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Inteligencia emocional

5 pilares básicos para educar los sentimientos

Victoria Camps

Una vida éticamente buena no busca solo la felicidad individual sino la colectiva. Para ello, es necesario compartir unos valores cívicos que se forman mediante la educación y la emoción auténtica. Enseñar a sentir de forma adecuada, a desear el bien, es el único camino real hacia una sociedad más justa, solidaria y tolerante.

Tras varios años dedicada a estudiar y enseñar la ética de los filósofos, pienso que quien realmente dio en el clavo de lo que debe ser la ética fue Aristóteles, con su teoría de las virtudes. Aristóteles buscaba cómo conseguir que la persona se adecuara a una forma de vivir conveniente para sí misma y para toda la comunidad. Esa adecuación a la vida buena –pensaba– no solo era la mejor manera de acercarse a la felicidad individual sino de lograr también la felicidad colectiva. Aunque la ética de las virtudes cayó durante mucho tiempo en el olvido, hoy reaparece y tiene bastantes valedores.

Aristóteles y la educación como fuente de nuestra personalidad

Muy resumida, la teoría de las virtudes dice lo siguiente: el ser humano nace sin una naturaleza predeterminada; va adquiriendo una manera de ser, una personalidad, a lo largo de su vida y, especialmente, en los años de transición hacia la madurez. Pero lo importante es que, en el proceso de formación moral de cada persona, es el sentimiento –la parte sensitiva del alma– el que se va adaptando a una manera de ser y de vivir que calificamos como “buena”. Así, la persona aprende a ser valiente o temperante –para hablar de dos de las virtudes más antiguas–, tolerante o solidaria –para referirnos a otras más actuales–, conformando sus emociones a las respuestas exigidas por tales valores. Ser una buena persona consiste en poseer los hábitos necesarios para actuar como es debido en cada caso. Las virtudes no son estrictamente normas o deberes: son atributos de la personalidad moral.

Reivindicar la ética de las virtudes implica subrayar el papel que las emociones o los sentimientos tienen en el comportamiento moral. Ello es importantísimo porque pone de relieve que no es la razón o el intelecto, conocedor del bien y del mal, el que motiva el comportamiento sino las pasiones: lo bueno hay que sentirlo como bueno; de lo contrario, se queda en el ámbito de la teoría y no se traduce en la práctica.

Spinoza: la alegría de los afectos

Aristóteles no es el único en entender la moral como una imbricación perfecta de razón y sentimiento. Siglos más tarde, lo vio de forma parecida Spinoza al identificar la ética con la producción de afectos alegres. Y también David Hume puso en la base del juicio moral un sentimiento, la simpatía o compasión que sentimos los humanos entre nosotros, pues entendía que es el sentimiento –y no la razón– lo que explica el comportamiento moral. Si rechazamos unánimemente el asesinato y el robo como contrarios a la moral, es porque sentimos que deben rechazarse. Nos horroriza, no podemos concebir un mundo en el que matar y robar estén permitidos por el común de la humanidad.

Una ética que no se reduce a formular valores, principios o normas, sino que habla de las cualidades y los hábitos que debe adquirir una persona para que su comportamiento sea moralmente aceptable está necesariamente vinculada a la educación. Y no a una educación teórica sino práctica. En la práctica educativa se encuentra la acepción originaria del concepto de educar, educere, que significa “extraer de cada uno lo mejor que lleva dentro”. El niño al nacer no es una hoja en blanco, pero lo que lleva dentro y le determina inexorablemente es poco. Posee unos rasgos genéticos por los que tenderá a ser quizá más miedoso, tímido, extravertido o compasivo. Los neurocientíficos nos dicen que el cerebro humano ha ido evolucionando y adquiriendo una empatía que nos lleva a sufrir con los que sufren, siendo ese rasgo neuronal la base del comportamiento ético. Pero ese es un rasgo muy vago, las estructuras y redes neuronales son dinámicas, se adaptan al entorno y es posible incidir en ellas para que se cultiven las reacciones y las actitudes más beneficiosas para el conjunto de la sociedad.

Educando nuestros sentimientos

Cualquiera que haya educado a sus hijos sabe que el carácter se forma y se transforma. Con dificultades y límites, sin duda, porque contra ello actúan los condicionamientos fisiológicos internos de cada uno y también un entorno familiar, cultural y social que no siempre influye de la mejor manera para que se consoliden las virtudes y no los vicios.

Precisamente porque nuestro mundo nos somete a tantas influencias dispares y desordenadas, hay filósofos que piensan que el ideal de formar el carácter o la personalidad humana inculcando unas virtudes básicas es una tarea imposible e incluso desaconsejable. Es la opinión, por ejemplo, de Alasdair MacIntyre en su, por otra parte, interesante libro Tras la virtud (Crítica, 2001). Es inú­til –dice– ir detrás de la virtud porque ya no tenemos referencias valorativas comunes. Yo no comparto esta opinión.

1. Reconociendo el ideal de democracia

Por plurales y diversas que sean nuestras sociedades, tenemos una referencia y un ideal común que se llama democracia, y un valor irrenunciable que es la justicia y que se concreta en una lista de derechos fundamentales que hay que garantizar universalmente. En las democracias no hay súbditos; hay ciudadanos, seres libres que deben utilizar su libertad no solo para perseguir sus propios intereses privados sino también para cultivar su condición de ciudadanos. Llegar a ser ciudadano y desarrollar unas “virtudes cívicas” es el mínimo ético que hay que exigirle al habitante de una democracia. Cultivar el civismo significa desarrollar una sensibilidad hacia el interés común, venciendo la tendencia a perseguir solo el interés particular.

2. Sensibilidad cívica

La sensibilidad cívica no surge por generación espontánea. Hay que proponerse cultivarla. Es lo que hace, o debería hacer, la educación, entendida en el sentido más amplio del concepto: una educación que empiece en la familia, que continúe en la escuela y acabe implicando y comprometiendo a todos los agentes sociales. Una educación que no puede ser solo teórica sino que debe ser práctica porque, como veíamos, debe ir más allá de aprender a distinguir el bien del mal; se trata de adaptar los sentimientos al rechazo del mal y a la búsqueda del bien. En realidad, es así como educamos.

3. Educación no directiva

Los padres saben que no se enseña a comportarse a los hijos solo repitiendo una lista de normas como “ordena tus juguetes, da las gracias, no grites”. Las normas hay que conocerlas, pero la educación exitosa es la que consigue convertir esas normas en hábitos y en maneras de ser, hasta el punto de que, no cumplirlas, acabe produciendo un sentimiento de vergüenza y de disgusto. Los filósofos han tendido a creer que los sentimientos por sí mismos son nocivos o inadecuados, pero no siempre es así. El miedo, la indignación, la vergüenza, la compasión… pueden derivar de creencias negativas o positivas para la persona y para la convivencia. No siempre deben ser reprimidas.

4. Empatía (mirar desde ojos ajenos)

Sin la pasión que acompaña al conocimiento del bien y del mal, no se actúa en consecuencia haciendo el bien y evitando el mal. Los comportamientos más ejemplares dan testimonio de una adecuación total del carácter a los ideales de la justicia o del amor al prójimo. Los comportamientos menos ejemplares, los corruptos, hipócritas o cínicos, exhiben una doble moral, pues no se han acostumbrado a dominar los deseos inconvenientes para uno mismo y para la vida en sociedad.

5. Naturalizando los sentimientos

La educación de los sentimientos se hace más difícil cuando, como está ocurriendo, la formación moral se psicologiza y se medicaliza. Hay una tendencia a convertir cualquier debilidad humana en una patología que puede curarse con unas pastillas o con terapia. El método terapéutico ha invadido todos los terrenos, incluido el de la educación. Así, ya no tenemos niños perezosos, sino hiperactivos con deficiencias de atención. Las terapias pueden ser oportunas en ciertas situaciones, pero no siempre. La educación moral no debe consistir en una terapia sino en indagar las fuentes del desorden emotivo y en procurar patrones de acción que, en lugar de limitarse a calificar los comportamientos como buenos o malos, proporcionen motivos para actuar de otra forma.

A modo de conclusión...

Especialmente la vida pública precisa de un gobierno de las emociones que tenga como objetivo respetar a los semejantes, tolerar lo que nos incomoda de los extraños, interesarse por quienes más sufren. Las leyes se proponen tales objetivos mediante la coacción, pero esta es insuficiente. Adquirir una personalidad moral no es cumplir una norma por miedo a la penalización. Esa es una fase primaria e infantil del desarrollo de la conciencia moral que toda persona que quiera ser autónoma debiera superar. Pero no lo hará si no ha adquirido una sensibilidad moral. No es lo mismo respetar al otro por miedo, por dinero o por estima.

Quien carece de sensibilidad moral, quien ignora esos valores que llamamos “virtudes cívicas”, no tiene cabida en la vida en común. Como decía un relator de los derechos de los indígenas para la ONU: “No defiendo a los indígenas porque quiero mejorar el mundo; es que disfruto haciéndolo”. Ese disfrutar haciendo el bien significa que las emociones morales están vivas.

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