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Infancia

¿Somos violentos por naturaleza?

Creados para la paz, criados para la guerra

María Berrozpe

Encontrar la semilla del comportamiento violento de niños y jóvenes es la clave para cambiar esta sociedad actual que ha normalizado la convivencia con la violencia.

Asumimos que los niños “son crueles” por naturaleza. Es “normal” que insulten al niño de las gafitas, al gordito o al extranjero de la clase porque “los niños son malos”. Según el doctor Dr. Antonio Andrés Pueyo, un 7% de los escolares maltrata a sus compañeros de forma regular, y un 9% suele ser víctima. Los picos de edad de estas conductas están en los 7 y los 13-14 años. También consideramos “normal” que los adolescentes sean ariscos, retadores e, incluso, lleguen a cometer actos vandálicos. Un 6% de los jóvenes se convierte en agresor o violento persistente y la gran mayoría realiza alguna vez conductas anti-normativas y violentas. La literatura y la filmografía popular están llenas de ejemplos de historias de niños que, como parte normal de su niñez, se pelean, cazan, torturan, mienten y rompen las normas familiares y sociales de convivencia.

La ciencia desmiente la idea de que la violencia es innata

Pero la violencia no es innata, sino que es aprendida, tal y como refleja el Manifiesto de Sevilla escrito para la UNESCO en el año 1986 por un comité de 17 especialistas mundiales en diversas disciplinas científicas.

El profesor de psiquiatría de la universidad de Nueva York, Luis Rojas Marcos asegura que aunque la agresividad sí que puede ser innata y nos ayuda en nuestra supervivencia, la crueldad y la violencia se aprenden. Según Rojas Marcos, las semillas de la violencia se siembran en los primeros 10 años de vida (etapa de enorme neuroplasticidad en la que el cerebro se cuatriplica de tamaño) y las siembra el ambiente.

¿Qué factores nos impulsan a ser agresivos?

La exposición a la violencia durante la infancia es un importante factor de riesgo a la hora de generar niños y jóvenes violentos. A pesar de lo cual tradicionalmente hemos considerado que una educación autoritaria, basada en la contención mediante el castigo, incluso el castigo físico, es la única capaz de controlar esa supuesta violencia innata en nuestra naturaleza y dar como resultado adultos pacíficos adaptados a la vida en sociedad.

Es lo que lo que la periodista alemana Katarina Rutschky denominó Pedagogía Negra en un libro del mismo título publicado en el año 1977. Años más tarde la psicóloga suiza Alice Miller popularizaría todavía más esta denominación en su obra Por tu propio bien. Raíces de la violencia en la educación del niño en la que denuncia los estragos que causa en el niño una educación que, apoyándose en la idea de que “te castigo por tu propio bien”, anula su voluntad y lo convierte en un ser dócil y obediente, al tiempo que lo conduce a una repetición de los actos: el niño al que han pegado, amenazado y humillado, en el futuro amenazará, pegará y humillará a su vez. Y eso mismo nos dice la ciencia con estudios como el realizado por Tracy Afifi, publicado en la prestigiosa Pediatrics, en el cual se demuestra que, incluso en ausencia de maltrato, la tan aceptada “bofetada a tiempo” está asociada con el desarrollo de desórdenes del estado de ánimo, trastorno de ansiedad, abusos de sustancias y desórdenes de la personalidad.

El estrés de la madre influye en la conducta agresiva del niño

Pero las semillas de la violencia se siembran ya desde la etapa primal, esto es, desde la concepción hasta el primer año de vida. Sabemos que el estrés sufrido por la madre durante el embarazo aumenta la posibilidad de que su hijo desarrolle desórdenes de conducta, agresividad y ansiedad.

El doctor Michel Odent y el pediatra sudafricano Nils Bergman nos dicen que el nacimiento es otro momento delicado en el que intervenciones como la administración de oxitocina sintética (la hormona del amor) o la separación del bebé de su madre tras el parto, pueden marcar el desarrollo neurológico del bebé hasta el punto de afectar su salud física y mental en la vida adulta. Esta necesidad de contacto humano del bebé, especialmente con su madre, sigue vigente durante los siguientes nueve meses, considerados la etapa de exterogestación, una realidad perfectamente reflejada por Jean Liedloff en su obra.

Debemos evitar los conflictos paterno-filiales

James Prescott nos demostró en los años 70 que las sociedades más pacíficas son las que más respetan esta necesidad primal de los bebés de estar en contacto físico con su cuidador. Hoy sabemos que la costumbre imperante en nuestra cultura de mantener a los bebés lejos de nuestro cuerpo, obligándolos incluso a dormir en solitario, les genera estrés y esto puede superando su capacidad de adaptación, lo cual se considera otro factor de riesgo significativo a la hora de desarrollar comportamientos violentos tanto durante la niñez como en la vida adulta.

Por lo tanto, si queremos una sociedad pacífica debemos plantearnos un importante cambio de paradigma. Los bebés gestados, nacidos y criados en ambientes no estresantes que colmen sus deseos primales se convertirán en niños que no arrastrarán carencias y, por lo tanto, tendrán una mayor predisposición para la convivencia pacífica, la empatía y el amor. Si estos niños son además educados sin violencia, jamás conocerán la dominación, el autoritarismo o el miedo al castigo, por lo que no necesitarán repetir ese patrón en los demás o en sus propios descendientes. Es posible que estos niños sean entonces capaces de desarrollar toda su capacidad de amar, tal y como predice Michel Odent y, con ello, de crear una sociedad más pacífica y tolerante, donde la violencia, tanto en niños como en adultos, no sea norma sino excepción.