La media naraja

No somos una mitad, somos un todo

Te han contado mal el cuento. No somos seres incompletos necesitados de una media naranja para sentirnos plenos... Salgamos de esta trampa

Ramón Soler

media naranja

"Me siento hundida, vacía, incompleta sin él”, me comentó hace unos años Ana, una joven que acudió a mi despacho aquejada de un cuadro de ansiedad y depresión. Según me explicó, se sentía desesperada porque su novio, al que ella consideraba su media naranja, la había dejado hacía seis meses.

Son muchas las veces que me he topado con casos parecidos al de Ana a lo largo de mi carrera profesional.

Desde que nacemos, mujeres y hombres, nos vemos bombardeados por una cultura que fomenta lo que yo llamo “la trampa del amor romántico”, cuentos, novelas, películas, series, canciones, dichos, programas de máxima audiencia en la televisión, publicidad, etc., nos orientan a creer que para ser felices en la vida, toda chica necesita su príncipe azul y todo chico a su Bella durmiente.

Pero esa es una engañosa trampa, muy perjudicial. Buscar una felicidad ideal aportada por una supuesta “alma gemela” nos arrastra a una vida cargada de irrealidad y frustración.

Si dependemos del exterior, de los otros, para ser felices, nos desconectamos de nuestras verdaderas necesidades, abandonamos nuestros sueños para cumplir los de los demás y acabamos sintiéndonos siempre insatisfechos.

¿De donde sale la media naranja?

Tenemos que remontarnos a nuestra infancia para comprender cómo dejamos de ser completos y nos alejamos de nuestro yo. El proceso comenzó cuando éramos tan pequeños e indefensos que nuestra vida dependía, totalmente, de nuestros padres.

De bebés, si sentimos que estábamos en peligro, hicimos todo lo posible para recibir los cuidados indispensables para nuestra supervivencia; incluso si esto supuso dejar de prestar atención a nuestras necesidades internas para plegarnos a los intereses de las personas que nos atendían.

Si esta sensación de pánico continuó, a medida que fuimos creciendo, acabamos sacrificando una parte de nuestro yo para ser aceptados por los demás, para no ser castigados, para que no se enfadaran con nosotros, para no ser abandonados y sobre todo, para sentirnos protegidos y amados (aunque este amor fuera un amor condicionado colmado de carencias y amargura).

Cuando los niños son sometidos a presiones (del tipo: “calladito estás más guapo”, “tienes que ser bueno”) o a chantajes (“si te portas bien todos te querrán mucho”, “por tu culpa papá está triste”), poco a poco se desconectan de sus propias necesidades y acaban escondiendo su yo más profundo bajo numerosas capas de normas e imposiciones.

El pequeño consigue un enorme beneficio momentáneo a cambio de este sacrificio: sentirse aceptado, ser atendido y, en definitiva, sentirse vivo. Sin embargo, a la larga, el precio a pagar siempre será demasiado alto; puede que no sea consciente en ese mismo instante, pero años más tarde, las consecuencias de ese sometimiento se harán evidentes.

En este punto se encontraba Ana al llegar a la consulta. Por un lado, arrastraba una historia familiar de abandonos emocionales que le hacían sentir un vacío en su alma y, por otro lado, albergaba la esperanza de encontrar un príncipe azul que colmara todas sus necesidades.

Por eso, cuando su novio la dejó, revivió la soledad de su infancia y creyó morir

El abandono desde su infancia de su yo más profundo y auténtico le ocasionó a Ana un hondo vacío emocional y una dolorosa sensación de soledad.

Tapando vacíos

Muchas personas sienten esta misma soledad en sus vidas e intentan colmarla de cualquier forma. Unos con drogas o alcohol, otros con comida, otros con el juego, las compras o dejándose llevar por cualquier otro tipo de adicción.

Sin embargo, estas satisfacciones son instantáneas, solo permiten escapar de forma fugaz y la incómoda sensación de vacío reaparece (cada vez con más fuerza).

Ana buscó llenar su vacío existencial compartiendo su vida con el chico que para ella representaba su “media naranja”, es decir, con una persona que le hacía sentirse completa y que, en apariencia, cubría sus carencias.

Pero sus necesidades emocionales, las presentes y las que arrastraba desde su infancia, difícilmente podrían haber sido resueltas por su “otra mitad”.

Llenarte tú misma

Solo nosotros podemos llenar este vacío existencial que nos hace sentirnos incompletos. No podemos pasarnos la vida esperando que papá o mamá (o nuestra pareja) nos hagan caso y nos cuiden.

Podemos aprender a conocernos a nosotros mismos, compensar la atención que no tuvimos en nuestra propia infancia y sanar nuestro niño herido.

Una vez realizado este trabajo de introspección y de sanación, dejaremos de percibir el vacío interior y ya no necesitaremos a una “media naranja” para sentirnos completos.

Cada uno de nosotros pasamos a ser naranjas enteras, lo que afecta radicalmente a la forma de relacionarnos con nosotros mismos y con nuestro entorno. Aprendemos a vivir solos y a disfrutar de nuestra soledad.

Tras este proceso de sanación también aprendemos a identificar y evitar relaciones tóxicas

Y los nuevos vínculos que establecemos son mucho más sanos, fuertes y equilibrados.

El hecho de sentirnos en armonía con nosotros mismos y viviendo a gusto en soledad, no excluye el deseo de que en algún momento elijamos conscientemente compartir nuestras vidas con otras personas.

Sois dos naranjas

Pasar la vida con la pareja adecuada resulta una maravillosa experiencia de aprendizaje y crecimiento mutuo. Si nos conocemos a nosotros mismos, las relaciones que establecemos, sobre todo las amorosas (pareja e hijos), no se basan en la compensación de carencias, la dependencia, el dominio o la inestabilidad, sino en la generosidad, el respeto, la cooperación y el equilibrio.

Cuando Ana, tras realizar todo su proceso terapéutico, dejó de mirar hacia fuera y se concentró en ella misma, además de sanar, aprendió a cuidarse y con el paso del tiempo, encontró a una persona que tampoco buscaba que ella le cubriera sus necesidades e iniciaron una relación satisfactoria y enriquecedora.

No busques fuera

Al liberarnos del mito de la “media naranja”, cambia por completo la perspectiva que tenemos no solo del amor hacia los demás, sino también, y fundamentalmente, del amor que sentimos hacia nosotros mismos, dándonos aquello que realmente necesitamos.

Está dentro de ti

Volviendo la mirada hacia nosotros y trabajando para compensar las carencias
emocionales que arrastramos desde la infancia, tendremos mucha más plenitud en nuestra vida y nos evitaremos la mayoría de los problemas físicos y emocionales que nos aquejan.

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