Serenidad urbana

7 técnicas para vivir en la ciudad sin estrés

La vida urbana es muy estimulante. Tanto, que puede generarnos estrés. Debemos procuranos momentos, espacios y costumbres que nos permitan la serenidad.

Carlos Fresneda

​¿Para qué nos caemos, Bruce?

El talante ideal en las ciudades es el de una serena inquietud: estar abiertos a los estímulos positivos y, al mismo tiempo, ser capaces de aislarnos del estrés y la sensación de vacío que causa la agitación urbana. Técnicas como la atención plena, las micromeditaciones o la pausa consciente nos pueden ayudar a encontrarla.

En busca de la serenidad urbana

La congestión del tráfico. La sonata machacona de las máquinas perforadoras. El ruido que no cesa, el aire irrespirable. La presión constante, la falta de tiempo. El bullicio nocturno, el resplandor que nos impide ver la estrellas. Y el rugido de fondo que nos despierta antes de tiempo cada mañana. El monstruo de la gran ciudad...

Pero siempre hay rincones que nos reconcilian con la vida. Un pequeño oasis en mitad del asfalto o el rumor de una fuente camino del trabajo. La fronda generosa de un árbol o el canto de los pájaros. El viento de cara cuando sacamos la bicicleta y escapamos de la trampa diaria del coche.

Todas las ciudades tienen dos caras, y nadie nos obliga a movernos exclusivamente por una de ellas. Al fin y al cabo nos hacemos urbanitas por conveniencia, porque resulta más estimulante y eficiente, porque somos seres sociales unidos por un propósito colectivo. Aunque los hay que se pasan media vida soñando con vivir en el campo, y hasta se atreven a buscar la utopía en la naturaleza. Pero muchos luego vuelven.

Cómo alejar el estrés en la ciudad

Jonathan Kaplan, el psicólogo, es uno de ellos. Se pasó media vida alternando los dos mundos: temporadas en grandes ciudades, compensadas con largas estancias en el Ohio rural. “Llevaba una vida equilibrada y libre de estrés, pero me faltaba la vibración de la gran ciudad. Terminé cambiando la serenidad del campo por la sobreexcitación de Nueva York.”

El estrés empezó a pasarle factura en cuestión de semanas. “Mi salud se acabó resintiendo por la presión mental, por la comida rápida y por la falta de ejercicio. Acabé abandonando mi práctica diaria de meditación. Era incapaz de encontrar el espacio emocional, mental y físico en la estrechez de mi apartamento.”

Jonathan Kaplan empezó a experimentar los mismos síntomas que los pacientes: “Me hablaban de la sensación de soledad insondable, pese a estar rodeados de gente día y noche. Me decían lo quemados que estaban por el ritmo de vida, las tareas múltiples y la hipercompetitividad en el trabajo. Me confesaban la ansiedad que les producía tener que estar conectados y disponibles las 24 horas del día”.

1. Mindfulness

Jonathan Kaplan tiró de su propia experiencia y concluyó que el mejor antídoto contra la neurosis urbana era la meditación. De todas las escuelas, y siguiendo la estela trazada por Jon Kabat-Zinn (Vivir con plenitud las crisis, Kairós), decidió experimentar con sus pacientes el arte budista del mindfulness: la atención plena y consciente.

Kaplan fue escribiendo un blog donde alternaba su propia experiencia con consejos impartidos a sus pacientes, y con el tiempo cuajó en un libro: Urban Mindfulness, o cómo cultivar la paz, la presencia y el propósito en medio del torbellino urbano.

“El método consiste en reconectar con nuestra respiración y observar con todos los sentidos”, nos explica el propio Kaplan. “El siguiente paso es dejar fluir nuestros pensamientos y nuestras emociones y aceptar la experiencia tal cual es, sin juicios ni críticas. En pocas palabras: aterrizar en el aquí y ahora.”

“Pero la atención plena no consiste simplemente en sentarnos en un cojín, sino que podemos llevarla con nosotros a todas las horas”, advierte el psicólogo, que invita a meditar con el traqueteo del metro y usar las sirenas de las ambulancias y de los bomberos como despertadores del ahora, a modo de campanas tibetanas.

2. Micromeditaciones

Mark Thornton, autor de Meditation in a New York Minute, va más allá y recomienda a los urbanitas que aprovechen el mínimo resquicio para incluir pequeñas meditaciones en su vida diaria.

“Cualquier momento es bueno, la espera en los semáforos, la subidas o bajadas en ascensor, incluso los trayectos en las escaleras mecánicas”.

Sostiene que hay que adaptar la milenaria técnica a la locura de la vida moderna porque la gente no tiene tiempo para meditar media hora por la mañana o por la noche, ni siquiera en la pausa del almuerzo. “Conectar con la respiración es la clave”, asegura, “y con la práctica es posible en menos de un minuto”.

Pero la “atención consciente” tiende a diluirse y a dejar paso al “piloto automático” si no se ejercita habitualmente. En el fondo es como una gimnasia mental que conviene practicar con regularidad en grupo, si es posible combinada con yoga o con algún ejercicio físico, o eso es lo que recomienda Jonahtan Kaplan.

“Otra de las ventajas de vivir en la ciudad es precisamente la facilidad para encontrar mentes afines que nos ayuden a recordar cuál es nuestra meta compartida”.

Ya lo dijo Séneca: “no hay nada más contrario a la serenidad que la inconstancia”. De la actualísima recopilación del filósofo cordobés en Invitación a la serenidad (Temas de hoy), nos quedamos con otra lección impagable para la vida en la polis del siglo XXI: “No permitas que tu vida se agote, imperceptible, entre ocupaciones”.

3. Disfrutar el instante

De un sabio más cercano, el monje vietnamita Thich Nhat Hanh, sacamos otro aprendizaje esencial: el valor de las cosas mundanas... “despierto esta mañana y sonrío, veinticuatro nuevas horas por delante y la intención de vivir plenamente cada momento, y mirar a todos los seres vivos con compasión.”

Las meditaciones de Nhat Hanh en Momento presente, momento maravilloso (Dharma) son el remedio contra el estrés diario, empezando por el acto de abrir la ventana y respirar, de abrir el grifo y sentir el roce del agua, de salir caminando y meditar en acción, de escuchar el teléfono móvil y no sentir la urgencia de contestar en el acto.

Stephan Rechtschaffen, autor de Timeshifting, reivindica también el valor de las tareas cotidianas –planchar, barrer, fregar los platos– para poner mentalmente los pies en la tierra.

Un remedio infalible que recomienda Rechtschaffen: liberarnos de la tiranía del reloj. “¿Alguien se ha parado alguna vez a escuchar su reloj personal? No podemos pelearnos con los horarios impuestos, pero tampoco podemos hacernos esclavos. Tenemos que ser capaces de quitarnos los grilletes de las muñecas y fluir con el tiempo.”

4. Pausas conscientes

Pero el ritmo trepidante de las grandes ciudades suele crear un “proceso de arrastre” que a veces resulta inevitable, advierte Rechtschaffen. Como antídoto, recomienda hacer

  • Pausas conscientes para recuperar el timón del tiempo. Cada dos horas, conviene hacer un alto en nuestra tarea para realizar estiramientos y ventilar las ideas.
  • Paréntesis temporales o momentos sagrados en los que no permitiremos que nada interfiera en nuestro ritmo interior.

Incluso cuando trabajamos, busquemos momentos en los que no permitiremos ninguna interferencia (correo, sms, whatsapps, redes sociales...).

Como colofón, teoría y práctica del tiempo espontáneo: un día de descompresión tecnológica, sin planes ni compromisos sociales, la improvisación como máxima.

5. Explorar la ciudad con los seis sentidos

Y ahora basta de expertos. Dejemos atrás incluso la meditación y aprendamos a “dejar libre la mente”, como hace a diario Pilar Sampietro, coautora (junto a Ignacio Somovilla) de un libro que nos reconcilia con Barcelona y con cualquier ciudad: El jardín escondido (Pol·len Edicions).

“Yo no medito. Me limito a no mirar el paso del tiempo y a descubrir en un solo espacio los detalles que me rodean.” El otro gran secreto de Pilar Sampietro es la bicicleta, “sobre todo por las mañanas, cuando paso delante del mar, cruzo la Ciutadella y ahí comienzo a oler un poco la estación del año: tan solo unos segundos bastan para situarme y conectar”.

Su libro es una invitación a explorar la ciudad con los seis sentidos (si incluimos la intuición) y a encontrar nuestro propio lugar en uno de tantos vergeles naturales que nos están esperando al otro lado de una tapia o a la vuelta de la esquina.

Tener siempre a mano, o de camino, un oasis urbano en el que podamos respirar hondo una, dos o tres veces al día.

Una invitación a reconciliarse con la gran urbe y dejarse arrastrar por ese río humano de historias, esa encrucijada cultural y vital que es al final lo que nos vincula y nos retiene.

6. Moverse de otra manera por la ciudad

El estrés se contagia. Evitar las horas punta. Si es posible, adelantar o retrasar las salidas o llegadas del trabajo para evitar las aglomeraciones.

Y bajarse del coche. Nada contribuye más a disminuir el estrés (y a mejorar el medio ambiente) que dejar de conducir en la ciudad.

Y subirse a la bici. Bueno para la salud, para el aire y para nuestra mente. Descubrirás un ritmo y una perspectiva distinta de la vida urbana.

7. Caminar y hacer ejercicio

Caminar, caminar, caminar. No hay una manera mejor de tocar tierra y reencontrarnos con nuestro reloj interior. Es imprescindible el ejercicio físico.

Al menos cuarenta minutos al día: correr por la mañana, nadar al mediodía, gimnasio por la tarde…

También el yoga y meditación. Ideal si una vez a la semana, vamos arealizar yoga o meditación en grupo, ayuda a combatir otro de los males urbanos la sensación de “multitud solitaria”.

Serena inquietud

Me atrevería a decir que es el estado ideal en una ciudad es el de serena inquietud: allá donde la calma interior se da la mano con la sucesión de estímulos, ideas y promesas de una vida mejor, a cielo abierto o entre cuatro paredes, camino del trabajo o sin salir de casa, volando en bicicleta, meditando en el metro o descubriendo a nuestro paso nuevos y fascinantes detalles en cada esquina. se hace ciudad al andar...

suscribete Octubre 2017