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Controversia

TDAH: ¿mito o realidad?

El Trastorno por déficit de atención e hiperactividad (TDAH) viene predecido por una larga polémica.

Rafael Narbona

Todos los años llegan a mis clases alumnos con diagnóstico de TDAH (trastorno por déficit de atención e hiperactividad). Nunca advierto nada especial. Algunos se muestran pasivos e inseguros. La medicación les mantiene levemente aturdidos y apenas se comunican con sus compañeros. Si hablas con ellos, adviertes que su autoestima está por los suelos. Piensan que no son como los demás y parecen resignados. Su presunto déficit de atención parece más bien apatía y escasa motivación. Creo que algunos se perciben a sí mismos como material desechable. Sus notas suelen ser mediocres, quizás porque no confían en sus posibilidades.

Otros son más inquietos y alborotan un poco, pero de una forma perfectamente comprensible a su edad. No parecen enfermos, sino traviesos e inconstantes, como tantos otros chicos. Por último, están los que aparentan haber roto los lazos con el exterior, recluyéndose en un mundo íntimo y recóndito. Muchas veces he pensado que su mente ha quedado atrapada por sus fantasías y ensoñaciones, quizás porque la realidad les resulta insoportable. Iván pertenecía a ese grupo. Se sentaba al lado de la ventana y contemplaba el paisaje. Mientras yo explicaba algo en la pizarra, su mente se escabullía como una cometa que aprovecha un golpe de viento. No tomaba apuntes. Prefería dibujar o doblar un papel hasta convertirlo en un dragón o un unicornio. Le apasionaban la papiroflexia y los bocetos de castillos medievales.

En las juntas de evaluación, los profesores solían comentar: “Iván siempre está en su mundo”. Yo me preguntaba si su mundo no era más estimulante que el tedioso mundo de las programaciones oficiales. Siempre me he sentido muy cerca de los “malos alumnos”, pues nunca logré adaptarme a la rutina del colegio. No prestaba atención a los profesores, organizaba mal mis obligaciones académicas –mejor dicho: no organizaba nada–, tendía a realizar varias actividades a la vez –aún lo hago–, buscaba sin descanso nuevos estímulos, me saltaba las normas, me mostraba impaciente e impulsivo, era fantasioso y creativo, aceptaba de mala gana la autoridad, a veces me enfadaba, tendía a evadirme con fantasías o hablaba sin parar. Todos estos rasgos coinciden con los “síntomas” del TDAH. ¿Significa eso que yo era un niño con ese “trastorno”? En los años sesenta, la psicología española se encontraba en el pleistoceno. El principal recurso pedagógico era el jarabe de palo, que se administraba en forma de capones, bofetadas y castigos humillantes. Si hubiera nacido treinta años más tarde, tal vez me habrían recetado psicofármacos...

El TDAH: ¿qué es y por qué genera polémica?

¿Cuál es la historia del TDAH? Antes de contestar, conviene relatar la creciente medicalización del comportamiento humano a lo largo del siglo XX. En 1952 apareció la primera edición del DSM, el Manual diagnóstico y estadístico de los trastornos mentales (en inglés, Diagnostic and Statistical Manual of Mental Disorders), confeccionado por la Asociación Estadounidense de Psiquiatría.

El propósito era elaborar una exhaustiva clasificación de los distintos trastornos mentales para facilitar el diagnóstico y el tratamiento, sin mostrar preferencia por ninguna escuela, corriente o teoría psiquiátrica. Desde entonces, han aparecido cinco ediciones que han ido sumando nuevas patologías o trastornos. La última (DSM-V) se publicó el 18 de mayo de 2013. Los grupos de trabajo que han participado en la elaboración de las sucesivas ediciones aseguran que nunca han pretendido clasificar a las personas, sino clasificar los trastornos, pero han surgido muchas críticas denunciando que se tiende a describir como patologías todas las conductas discordantes con el paradigma cultural predominante.

DSM y su necesidad de normalizar las conductas de los niños

Por ejemplo, produce perplejidad que el DSM-IV transformara la rebeldía infantil y juvenil en una supuesta enfermedad mental llamada “trastorno de negativismo desafiante”. Discutir reiteradamente con los adultos y cuestionar sus órdenes no es un síntoma patológico que deba ser erradicado mediante psicofármacos. ¿No es un rasgo habitual de los más jóvenes practicar la desobediencia y el inconformismo?

Yo siempre he pensado que la rebeldía es un signo de higiene mental. Es imposible construir la propia identidad sin rebelarse contra los adultos, sometiendo sus valores a un examen crítico. Sin esa confrontación, nunca se habría planteado la necesidad de abolir los castigos físicos, asumiendo que los niños y las niñas deben crecer sin estar sometidos a ninguna forma de intimidación. ¿No se podría decir que en la psiquiatría actual hay un intento de reprimir y someter a los niños y adolescentes menos sumisos? ¿Es aventurado afirmar que el DSM es un ejercicio de ingeniería social, una abusiva medicalización de los comportamientos atípicos o considerados socialmente inadecuados?

Es frecuente leer que el TDAH fue descubierto por el psiquiatra Leon Eisenberg, pero en los años treinta ya se hablaba de niños inquietos y con dificultad para concentrarse, apuntando que tal vez sufrían un síndrome posencefálico. Los investigadores descartaron la idea porque en la mayoría de los casos no había antecedentes de encefalitis, si bien no dejaron de señalar la existencia de un trastorno que afectaba a la concentración, dificultando el aprendizaje y el proceso de socialización. En los sesenta, Eisenberg abordó la cuestión y, tras estudiar infinidad de casos, llegó a la conclusión de que estos niños experimentaban una “reacción hipercinética”, por lo que debían ser tratados con dextroanfetaminta y metilfenidato. En 1968, la “reacción hipercinética de la infancia” se incorporó al DSM, aunque con los años cambió de nombre por el actual trastorno por déficit de atención e hiperactividad.

El abuso del diagnóstico del TDAH

El semanario alemán Der Spiegel publicó en 2012 unas declaraciones que Eisenberg había realizado antes de morir. En ellas afirmaba que el TDAH era una “enfermedad ficticia”: “El TDAH es un ejemplo de enfermedad sobrediagnosticada. La psiquiatría infantil debe determinar detalladamente las razones psicosociales que pueden conducir a problemas de conducta. ¿Hay peleas con los padres, la madre y el padre viven juntos, hay problemas en la familia? Estas preguntas son muy importantes, pero lleva mucho tiempo responderlas. Es más rápido prescribir una píldora. La predisposición genética para el TDAH está completamente sobrevalorada”.

Eisenberg no rectificó a última hora, presentándose como un impostor. Simplemente, señaló que se había abusado del diagnóstico y se había enfatizado demasiado en la carga genética, recomendando que se aplazara la receta de psicofármacos hasta comprobar que no existía un problema susceptible de ser resuelto mediante la psicoterapia.

La medicación para los niños "trastornados"

Su advertencia no tuvo mucho éxito. En 1983, se vendieron en las farmacias alemanas 43 kg de metilfenidato. En 2011, la cantidad había subido hasta 1.760 kg, y la tendencia al alza continúa. En Estados Unidos, casi el 6% de los niños menores de doce años han recibido un diagnóstico de TDAH y es tratado con psicofármacos. Dentro de esa espiral, se ha establecido que el 60% de los afectados padece alguna patología asociada: ansiedad, depresión, bipolaridad, síndrome de Tourette. En menos de una década, se ha multiplicado por cuarenta el número de niños menores de diez años con diagnóstico de TDAH y trastorno bipolar.

A veces son niños de tres o cuatro años, medicados casi como adultos pese a que algunos estudios han alertado de los peligros de los psicofármacos en menores, pues en no pocos casos inducen tendencias suicidas o conductas violentas. Eric Harris y Dylan Klebol, autores de la masacre de la Escuela Secundaria de Columbine en 1999, se hallaban en tratamiento por distintos trastornos de la personalidad y varios psiquiatras han señalado que los psicofármacos quizás acentuaron sus comportamientos antisociales.

Sin diagnóstico: una enfermedad que es puro humo

No hay ninguna prueba diagnóstica que demuestre la existencia del TDAH. No hay marcadores cognitivos, metabólicos o neurológicos que nos proporcionen datos contrastados. Me parece que no se pueden considerar síntomas de un trastorno que un niño se aburra con las clases magistrales, se resista a memorizar datos y fechas, se distraiga y juegue con sus compañeros, haga travesuras o se desespere con la rutina de una pedagogía decimonónica, que obliga a los alumnos a no moverse de sus pupitres durante seis interminables horas, a veces más.

La enseñanza oficial uniformiza, clasifica y excluye. Su objetivo no es educar, sino normalizar. Es decir, integrar al alumno en un sistema económico y social, sin preguntarle si desea participar en él o prefiere permanecer al margen. No puedo creer que casi un 6% de los niños sufran TDAH y, en muchos casos, patologías asociadas. Creo que muchos de esos niños podrían desplegar su potencial en un entorno menos opresivo, desarrollándose libre y espontáneamente de acuerdo con sus inquietudes y creatividad. Los objetivos pedagógicos de la enseñanza oficial son un eufemismo que encubre la intención –consciente o no– de reducir al ser humano a una variable económica.

Yo no fui capaz de ayudar a Iván, pues los profesores que ejercemos la docencia desde hace muchos años nos formamos pensando que lo esencial era conocer la materia, no al alumno. Siempre he intentado destacar los rasgos positivos de mis alumnos, alabar sus iniciativas y respetar sus opiniones. Iván cambió de instituto después de suspender un montón de materias. Años más tarde, coincidí con él en el centro de Madrid. No sin dificultades, había terminado el bachillerato y estudiaba diseño gráfico. Su timidez se había convertido en una moderada sociabilidad. Hablamos unos minutos y nos separamos. Le observé mientras se alejaba, pensando que detrás de cada caso de TDAH, late el fracaso de todos, pero con la esperanza de que algún día padres, familias y alumnos logremos alumbrar un modelo educativo capaz de integrar a todos los niños, transmitiéndoles que cada uno de ellos representa algo único, valioso e irrepetible.

Ante una “etiqueta”de TDAH: amplía el foco: no es cosa del niño

Eisenberg no se equivocaba al afirmar que lo más rápido es recetar una pastilla y no dedicar un tiempo a explorar el entorno ni las circunstancias que rodean a ese niño. El déficit de atención y la hiperactividad no expresan una patología del cerebro, sino un conflicto adaptativo a un sistema creado sin tener en cuenta las necesidades de los niños y los jóvenes.

1. Retrasar la escolarización

Podríamos preguntarnos si la principal causa de la falta de atención, la hiperactividad y los problemas de aprendizaje no será la escolarización temprana y la educación excesivamente académica antes de tiempo. Un estudio realizado por un grupo de investigadores de la Universidad de Stanford (Estados Unidos) concluye que retrasar un año la entrada a la escolarización de los 5 a los 6 años reduce espectacularmente la incidencia de TDAH: “Comprobamos que retrasar un año la entrada reducía la falta de atención e hiperactividad en un 73% a la edad de 11 años, y eliminaba prácticamente la probabilidad de tener un comportamiento inatento o hiperactivo ‘anormal’ o más alto de lo normal”.

2. Al aire libre en lugar de encerrados

Una vez escolarizados, hemos normalizado que los niños se pasen ocho horas en espacios artificiales. Pero la ciencia nos demuestra que en entornos naturales nos sentimos más plenos y que en ellos es más sencillo recuperar el equilibrio. Favorecer el contacto regular con la tierra en lugar del asfalto, o del sol en lugar de las luces artificiales, puede ser de gran ayuda para niños y jóvenes. En Finlandia y países nórdicos los niños comienzan la escuela a los 7 años. Antes lo único que hacen es jugar, la mayor parte del tiempo al aire libre.

3. Evitar actividades uniformizadoras

En España, los niños de 3-4 años están ya sentados frente a una mesa, coloreando fichas y aprendiendo a escribir y a contar, muchísimo antes de estar mínimamente interesados o maduros para ello, y sacrificando lo más importante que pueden hacer a esa edad: jugar libremente.

4. Flexibilidad para autorregularse

Los niños están rodeados de normas que creamos en su día los adultos porque nos ofrecen seguridad al hacernos creer –erróneamente– que tenemos más control de las situaciones que vivimos junto a ellos. Convendría que las revisáramos para ayudar a darles verdadero espacio y tiempo para aprender a cuidar de su propio bienestar: poder beber, comer, moverse, descansar cuando cada uno lo necesite.

5. Observar la unicidad y necesidad de cada uno

A veces, sin darnos cuenta, promovemos desde casa o desde la escuela actividades y propuestas “a granel”, iguales para todos, sin pararnos a apreciar las verdaderas necesidades de cada niño o de cada miembro de la familia. Estar abiertos a sus demandas, en lugar de rellenarles la agenda nosotros, puede ser un primer paso hacia su propia autoescucha.

6. Etiquetas y comparaciones, fuera

Sabemos que cada uno es único, pero cuántas veces nos pasamos el día haciendo comparaciones entre los hermanos o comparando a nuestros hijos con sus amigos. El juicio solamente nos aleja, los encasilla y los deja atrapados en un rol del que se hace muy difícil escapar.

7. Revisar los horarios según sus biorritmos

A cada edad los seres humanos tenemos unas necesidades diferentes. En la adolescencia, por ejemplo, los biorritmos te llevan a estar más despierto mentalmente a partir de media mañana y no a primera hora. Dormir hasta más tarde es lo natural y les permite realizar las sinapsis y conexiones cerebrales necesarias durante esta etapa.

8. No a los premios ni a los castigos

Parecen efectivos, pero tan solo en lo superficial e inmediato, más no en lo profundo. Aparentemente logramos modelar su conducta; aun así, existen otras maneras más empáticas de lograr unos vínculos más sanos basados en la presencia del adulto que nutre, apacigua (da paz) y sostiene al niño que se muestra inquieto.

9. Evitar excitantes y tóxicos

Podemos revisar si su alimentación está favoreciendo en él el equilibrio y el bienestar. Sin embargo, en lugar de prohibir los alimentos refinados y azucarados, podemos ofrecerle alimentos sanos, o dejarlos a su alcance, y experiencias vitales que ayuden a su plenitud.