Autoestima

Quiérete tal como eres

Deseamos que los demás nos valoren y ocultamos aspectos de nosotros que creemos negativos... dejando nuestra autoestima en manos ajenas. Es el momento de aceptarse

Mireia Darder

chica sentada en la hierba

Había una vez un rico y famoso reino al que llegaban todos los días muchos extranjeros. Un buen día, se presentaron dos truhanes que se hacían pasar por sastres que sabían tejer las más maravillosas telas del mundo. Según decían, las prendas que vendían poseían la virtud de ser invisibles a los tontos. Cuando llegó la noticia al emperador, este pensó inmediatamente:

—¡Deben de ser vestidos magníficos! Si los tuviese, podría averiguar qué funcionarios del reino son ineptos para el cargo que ocupan –y encargó uno de esos costosos trajes a los visitantes.

El día de la entrega del vestido, los charlatanes se presentaron en la corte con nada entre las manos. Sin embargo, dijeron con convicción:

—Estos son los pantalones. Y ahí está la casaca... Las prendas son ligeras como una telaraña; uno creería no llevar nada, mas precisamente eso es lo bueno de la tela.

—¡Sí! –asistieron todos los cortesanos casi al unísono, a pesar de que no veían nada, pues nada había.

Nadie permitía que los demás se diesen cuenta de que no veía nada para no ser tenido por incapaz o por estúpido. Ningún traje del monarca había tenido tanto éxito ni recibido tantas alabanzas como aquel.

El rey, para ocultar también su incapacidad de ver las prendas, se puso el supuesto traje y salió al balcón real con él. La gente allí reunida, advertida de las mágicas propiedades de aquellas telas, también empezó a elogiarlas, hasta que un niño gritó:

—¡Pero si no lleva nada!

—¡Es cierto, escuchen la voz de la inocencia! –dijo su padre.

—¡El rey está desnudo! –gritó el pueblo entero descubriendo el timo y la vanidad del rey y toda su corte.

Quiérete tal como eres, con tu propia personalidad

Seguramente, una de las razones de que este cuento –El traje nuevo del emperador, de Hans Christian Andersen– haya calado tan hondo en el imaginario popular es que describe un fenómeno muy común entre el género humano, la negación de partes de nuestra personalidad. En el cuento, los truhanes se aprovechan de que nadie quiere reconocer que pueda poseer una cualidad negativa como la estupidez o la ignorancia. Pero, en realidad, esta incapacidad de aceptar lo que consideramos debilidades nos deja aún más débiles, a merced de la constante aprobación de los demás.

Todas las personas poseemos un conjunto de cualidades contrapuestas –a las que llamamos polaridades– que interactúan entre sí. Yo soy alegre y algunas veces triste, soy listo y soy torpe, soy valiente y también tengo miedo. Pero, frecuentemente, de cada una de esas polaridades que conforman nuestra personalidad auténtica, rechazamos algunas partes, justamente las que más nos desagradan.

La incapacidad de aceptar lo que consideramos debilidades nos deja más débiles aún, a merced de la aprobación de los demás

Sesgos cognitivos para sentirnos cómodos

Aceptamos más fácilmente las que nos producen bienestar; y las que nos producen dolor, las rechazamos. Y así, acostumbramos a pensar de nosotros mismos que somos inteligentes y no tontos, que somos agradables y no ariscos, que somos fuertes y no débiles. Pero lo único cierto es que la persona sana es aquella que reconoce que posee miles de polaridades que interactúan entre sí.

La persona saludable acepta incluso aquellas cualidades suyas que los demás reprueban y la sociedad no acepta. Por tanto, no está pendiente de la aprobación de los demás, dado que ya sabe que tiene aspectos aceptados y aspectos que no dan buena imagen. Esta persona es capaz de decirse a sí misma: “En algunas situaciones soy divertido, pero en otras soy antipático, como cuando alguien me empuja porque quiere colarse en el supermercado”.

Nos cuesta reconocernos como pesados, intransigentes, celosos, insensibles... y buscamos que los demás nos confirmen que no poseemos esas cualidades. Sin embargo, se trata de una empresa imposible porque, en el fondo, sabemos que somos así –aunque sea solo en parte– y negando la realidad nunca podremos transformarla. Es así como, un poco inconscientemente, dejamos de aprobarnos y, al hacerlo, dejamos que nuestra autoestima dependa solo de la aprobación de los demás.

El trabajo para pasar del apoyo de los otros al apoyo interno es tomar consciencia de las polaridades que no nos gustan, aunque no lleguemos a aceptarlas del todo. Tanto más dependeremos de la aprobación de los demás cuantas más zonas oscuras escondamos dentro de nosotros mismos, es decir, en la medida en que no aceptemos nuestras propias polaridades negativas.

La persona saludable acepta incluso aquellas cualidades suyas que los demás reprueban y la sociedad no acepta

La vulnerabilidad que nace con la rigidez que nos imponemos

Cuando negamos nuestras polaridades nos convertimos en personas rígidas, perdemos la fluidez y amplitud del concepto que tenemos de nosotros mismos y, por lo tanto, nos hacemos muy vulnerables a los ataques de los demás. Entonces, estamos demasiado pendientes del otro y del qué dirán, y nos resulta muy difícil mantener los propios valores y visión del mundo.

Pero ¿existe alguna forma de revertir esta tendencia y apoyarnos a nosotros mismos? La respuesta está en unificar las dos caras de nuestro autoconcepto. Una, que podríamos llamar luminosa, formada por las polaridades que aceptamos y otra, que podríamos llamar oscura, formada por las cualidades que no aceptamos.

Es como si dentro de nosotros hubiera dos personas. Una nos dice: “Cómo es posible que te hayas ido de la fiesta tan pronto? Vas a quedar mal con los amigos; pensarán que eres un aburrido”. Y la otra, que deseaba marcharse, se siente mal ante las críticas de la primera.

Aprender a sentir nuestras contradicciones internas

Para poder ampliar la consciencia de lo que somos en realidad es importante poder diferenciar ambas partes y que puedan verse la una a la otra, arrojar luz al conflicto entre las dos y comprender que ambas pueden coexistir y dialogar entre sí.

Cuando veamos que no pasa nada por ser “débil” o “defectuoso” –o lo que sea que consideremos acerca de nuestra polaridad rechazada–, entenderemos que no son las demás personas las que amenazaban con no aceptarnos, sino nosotros mismos. Y, entonces, nos querremos más y abriremos nuestra vida a un cambio armonioso y respetuoso con la totalidad de nuestro ser.

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