Pareja con perro en la cama

Crecer en plenitud

El verdadero origen del amor

Todos nacemos con la capacidad de amar, que es hacer el bien, cuidar, sostener al otro... La desplegamos si nos hemos sentido amados de niños y también cuando maduramos

Laura Gutman

Hablar sobre el amor suele ser confuso, ya que automáticamente pensamos en el amor romántico entre dos adultos. Hemos crecido fascinados por los cuentos de hadas y luego durante la vida adulta nos nutrimos de mitos, películas, novelas e historias que alcanzan cierto nivel de felicidad en la medida en que se consume un amor de pareja. Más allá de que el amor en las parejas exista y sea deseable, pienso que es pertinente ubicar el origen de la capacidad de amar.

Los seres humanos nacemos –todos, sin excepción– con la capacidad para desplegar ese atributo: hacer el bien al otro. Porque amar es eso, es dar prioridad al otro por encima de las propias necesidades: atender, compadecer, sentir y facilitar la vida al prójimo.

Descubriendo de dónde nace el amor

Ahora bien, los seres humanos nacemos inmaduros. Para que en el futuro podamos desplegar nuestros recursos, incluyendo el desarrollo de la capacidad de amar, tenemos que atravesar toda nuestra infancia en estado de recibimiento. Este estado es fundamental, mucho más de lo que las teorías filosóficas y religiosas nos recuerdan hoy en día.

Amar es dar prioridad al otro por encima de las propias necesidades: atender, compadecer, sentir y facilitar la vida al prójimo

La niñez es la etapa de la vida en la que necesitamos ser incondicionalmente amados. ¿Amados por quién? En lo posible por nuestra madre o por la persona maternante. Es muy probable que todos recordemos las palabras de nuestra madre diciendo cuánto nos ha amado y cuánto se ha sacrificado por nosotros. ¿Es verdad? Desde el punto de vista de nuestra madre, claro que sí. Pero desde el punto de vista del niño que hemos sido... es poco probable que hayamos sido colmados en nuestras necesidades básicas como criaturas de mamífero humano.

La semilla del amor

La niñez es el momento de la vida en que los seres humanos deberíamos haber vivido el amor en toda su dimensión. Deberíamos habernos sentido bendecidos, amados, seguros, cobijados, acompañados, comprendidos, acariciados, ayudados y colmados. No deberíamos haber sido exigidos para ser ni para hacer algo diferente a lo que espontáneamente nacía de nuestras entrañas. Deberíamos haber sido simplemente acompañados en nuestras exploraciones. Deberíamos haber tenido un acceso libre al cuerpo de nuestra madre. Deberíamos haber recibido solo sonrisas y muestras de aprobación, palabras cariñosas y explicaciones de nuestros estados emocionales.

Si hubiéramos vivido el amor en toda su dimensión durante nuestras infancias... habríamos desarrollado simultáneamente la compasión por el otro y el interés permanente por hacer el bien. Sentiríamos a la Tierra llorar o despertar, sentiríamos a los animales y a las plantas, sentiríamos a otros niños en sus alegrías o sufrimientos, y estaríamos atentos para compensar cualquier falta o necesidad sin sopesar si nos conviene.

Si hubiéramos vivido el amor en toda su dimensión durante nuestras infancias... habríamos desarrollado la compasión por el otro

El amor se experimenta –o no– durante la primera infancia. Los niños no deberíamos responder a las expectativas de nadie, sino solo explorar nuestro propio universo a medida que vamos creciendo, bajo la mirada atenta y compasiva de los mayores que nos cuidan. Eso es el amor. Es la vivencia interna de que el amor nos rodea en todo su esplendor y que no hay nada que temer ni nada que hacer al respecto.

Si hubiéramos crecido en ese estado de beatitud... el amor sería una práctica cotidiana y nos resultaría evidente que no hay nada más importante que lo que podamos ofrecer al otro. El amor y el altruismo van de la mano. Amar al prójimo como nos amamos a nosotros mismos es uno de los preceptos más antiguos y, sin embargo, aún no logramos alcanzar ese hábito.

Mirar nuestras heridas del pasado romántico

¿Qué podemos hacer hoy al descubrir que no hemos sido amados –según nuestras expectativas– cuando fuimos niños? ¿Cómo podemos aprender a amar hoy si no hemos tenido esa experiencia?

En primer lugar, es indispensable abordar la realidad de nuestra infancia con los ojos bien abiertos. Nadie puede modificar una experiencia interna si no tiene claridad sobre qué es lo que acontece en verdad. No se trata de juzgar a nuestra madre ni a quienes nos han criado. Solo se trata de abordar las carencias que como criaturas humanas hemos padecido, para comprender los mecanismos de supervivencia que hemos desplegado. Esos mecanismos fueron compensatorios y, en general, tienden a suministrarnos aquello que nos faltó. Luego, esa maquinaria suele funcionar para colmarnos y satisfacernos en todas las áreas de la vida. Y todo sistema de autosatisfacción... es contrario a la capacidad de amar, que está basada en que la prioridad la tiene el otro.

Abordemos las carencias que como criaturas humanas hemos padecido para comprender nuestros mecanismos de supervivencia

Cuando estamos aún carentes de amor, no podemos dar prioridad al otro, sino que intentamos calmar necesidades antiguas que vivimos como si fueran actuales. Por eso duelen. Por eso precisamos colmarlas. Por eso, la necesidad del prójimo queda relegada. Es indispensable comprender nuestro vacío interior y los motivos por los que sentimos la imperiosa necesidad de autosatisfacernos.

El segundo paso es observar todo el entramado: nuestra niñez, nuestra juventud y nuestra adultez hasta poner las cosas en su lugar. En esta segunda etapa, ya no deberíamos sufrir por aquello que nos sucedió cuando fuimos niños, porque eso ya pasó. No podemos volver atrás. Aunque sí es imprescindible comprender qué pasó y qué hemos hecho con eso que nos pasó. Una vez que hemos comprendido, con humildad y agradecimiento, estaremos listos para lo que sigue. Me refiero al tercer paso: preguntarnos si estamos dispuestos a amar al otro, incluso si no hemos sido suficientemente amados. ¿Cómo lo haremos? Comprendiendo que –aun sin haber recibido el nivel de amparo y cariño que hubiéramos necesitado durante nuestra niñez– podemos decidir amar.

Dar amor nos libera

La capacidad de amar está latente en nuestro interior. Es factible ponerla en práctica sabiendo que amar es registrar al otro, aceptar al otro en su esencia, acompañarlo en sus requerimientos, apoyar, sostener, escuchar, atender y estar disponibles. Todo eso es amar.

Amar es aceptar al otro en su esencia, apoyar, sostener, escuchar, atender y estar disponibles. Todo eso es amar

Pero ¿qué pasa si –incluso haciendo ese esfuerzo– no nos sentimos amados? No pasa nada. Cuando fuimos niños hubiésemos necesitado ese amor incondicional. En cambio, la edad adulta se convierte en un estado dadivoso. Solo amando nos daremos cuenta de que no precisamos nada más. Que el hecho de estar atentos y disponibles nos transforma, nos embellece y nos inunda de felicidad. Siempre que –de tanto en tanto, cuando aparezcan vestigios de esa necesidad infantil– sepamos que esos sentimientos están ahí arraigados, pero ya no constituyen nuestra realidad. Y la manera de abordarlos con conciencia es reconociendo que hemos madurado y que nadie nos puede impedir hacer el bien.