Divorciarse bien

Separarnos o seguir: ¿qué es mejor para nuestros hijos?

La clave está en crear un clima de estabilidad emocional y apoyo. Los problemas entre los padres pueden provocar inseguridad y sufrimiento a los niños.

Ana González Uriate

Mejor o peor para los hijos

Muchas parejas soportan una convivencia no solo poco satisfactoria, sino abiertamente hostil, pero no se separan porque consideran que continuar bajo un mismo techo es “lo mejor para los hijos”.

No son conscientes de que el clima emocional familiar influye de manera fundamental en el bienestar o en el sufrimiento infantil.

Así lo expresa hoy Natalia, que ya ha cumplido 20 años: “cuando era pequeña siempre tenía mucha rabia, estaba enfadada con todos y con todo. Me duró años. Mis padres siempre estaban gritándose y riñendo. Fue un alivio que se separaran… pero no puedo perdonarles dos cosas: que no lo hicieran antes y que siguieran en guerra e intentando ganarme para su bando”.

¿Cómo afecta una separación a los hijos?

Tan dañina es la la hostilidad que hay entre dos progenitores que se separan, como la frialdad de muchas parejas que viven de mala manera un “divorcio emocional” que se cronifica.

La tensión, el estrés y la inseguridad de los padres pueden acabar afectando a sus hijos, y eso es precisamente lo que hay que intentar evitar, así como impedir que ellos asuman el peso de la separación.

“Desde que nos separamos, mi apoyo son mis hijos”, dice Carmen, de 38 años. “Están muy pendientes de mí, sobre todo el mayor, que tiene 10 años. Cuando me ve llorar me dice 'no llores mamá, que todo se arreglará'. Es muy bueno. No quiere ni ir al parque, se queda en casa haciéndome compañía”.

Podemos aplastar a nuestros hijos con una responsabilidad desmesurada. Es algo que debemos evitar, porque puede comprometer seriamente su desarrollo como adultos.

El clima emocional es la clave

Las parejas no se rompen de un día para otro. Cada historia es diferente y se han podido dar todo tipo de escenarios. Una primera reflexión importante es preguntarse cómo ha sido el ambiente emocional de la familia en el tiempo más o menos largo anterior a la ruptura.

Para ser consciente de la temperatura emocional que han vivido sus hijos durante el proceso, la pareja debe reflexionar sobre cómo ha llegado a esa situación: ¿han vivido inmersos en la frialdad y la apatía conyugal?, ¿cuánto tiempo han crecido en un desierto afectivo?, ¿qué daños han podido sufrir durante el distanciamiento?

Otros niños se han visto empujados a ser el sostén emocional de alguno o de ambos padres, o han visto cómo la hostilidad se extendía más allá de las paredes de su casa y han asistido a los posicionamientos sobre la ruptura del resto de la familia.

Todo debe ser tenido en cuenta para afrontar el dolor de la separación de la mejor manera para los hijos.

¿De qué dependen sus reacciones?

No todos los niños reaccionan igual. Cualquier crisis provoca inseguridad y malestar, además activan las conductas de apego para obtener cuidados y protección. Los niños van a expresar el sufrimiento, cada cual a su particular manera, y a buscar el contacto y seguridad con sus referentes vinculares.

Veamos algunos factores determinantes:

La edad

En etapas tempranas de la vida, los niños van a protestar de forma manifiesta en situaciones que conlleven “cambios” de las figuras cuidadoras o del ambiente y las rutinas. Los más pequeños se sienten seguros con las personas conocidas y en ambientes conocidos, no lo olvidemos.

El temperamento

Hay niños muy flexibles y adaptables que se habituarán fácilmente a las personas o situaciones y ambientes “nuevos”. Pero a otros les puede costar mucho. No debemos forzarlos y sí darles el tiempo que necesitan y prestarles atención porque las manifestarán con menor fuerza.

El tipo de relación o vínculo establecido con las figuras de apego

Los niños se sienten más seguros si los vínculos que han establecido son relaciones de apego que llamamos seguras, lo que favorece que tengan confianza en que van a encontrar ayuda cuando la necesiten porque los adultos estarán disponibles y serán sensibles a sus necesidades emocionales.

El estado emocional de la madre y el padre

Si alguno de los progenitores “se viene abajo” con la ruptura, puede que arrastre consigo a alguno de los hijos o que provoque rechazo en ellos. Es frecuente, por ejemplo, que para protegerse del dolor de sus padres, algunos niños o adolescentes rechacen el contacto.

Conviene repetir una idea clave:

Los niños no deberían hacerse cargo de las dificultades emocionales de sus padres, porque no tienen capacidad para ello.

¿Cómo expresan el malestar los niños ante una separación?

Estos y otros factores condicionan la intensidad y la expresión de malestar que puede asomar de múltiples formas con la separación o crisis si los hijos se sienten culpables y responsables de los problemas de sus padres.

  • Síntomas psicosomáticos: Es muy corriente que aparezcan los dolores de cabeza o de tripa. El cuerpo “duele”. El dolor emocional adopta esa vía para expresarse.
  • Trastornos de conducta: Desde saltarse las normas generales que habían guiado su vida, a mostrar irritabilidad o incluso agresividad.
  • Dificultades escolares y de aprendizaje: El estrés emocional, la inseguridad que pueden sentir, les dificulta adquirir nuevos conocimientos y aprender. Son niños que dedican la mayor parte de su atención a la difícil situación familiar.

Debemos ser conscientes de que la judicialización de las rupturas conyugales, debido a la imposibilidad de llegar a acuerdos por parte de los progenitores, no aporta soluciones a ninguno de estos aspectos.

El mundo emocional no cabe en el rígido corsé del derecho. En esos casos, muy frecuentemente lo único que se consigue es que la guerra continúe con posterioridad a los procedimientos judiciales.

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suscribete Octubre 2017