pareja

Sin resentimiento

¿Es posible terminar bien una relación de pareja?

Sea una decisión compartida o no, separarnos de nuestra pareja es un proceso triste y doloroso, a veces regado con dosis de resentimiento y ganas de batalla.

Demián Bucay

  • Una pareja se separa bien cuando aquellos que la forman salen de la misma más enriquecidos de lo que entraron.
  • La relación puede haber sido valiosa y, aun así, terminar para siempre. Tememos mucho al dolor de perder algo valioso. Frente a esa posibilidad, pensamos de dos maneras: si tenemos algo que valoramos, lo consideramos eterno; y si estamos a punto de perder algo, empezamos a desvalorizarlo.
  • El resentimiento es el principal obstáculo que hay que sortear para poder “terminar bien” una relación de pareja. Se genera cuando alguien cree que se le ha negado “algo que le corresponde”. Sin embargo, ¿cómo puede ser el amor algo que nos corresponda?
  • A menudo creemos que el otro tiene una especie de obligación de amarnos. Tanto más si alguna vez nos ha amado. No nos corresponde ser amados hoy porque ayer lo fuimos; no podemos suponerle al otro una deuda de amor con nosotros y, por tanto, no cabe sentir resentimiento.
  • Podemos sentir tristeza, puesto que algo que queríamos (que ese otro nos amase) se nos niega, pero no podemos enojarnos, porque no nos han quitado nada que nos correspondiera. Solo así podremos estar agradecidos por el tiempo que sí hemos compartido y por el amor que sí hemos recibido.

¿Pueden terminar amistosamente las relaciones amorosas?

Una canción del dúo francés Les Rita Mitsouko dice en su estribillo: “Las historias de amor terminan mal... Las historias de amor terminan mal, en general”. ¿Está en lo cierto? Yo diría que depende de lo que entendamos por “terminan mal”. Si por ello entendemos que las parejas no son para siempre, que aquellos dos que la formaban no continuarán juntos, entonces tendría que decir que sí, que los Rita Mitsouko tienen razón, pues el destino de las historias de amor es, en efecto, la disolución, ya que, con el correr de los años, la muerte hará que uno de los dos abandone al otro.

Pero dejemos a un lado los extremismos y digamos, simplemente, que muchas historias de amor se terminan. Solemos pensar que si una pareja se separa es porque algo ha salido mal: uno de los dos se equivocó o se comportó de mala manera o, en el mejor de los casos, ambos se equivocaron al elegirse (“No éramos el uno para el otro”). Sin embargo, creo que sería muy importante que comenzáramos a pensar que una pareja puede disolverse aun cuando no haya habido error o maldad alguna.

Separarnos y terminar bien: (casi) misión imposible

En ocasiones, que una pareja se termine es lo mejor que puede ocurrir. Esto no significa que hubiese sido mejor que nunca comenzase. Sencillamente, a veces se llega a un punto en el que los caminos de cada miembro de la pareja se separan demasiado; un momento en el que los ideales, los proyectos o las creencias se han vuelto demasiado divergentes. Otras veces, de forma más sencilla aún, cada uno ha aprendido del otro todo lo que podía y allí ya no queda nada para ninguno de los dos, por lo que la despedida es la mejor opción. Entonces podríamos disentir de Les Rita Mitsouko y decir: “No todas las parejas terminan mal”, o al menos: “No todas las parejas terminan mal necesariamente, también es posible terminar bien”.

Sencillamente, a veces se llega a un punto en el que los caminos de cada miembro de la pareja se separan demasiado

¿Y qué tendría que suceder para poder decir que una pareja se ha separado bien? A mi entender es algo bastante sencillo (lo que no significa que sea fácil): una pareja se separa bien cuando aquellos que la forman salen de la misma más enriquecidos de lo que entraron. Para evitar el resentimiento, los malos tratos, las actitudes mezquinas, o directamente dañinas, es fundamental que ambos comprendan que, más allá del dolor de la separación, han ganado todo lo que han podido compartir durante ese tiempo.

Seguir diferentes caminos

Muchas veces se considera que “terminar bien” es sinónimo de que el vínculo continúe bajo otra forma (“Seguiremos siendo amigos”), pero a mí me parece que esto es un modo de seguir pensando que nada bueno debería terminarse o que, dicho de otro modo, si algo termina es porque no era bueno.

La mayoría de las veces, cuando una pareja rompe (si no hay hijos de por medio), no vuelven a verse. Y eso no debería ser tomado como un signo que habla del poco valor de la relación, sino como la evidencia de que no hay formato posible para ese vínculo. La relación puede haber sido valiosa y, aun así, terminar para siempre. Pensar que estas dos condiciones no son excluyentes es fundamental si queremos empezar a separarnos mejor.

El dolor de la pérdida

¿Por qué resulta tan difícil reconciliar las nociones de lo valioso y lo efímero? Creo que se debe a que tememos mucho al dolor de perder algo valioso. Frente a esa posibilidad, pensamos de dos maneras: si tenemos algo que valoramos, lo consideramos eterno; y si estamos a punto de perder algo, empezamos a desvalorizarlo. Esta actitud se apoya en una lógica a mi entender errónea: si sostenemos el valor de lo que estamos perdiendo, sufriremos más. Por este motivo, con frecuencia adoptamos una modalidad defensiva frente a la disolución de un vínculo, que consiste en desvalorizar al otro.

Es como si nos dijéramos: “No he perdido tanto; de todos modos, no teníamos gran cosa”. Este mecanismo muchas veces se expresa en las frases de los amantes despechados: “Es un idiota, no sé cómo no me he dado cuenta hasta ahora” o “Por fin se ha terminado, he perdido demasiado tiempo a su lado”. Así se escudan frente al dolor de la pérdida, pero, sin saberlo, entran en un camino que no hace más que conducirlos por una espiral descendente en la que el pesar y la miseria crecen cada vez más.

Borrar una parte de nosotros

Paradójicamente, de este modo aumenta lo que perdemos: no solo nos quedamos sin pareja, sino que también perdemos lo que de ese vínculo habríamos podido rescatar. Al negar su valor, nos estamos deshaciendo de todo lo bueno que hubo allí. La sensación de haber perdido el tiempo es inevitable y, a mi parecer, espantosa.

Nunca dejo de sorprenderme cuando personas que han estado veinte o treinta años casados se separan y hablan de su exmarido o de su exmujer denigrándola, considerándola una persona aborrecible u odiosa, tratándose de idiotas a sí mismos por haberla elegido durante todo ese tiempo. Sinceramente, no creo que hayan sido idiotas; creo que es una defensa contra el dolor: prefieren perder veinte o treinta años de sus vidas antes que aceptar que algo que fue bueno durante un tiempo ahora ya no lo es. Creo que es un error, y que el coste que pagan es enorme.

El amor no nos corresponde

El resentimiento es uno de los sentimientos más frecuentes que se generan tras una disolución de pareja y, probablemente, el principal obstáculo que hay que sortear para poder “terminar bien” una relación de pareja. El resentimiento se genera cuando alguien cree que se le ha negado “algo que le corresponde”. No se trata de “algo que deseaba”, porque en ese caso lo que surge es la tristeza (que es mucho más sana que el resentimiento). A menudo, cuando somos “dejados”, sentimos que se nos ha quitado algo que nos correspondía, ¿y qué otra cosa puede ser ese algo que el amor del otro? Sin embargo, ¿cómo puede ser el amor algo que nos corresponda?

Parece como si el hecho de dejar de amar fuera en sí mismo una maldad, pero amar no es una obligación

Este es el problema: a menudo creemos que el otro tiene una especie de obligación de amarnos. Tanto más si alguna vez nos ha amado. Parece como si el hecho de dejar de amar fuera en sí mismo una maldad, y el que deja de sentir amor, una mala persona. No estoy de acuerdo en absoluto: amar no es una obligación (nunca podría serlo, porque no puede forzarse a nadie a amar). No nos corresponde ser amados hoy porque ayer lo fuimos; no podemos suponerle al otro una deuda de amor con nosotros y, por tanto, no cabe sentir resentimiento. Podemos sentir tristeza, puesto que algo que queríamos (que ese otro nos amase) se nos niega, pero no podemos enojarnos, porque no nos han quitado nada que nos correspondiera.

Caminar completos y agradecidos

Si tenemos claro este principio, podremos estar agradecidos por el tiempo que sí hemos compartido y por el amor que sí hemos recibido, en lugar de lamentarnos o, peor aún, estar resentidos por el tiempo o el amor que se nos ha negado. Armados con estas nuevas ideas afrontaremos nuestras separaciones de un modo mucho más sano, y no solo atravesaremos esos momentos dolorosos con mayor entereza y calma, sino que podremos enriquecer nuestras vidas con lo aprendido de cada una de nuestras parejas y no solo de aquellas que duren el resto de nuestros días.