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Psicología práctica

Sabiduría emocional: descubre tus propios sentimientos

Al sentir una emoción que nos disgusta, como miedo o enfado, queremos controlarla para que desaparezca. Pero así sólo se intensifica. El camino es ayudarla a madurar.

Norberto Levy

¿Qué es la sabiduría emocional? Antes de explicarlo, debemos ponernos en contexto.

El control es un mecanismo que utilizamos, a menudo, pensando erróneamente que nos ayudará a conseguir nuestros objetivos. Muchos de nosotros intentamos controlar nuestras emociones –miedo, impaciencia, inseguridad, enojo...– y también nuestros pensamientos. Existe incluso una técnica específica, muy difundida, que se denomina precisamente así: control mental.

Pero por muy extendido que esté, el control ni siquiera sirve para lo que se supone que es útil: para disciplinarnos, para ser productivos, para "ponernos las pilas". En realidad, sus logros son muy precarios y puede provocar efectos perjudiciales en nuestro equilibrio emocional.

¿Por qué escondemos nuestras emociones y sentimientos?

Veamos algunos ejemplos: tengo que hablar en público o encontrarme con una persona que me atrae o asistir a una reunión con personas desconocidas. En estos tres casos, un aspecto mío infantil está muy asustado y se siente inseguro. Siento miedo. En otro momento, un amigo me comunica que no puede cumplir con una tarea que le pedí y siento un violento enojo que no sé cómo expresar. La parte de mí que toma la dirección de mis acciones decide "controlar" todos estos aspectos que no me gustan para que no se manifiesten.

Poco a poco, voy aprendiendo recursos para lograrlo: impostación de la voz, ciertas posturas corporales, gestos faciales encubridores...

Esta actitud es muy frecuente y vale la pena que la veamos en detalle: en el controlar están presentes dos protagonistas interiores, el que ejerce el control y el que está sometido a él. Es decir, el controlador y lo controlado.

Mi controlador interno se propone como meta la producción de una determinada res­puesta y, para conseguirlo, decide suprimir cualquier otra reacción que crea que puede amenazarla. La esencia del control es entonces impedir que el estado "controlado" se pueda manifestar, su misión es acallar lo que éste pueda decir.

Cuando adopto esta actitud, en el mejor de los casos, lograré alguna transformación transitoria de mi conducta exterior. Podré aparecer aplomado frente al público, darle mayor continuidad a mis empresas o adoptar gestos de serenidad ante mi amigo. Sin embargo, en cada una de esas respuestas aparecerá también su precariedad, es decir, lo superficial de esa transformación. Y la señal específica que la evidencia es la rigidez. Habrá dureza y solemnidad en el aplomo, compulsividad en mis acciones o encorsetada formalidad en la calma del trato hacia mi amigo.

El destino de las emociones controladas

Y esto no es lo más grave. Cuando se pone de manifiesto la ineficacia del control como método de transformación es sobre todo cuando examinamos el destino y la evolución del otro término, lo controlado.

Ante determinados retos, intentamos controlar esos rasgos nuestros que creemos que nos impiden conseguir nuestros objetivos –la tendencia al desánimo o la ira violenta, por ejemplo– que nos hacen quedar mal, que nos hacen desistir antes de tiempo. Pero si solamente los suprimimos, seguirán siendo tan inmaduros como antes, pero ahora, además, estarán ocultos, descalificados y retirados de la circulación.

Emociones acentuadas

¿Y qué le sucede a un aspecto en esas condiciones? Primero, algo muy simple: sigue existiendo. La idea de que lo controlado desaparece es obviamente una ilusión disparatada con muy poco sustento real.

Segundo, al no poder realizar experiencias de intercambio con el mundo externo –y además carecer absolutamente de respaldo interior–, se crean las condiciones para que se produzca precisamente un serio agravamiento de ese estado inmaduro.

El agravamiento se manifiesta en dos sentidos: por una parte es cada vez más inmaduro y, por otra parte, se va operando un ininterrumpido proceso de degradación funcional. Degradación quiere decir que se agrega al estado de inmadurez un profundo miedo y su inevitable consecuencia: el odio y el resentimiento.

Además de todo esto, ese rasgo inmaduro tampoco puede permanecer siempre oculto, amordazado. Más allá de sus propios y eventuales deseos de permanecer retirado, ese aspecto tiende a manifestarse una y otra vez, hasta que los controladores se agotan y el maltratado rasgo irrumpe descontrolada y masivamente. Entonces también atravesaré períodos en los que me será imposible hablar en público o participar de reuniones con personas desconocidas y me aislaré.

Este aislamiento y encierro tendrán una fuerza equivalente a aquella que utilicé antes para controlar mi miedo. Además, experimentaré épocas de desgana e inacción total o estallidos de ira incontrolables.

Después de un tiempo se restablecerá el control y se instalará un aparente equilibrio... hasta la llegada de la próxima irrupción.

El control reforzado

Ante esa secuencia, si sigo con el procedimiento, me dispondré a fortalecer el control para que no vuelva a haber otros "escapes”, creyendo que lo ocurrido se debe a que no controlé bien mi parte inmadura.

Lo que desconozco es que es el control mismo el que produce esta evolución, en virtud del mismo principio por el cual la compresión de un resorte aumenta proporcionalmente su potencia expansiva, como un muelle. Todo lo controlado se convierte, al final, en algo incontrolable.

¿Cuál es, entonces, el modo adecuado para propiciar las transformaciones en la conducta humana? Sin duda alguna, el aprendizaje. Ésta es una característica básica de todo organismo vivo, que alcanza en el hombre su mayor desarrollo y constituye precisamente una de sus peculiaridades distintivas.

Voluntad de enseñar y aprender

En un vínculo de aprendizaje existen, por un lado, alguien que enseña y, por otro, alguien que aprende. Cuando esto sucede, el controlador cesa como tal y se convierte en actitud docente asistencial y lo controlado se transforma en alguien con plena disposición para aprender.

En una relación de aprendizaje genuino, quien enseña no impone nada, sino que colabora con la otra parte para tratar de descubrir las mejores soluciones. No sólo descubrirán juntos las metas, sino también el camino que les permitirán alcanzarlas.

En realidad, lo más valioso que se puede enseñar es la actitud de aprender continuamente y el mejor modo de hacerlo es a través del ejemplo activo del propio docente.

Estas nociones son válidas tanto para el profesor y el alumno en el mundo externo como para la relación entre dos aspectos interiores de la misma persona.

Por ejemplo, cuando mi deseo de cambiar mi miedo a hablar en público comprende todo esto, en lugar de destinar energía para ocultarlo o controlarlo, se dispone hacia él con una sincera actitud de aprendizaje.

Entonces, mi deseo de cambiarlo se podrá preguntar: ¿qué es lo que necesita recibir este miedo para estar en condiciones de evolucionar hacia la tranquilidad y la confianza? En esta pregunta ya está presente la disposición para aprender del miedo lo que éste necesita y también la disposición a brindárselo en la medida de mis posibilidades.

Encontrar tu sabiduría emocional

Cuando mi deseo de cambiar a mi parte miedosa ha desarrollado esta doble actitud –aprender para enseñar y, mientras enseña, seguir aprendiendo– halla la sabiduría emocional y asistencial.

Cuando aprendemos a asistirnos a nosotros mismos, podemos encarar cualquier desacuerdo, interno o externo, sin generar antagonismos ni conflictos. Consideramos a cada una de nuestras partes o facetas como dignas partícipes de nuestra personalidad y comprendemos que todas aportan cosas importantes.

Entonces, las vicisitudes que recorrerá mi miedo, mi enojo o mi inseguridad en este camino de aprendizaje, con sus incógnitas, aciertos y errores, serán simplemente otra manifestación más de este misterioso e impredecible oficio de vivir.