Si te llaman puta

El problema de las etiquetas y prejuicios en las relaciones de pareja

Parece mentira que se vivan las relaciones como una posesión. Parece mentira que todavía se perpetúen los prejuicios misóginos que dividen a las mujeres en putas o amantes esposas.

Mamen Bueno

prejuicios putas

Las relaciones de pareja son complicadas y las infidelidades más. No es nada simple intentar explicar lo que lleva a una persona a ser infiel.

Hay muchos y diversos motivos involucrados en la ruptura de una pareja; el aburrimiento, la rutina, desinterés, problemas de apego, miedo o imposibilidad al compromiso, todo es demasiado complicado para reducirlo a una única variable.

Por eso, leo con estupefacción un texto de una colega en el que habla de “esas mujeres que penetran en la vida de un hombre soltero o casado y, con permiso o sin él, se introducen bajo las caretas de la amistad, las más maquiavélicas, y bajo la imagen del sexo fácil, las más directas. Hablamos de la mujer malvada o sin escrúpulos que utilizará todas las armas habidas y por haber (sobre todo aquellas de gran componente sexual) para ir en su propio beneficio”.

Esas mujeres son etiquetadas como putas en el texto, asimilándolas a psicópatas.

No hay ninguna clasificación diagnóstica que incluya puta en ninguna de sus acepciones, como trastorno que a priori deba ser tratado, medicarse o requiera de psicoterapia. En todo caso de los efectos de ser puta, de ejercer la prostitución, del estrés postraumático que puede llegar a sufrirse, pero eso es otro tema.

Parece mentira que una mujer sin compromiso, libre y sin necesidad de dar explicaciones a nadie sea la mala, la perversa.

Parece mentira que se vivan las relaciones como posesión, como contrato irrenunciable. Y no hablo de poliamor, hablo de que toda relación se sabe cuándo se empieza, no cuando se acaba, ni bajo qué condiciones.

Puede acabar por una infidelidad, desinterés, falta de amor, de atención, distancia física y emocional. No hacen falta terceras personas para que una pareja rompa sus compromisos.

Parece mentira que todavía se vea al hombre como un ser casi encefalograma plano, que se mueve bajo los instintos más primarios, que no sabe poner filtro ninguno y que se deja engañar o embaucar por cualquier puta que se le cruce.

No sé cómo vivirán los hombres este imagen, a mí no me haría ninguna gracia.

Parece mentira que todavía se vea que las infidelidades solo ocurren por parte de los hombres.

Parece mentira que todavía se perpetúen los prejuicios misóginos que dividen a las mujeres en putas o amantes esposas.

Parece mentira que todavía se expliquen las relaciones de pareja en términos de prejuicios machistas y misóginos donde la mujer es la manipuladora, y el hombre un cándido que se deja embaucar. En lugar de pensar en personas adultas que toman decisiones que marcarán el devenir de sus vidas.

Parece mentira que todavía se eluda la responsabilidad de nuestras acciones culpando a terceros de nuestras decisiones.

Siempre podemos decir NO, porque un NO en un NO lo diga quien lo diga.

No seré yo la que como persona, mujer, y mucho menos como psicóloga, juzgue y etiquete a nadie por sus actos, ni hombre ni mujer.

Como psicóloga me interesa indagar, intentar entender el comportamiento, ir más allá de lo evidente. Me corresponde, trabajarme mis prejuicios, mi historia personal para que no interfiera en las historias de mis pacientes.

Parece mentira que todavía haya que recordar que en nuestro país el adulterio dejó de ser delito hace muchos años.

Parece mentira que todavía tengamos que explicar estas cosas.

suscribete Octubre 2017