Superar el Transtorno de personalidad Múltiple

Salud Mental

Trastorno Límite de Personalidad: 4 claves para gestionarlo

Pautas para un abordaje integral y alternativas a la medicación

Rafael Narbona

Conseguir un buen diagnóstico, encontrar el apoyo psicoterapéutico adecuado, y seguir una rutina que nos aporte calma y estabilidad, son algunos de los pasos para encarar con éxito la situación y empezar a sentirnos mejor.

¿Qué es el trastorno límite de la personalidad (TLP)?

El trastorno límite de la personalidad (TLP) se confunde a menudo con el trastorno bipolar, pero en realidad son dos afecciones distintas. En el trastorno bipolar, los ciclos de euforia y depresión suelen acontecer por separado. Duran meses y se caracterizan por un estado de ánimo decaído o exaltado. En cambio, en el trastorno límite de la personalidad, el estado de ánimo cambia a diario, con picos de euforia y depresión que raramente se prolongan más allá de dos o tres días.

Todo depende de la interacción con el entorno. Se puede hablar de una hipersensibilidad extrema. Cualquier pequeño evento desata la desesperación o el optimismo. Además, esta forma de reaccionar se acompaña de un alto grado de empatía. Solo un buen profesional puede realizar un diagnóstico adecuado, lo cual es fundamental para adoptar una estrategia terapéutica.

1. Psicoterapia, mejor que fármacos

Los psiquiatras tienden a recetar psicofármacos, pero todo indica que la psicoterapia es mucho más eficaz. No es una enfermedad con una base biológica (al menos, probada), sino un trastorno de la personalidad. Los psicofármacos pueden mitigar la ansiedad, pero enseguida crean dependencia y se convierten en un problema. El trastorno suele responder mal a la medicación.

El afectado no mejora y crece su desesperación. Parece ser que la terapia dialéctica conductual funciona bastante bien, ayudando a modular las emociones. Desarrollada por la psicóloga Marsha Linehan, se orienta a desarrollar la tolerancia a la frustración, identificar y organizar las emociones, estimular las habilidades sociales, conducir la ira y mejorar la autoestima con una percepción equilibrada de uno mismo. No hay que descartar otras escuelas terapéuticas. En último término, lo esencial es que surja un clima de entendimiento y respeto muto entre el paciente y el terapeuta.

2. Un entorno estable

Es imposible controlar completamente el entorno, pero conviene rehuir los conflictos innecesarios. Si las relaciones familiares son una fuente de malestar, hay que establecer límites y pautas para relajar las tensiones. Si la comunicación no funciona, distanciarse temporalmente es una opción. El diálogo a veces resuelve los problemas, pero no siempre es posible. Es necesario evitar las relaciones tóxicas. Si nos quieren de verdad, nos aceptarán como somos. Y si tenemos que pensar cada frase por miedo al rechazo, no merece la pena continuar la relación.

3. Aceptarse a uno mismo

El primer paso de una buena reeducación emocional es aprender a amarse y a respetarse. Hay que cerrarle el paso a las ideas que menoscaban la autoestima. En los momentos de desánimo, conviene recordar las cualidades y los logros, relativizando los fracasos. Los fracasos representan la oportunidad de mejorar, pues nos enseñan el origen de nuestros errores. En cualquier caso, siempre existe la posibilidad de iniciar un nuevo camino. Si un objetivo no es realista, hay que sustituirlo por otro.

4. Aprender a relajarse

El ejercicio físico libera endorfinas, disminuyendo notablemente los sentimientos negativos. Ayuda a contener las reacciones impulsivas y dañinas. Si no puedes ir a un gimnasio o practicar un deporte, pasear o cuidar un jardín puede ser suficiente. Es importante acostarse todos los días a la misma hora y crear rutinas placenteras. Escuchar música, leer, hablar con los amigos o llevar un diario contribuye a desarrollar una visión más objetiva de las cosas. Los seres humanos son imperfectos y su conducta, muchas veces, decepcionante. Es absurdo negarlo, pero no es menos irracional ignorar que uno también desilusiona a los otros. La madurez consiste en no alimentar expectativas desmesuradas o infantiles. En todas las relaciones hay luces y sombras.