose cargo de sus actos y de las repercusiones de los mismos, actúan con responsabilidad. No necesitarán “culpables”, no serán dependientes, vivirán un amor responsable.

9. La compañía

Quienes eligen primero a una persona y se proponen luego una meta suelen vivir desengaños sentimentales.

La compañía amorosa es siempre un fruto, nunca un fin en sí mismo.

Quienes tienen claros sus propósitos en la vida encuentran compañía con alguien que va en la misma dirección.

Los cimientos del buen amor

Estas nueve condiciones son hitos en el camino de la construcción amorosa. El resultado es poder crear el Buen Amor. Estas claves te ayudarán a construir los cimientos para una relación fructífera.

Expresa lo que necesitas

No esperes que tu pareja lea tu mente y adivine tus necesidades y tus sentimientos. Sólo tú puedes decirle qué necesitas y cómo lo necesitas. Dile qué actos, qué gestos, qué palabras te hacen sentir amado. Así aprenderán a amarte de un modo que tú percibas como amor.

Para eso deberás preguntarte primero qué necesitas y cómo lo necesitas. Luego, hablarás con tu propia voz.

Pregunta a tu pareja

No des por sentado que la otra persona es o siente de un modo determinado. Averígualo, pregúntale. No reemplaces al ser de carne y hueso por tu propia ilusión sobre él. Al preguntarle qué quiere y necesita y cómo lo necesita, aprenderás tus límites y posibilidades y lo amarás de un modo real.

Disfruta de las diferencias

Enumerad aquellos aspectos en los cuales percibís diferencias entre vosotros. Contaos qué sentís acerca de esas diferencias, cuáles os parecen las más serias y cuáles las más divertidas.

Imaginad cómo serían si fuerais el otro: este ejercicio de imaginación os ayudará a comprenderos.

Ahonda en sus misterios

Pregúntate qué es lo que más te asombra de tu pareja. Trata de encontrar algo que te guste mucho y que, al mismo tiempo, te parezca inexplicable. Luego, piensa qué es lo más asombroso de ti, aquello que nunca pudiste explicarte ni explicar.

Pídele a él o a ella que haga el mismo ejercicio. Al comentarlo, abordaréis vuestras zonas misteriosas.

Trabaja la aceptación

¿Qué haces ante las diferencias entre tu pareja y tú? ¿Las cuestionas? ¿Te pones como ejemplo de cómo debería ser él o ella? ¿Te resignas en silencio por temor a quedarte solo o sola? ¿Las toleras pero no dejas de poner condiciones?

Nada de esto tiene que ver con la aceptación. Cuanto más trabajes sobre los tres primeros puntos, más cerca estarás de practicar la verdadera aceptación, que es fruto directo del amor en acción.

Apunta lo importante

En un papel en blanco traza tres columnas con los títulos “Pasado”, “Presente” y “Futuro”. Escribe en ella lo que creas más importante que ha ocurrido con tu pareja (y anota cuándo fue), lo que está ocurriendo hoy y lo que proyectáis para mañana.

Actualiza esta lista cada cierto tiempo. Verás la estrecha relación que se establece entre los tres espacios.

Respeta su espacio

Estar en pareja no es estar pegados ni sellados. Procura dejar tiempo y espacio para que cada uno actúe de manera autónoma e independiente. Esto generará una energía que mejorará y dará sentido a cada reencuentro.

La pareja, como la respiración, que es vida, debe tener dos tiempos: retiro y contacto. Esta continuidad la enriquece.

Habla con claridad

Si expresas lo que quieres, no culparás al otro por no adivinarlo. Si dices con claridad a qué estás dispuesta o dispuesto y a qué no, no se te podrá culpar de no ser clara o claro. Si sabes que tus actos afectan al otro, serás un ser respetuoso y cosecharás respeto. Así se construye un vínculo responsable.

Revisa tus metas

¿Qué metas te propones en la vida? ¿Cómo aspiras a conseguirlas? ¿En qué recursos y valores te basas? ¿Qué cosas le dan sentido a tu vida?

Primero pregúntate adónde vas y, solo después, quién te acompaña. Si se invierten estos términos, suele haber desilusiones. Un buen ejercicio individual y de pareja es repetir estas preguntas cada cierto tiempo.