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Amor incondicional: mitos y realidades

Nos han educado en la idea de un amor único, inquebrantable y servil. ¿Cómo podemos reformular esta concepción de las relaciones?

Claudia Truzzoli

La entrega absoluta en el amor es parte de un estereotipo femenino que durante mucho tiempo se ha transmitido como ‘natural’, pero que tiene graves efectos secundarios para las mujeres. Estar siempre al servicio de otro es un camino seguro hacia el vacío y el malestar físico y emocional. Solo desde el respeto y el amor propio pueden construirse relaciones saludables y verdaderamente amorosas.

Los signos con los que expresamos o con los que creemos que los demás nos expresan su amor son muy personales; cada uno de nosotros es sensible a determinados gestos y actitudes que, si faltan, hacen que nos sintamos decepcionados, lo que suele ser fuente de numerosos malen­tendidos. Sin embargo, a pesar de que los signos del amor son individuales, hay una actitud reconocida como amorosa de manera general: la entrega incondicional al ser amado según el modelo maternal idealizado.

Incluso personas con un determinado desarrollo intelectual o una actitud progresista o crítica frente a los estereotipos no pueden evitar el conflicto que les supone no cumplir con este mandato cultural. No siempre logramos adecuar las emociones más íntimas al pensamiento, y esto es así porque las emociones tienen un tiempo más lento que el pensamiento para madurar. Las personas no advertidas –por falta de experiencia o porque nuestra cultura insiste en trasmitir que la incondicionalidad forma parte de la manera “natural” de amar de las mujeres– son las mayores víctimas de esta situación, aunque no afecta a ambos géneros del mismo modo.

Amar sin servilismo

Clara Coria, en Los laberintos del éxito, describe tres tipos de varones: los tradicionales, que creen que las diferencias entre hombres y mujeres se deben a la biología y consideran “natural” que las mujeres estén a su servicio; los conscientes de que los privilegios se deben a las leyes sociales patriarcales y que disfrutan de ellos, aunque son capaces de ceder espacios cuando las mujeres se muestran firmes; y el hombre nuevo, democrático, que quiere sinceramente la igualdad: un grupo muy reducido, según Clara, y que aún está por llegar, según otros.

Los dos últimos grupos tienen a mi juicio algo común: no se libran de luchar contra el deseo de que sus mujeres actúen de manera incondicional, como si atenderlos fuese su única fuente de placer. Esta aspiración masculina nos exige a nosotras colocarnos en una posición de sacrificio que tiene muchas consecuencias. Cuando una mujer ama, desea cuidar a quien ama, pero esto no debe ser confundido con el servilismo. Ser solidaria no es ser abnegada a ultranza. Toda relación humana está determinada por la necesidad de reconocimiento por parte del otro. La dignidad personal se basa en el respeto a uno mismo y es lo que esperamos de los demás.

¿Por qué basamos las relaciones en la incondicionalidad?

Cuando alguien da algo a otro, espera como mínimo una retribución afectiva. Si no se produce, se abona el terreno del dolor, del resentimiento, se reconozca o no. El problema de sentirse obligada a ser incondicional es que el dolor que produce la falta de retribución no puede ni siquiera ser expresado por las mujeres que creen a pie juntillas que es su deber hacer lo que hacen. A los hombres no les afecta esta cuestión. El actor Benicio del Toro decía en un anuncio: “Prefiero tener que disculparme a pedir permiso”.

Al margen de la ideología que cada cual sustente sobre la igualdad entre los dos sexos, la verdad clínica es que la incondicionalidad, como cualquier otro deseo imposible, produce malestar. Malestar de sobrecarga, de cansancio, de falta de estímulos placenteros y sobrante de obligaciones que no dejan lugar a deseos propios que no pasen por servir a otros. La realidad, por más que se quiera negar simbólicamente, vuelve por un camino somático, como malestar del cuerpo o de la salud mental, o como una ruptura brusca del vínculo cuando se ha colmado el tiempo de aguantar una ilusoria armonía.

Si se ayudara a las mujeres a autorizarse deseos propios, podrían cambiar la posición subjetiva sacrificial por una solidaria. ­Integrarse en un grupo de mujeres suele ser, en este sentido, muy terapéutico, porque escuchar que otras mujeres sienten malestares parecidos rompe con el aislamiento y la sensación de sentirse rara. Acudir a una psicoterapeuta sensible a las cuestiones de género aceleraría además el proceso de ganar autonomía y mantenerla sin sentirse culpable.

Sano egoísmo

Aunque la necesidad de intercambio igualitario en el amor desmonte ideales de entrega incondicional, la verdad es que las condiciones siempre están presentes, se reconozca o no. Tanto es así que, cuando alguien no cumple con las expectativas de otro, acaba sufriendo las consecuencias. Cuanto más acepta una persona ser como otra espera que sea, más se pierde a sí misma y, con el tiempo, puede sentirse encerrada en una cárcel de la que le resultará difícil salir. El amor no puede sostenerse sin solidaridad y esta implica respeto mutuo, no una relación en la que uno da y el otro recibe. Hay un sano egoísmo sin el cual no es posible mantener relaciones saludables y benéficas. Y a las mujeres nos cuesta más ser egoístas por un molesto capricho ancestral por el cual solo los hombres tienen derecho a serlo, mientras que a nosotras se nos exige ser altruistas.

Muchas personas me preguntan si les puedo dar algunas claves para asegurarse el éxito en el amor, para que dure siempre. Lamentablemente no hay claves, pero sí algunas advertencias para tener una relación más sólida y placentera aunque no sea para siempre. Por ejemplo, desembarazarse de creencias que hacen más daño que beneficio, como que nuestra pareja es nuestra media naranja. Creerlo supone pensar que para sentirnos completos solo hay que acoplar las dos mitades. Pero somos incompletos y es inevitable serlo. Si lo aceptamos emocionalmente, estaremos más preparados para afrontar la frustración que viene después del enamoramiento. La cuestión empeora cuando se espera que la otra media naranja complete lo que falta con una aritmética especial que modifica el resultado de uno más uno igual a dos, para hacer de dos, uno solo. Creencia letal del romanticismo. “Serán una sola carne”, dice la Biblia, pero lo que no dice es que, cuando se espera incondicionalidad, la sola carne es de él.

Equilibrio entre mirar por uno mismo y aceptar al otro

Es evidente que una de las condiciones –no suficiente, pero sí necesaria– para mantener una relación es que los dos sepan renunciar a algo y pactar el coste de esas renuncias. Porque tener deseos propios no significa una carta blanca para hacer siempre lo que se quiera. Pero el coste emocional de las renuncias no puede ser tan elevado que se vuelva contra la relación misma.

Encontrar un equilibrio entre los propios deseos y la posibilidad de negociar las renuncias es una tarea que debería ser tenida en cuenta por ambos miembros de la pareja si el deseo es mantenerla. En cambio, las mujeres que adoptan una posición sacrificial para sostener el deseo de su pareja, si no enferman víctimas de la incondicionalidad, viven una existencia muy pobre en satisfacciones y pagan el precio de un maltrato y una soledad interior que estremece, como supo ver Benito Zambrano en su excelente película Solas.

En ella, una mujer maltratada por su marido, enfermo y celoso, conoce casualmente a un hombre que la trata con respeto y que le hace vivir buenos momentos. Pero sigue fiel a su marido sin protestar nunca. Y fiel a su hija, que la maltrata y que a su vez no puede librarse de un amante maltratador. El final de la película nos la muestra sola, de espaldas a la cámara, mirando un horizonte desierto y con un marido posiblemente muerto, buena metáfora de su propia vida. Otras veces, por fortuna, hay mujeres que se rebelan después de muchos años de aguantar y se separan cuando los hijos son ya mayores y ya no se sienten tan necesarias como pivote que mantiene a la familia. Son mujeres que vemos muchas veces rejuvenecer por el simple hecho de haber recuperado la libertad de ser dueñas de su vida.

Cuando hablo de lo nocivo que resulta aguantar no me refiero a cualquier tipo de aguante. Es indudable que muchas veces se requiere una gran dosis de paciencia no solo para estar en una relación, sino también para afrontar momentos ingratos que la vida nos pone por delante. La fuerza para aguantar en esos casos nos fortifica el carácter. El aguante nocivo es de otro tipo; es cuando en nombre del amor se nos pide que secundemos proyectos ajenos, renunciando a los propios. El aspecto perverso de este aguante es que en nombre del altruismo se pretende disfrazar esta actitud como si formara parte de la naturaleza de las mujeres.

Relaciones placenteras

Estos estereotipos están siendo criticados y denunciados por muchas vías actualmente. Desde la crítica del amor romántico, que pone al desnudo sus trampas, a la crítica de las creencias que lo sustentan, desde los programas que las asociaciones de mujeres elaboran para el ámbito de la coeducación, a los programas de prevención del maltrato, los mecanismos institucionales de control del sexismo y demás. Pero nada puede hacerse sin un verdadero cambio interior.

Reconocer la vigencia emocional que los estereotipos clásicos siguen teniendo en las conductas y anhelos más íntimos es un primer paso importante para desatarse de ellos y utilizar la energía de manera más placentera y creativa para vivir. No se deja de ser sumisa por una decisión ideológica, sino por una maduración en la paridad que emocionalmente permita sostener una posición más responsable sobre nuestra propia vida. Si somos capaces de respetarnos y querernos, también seremos capaces de ofrecer una calidez amorosa auténtica que tendrá beneficios para nosotras y también para los demás.

Etiquetas:  Amor Relaciones Sociedad

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