Sin estrés

¡Adiós, ansiedad! Entiéndela para desactivarla

Cuando aparece es que ha llegado el momento del cambio, de dar cabida a los afectos profundos y crear las condiciones para que la serenidad regrese a nuestra vida

Alejandro Napolitano

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A veces experimentamos la descorazonadora sensación de que nuestra vida está perdiendo sentido.

Miramos a nuestro alrededor y lo que descubrimos son obligaciones y exigencias, menos tiempo para la intimidad o la constatación de que nuestros valores y nuestras acciones son un rompecabezas que no encaja. Entonces sentimos ansiedad.

Carmen se vanagloria de ser puntillosa y perfeccionista, pero cae fácilmente en la desesperación al querer controlarlo todo y se desliza, como por un tobogán, hacia la impotencia y el descontrol.

Julián depende siempre de la aprobación de los demás y, al perseguir el éxito como su único alimento, se aleja tanto de su propia naturaleza que se vuelve incapaz de interpretar las sabias y evidentes señales que provienen de su cuerpo.

Magdalena se compara con mediomundo y siempre sale perdiendo; descalifica lo que es y lo que hace, e inhibe su auténtica expresividad, llenándose de síntomas y dolencias físicas.

La lista, que podría ser interminable, tal vez nos sirva para darnos cuenta de que cuando los síntomas de la ansiedad se hacen presentes, nos están señalando que ha llegado la hora de revisar qué estoy haciendo con mi vida, y de comenzar a considerar si no habrá que cambiar algunas cosas.

¿Qué es la ansiedad exactamente?

Desde hace ya unos cuantos años, la palabra “ansiedad” ocupa espacios cada vez mayores en los medios de comunicación. Se trata de un término salido del ámbito de la psicología clínica y que nos llega como traducción literal de la palabra inglesa anxiety, aunque en castellano ya contábamos con el término “angustia”.

Conocimos la angustia existencial en los años cuarenta gracias a los filósofos existencialistas como Kierkegaard y, posteriormente, Sartre, que la asociaban a nuestro temor a la muerte, al fin de la vida.

Muchas veces, también experimentamos la angustia como sociedad, al enfrentarnos a catástrofes naturales, guerras o situaciones de crisis.

Sin embargo, la angustia que se ha transformado en un problema de salud pública en nuestras sociedades modernas no es ni aquella nombrada por los existencialistas y que está relacionada con nuestro temor a la muerte, ni la que proviene del horror de las tragedias. No.

La angustia contemporánea está ligada a una honda separación de todo lo que, desde siempre, ha representado la fuente de la alegría y el sentido del vivir: nuestros afectos, el cultivo amoroso de los vínculos íntimos, la conexión con la naturaleza y el cuidado de lo viviente.

Este alejamiento produce una opresión y un sin sentido muy intensos. E intentar huir de ello nos lleva a una vida plagada de sobreexigencias, urgencias e incesantes apremios.

Del estrés a la calma

Tal es la extensión del fenómeno de la ansiedad en nuestros días, que la hemos bautizado con un nombre específico: estrés.

Esta palabra, que originalmente designó los cambios biológicos que los científicos detectaban en un organismo que atravesaba alguna situación acuciante, salió de los laboratorios para instalarse en medio de las conversaciones familiares.

Lo que los científicos llamaron “síndrome general de adaptación” o stress, se refiere a los ajustes necesarios para salir de una situación de riesgo. Claro, se supone que una vez que la lucha o la fuga permiten deshacerse del peligro, el organismo en cuestión recupera su anterior estado de calma o equilibrio.

Pero, ¿qué sucede si esa situación de riesgo se prolonga durante mucho tiempo o de forma indefinida?

Estamos preparados, orgánicamente, para enfrentar momentos graves o peligrosos, pero nos deterioramos mucho si el estado de sobreexigencia se prolonga de forma excesiva. La vivencia de amenaza, la sensación de peligro, generan lo que se conoce como “angustia señal” o, simplemente, miedo.

El miedo promueve una cascada de dispositivos nerviosos y hormonales que preparan el cuerpo para escapar o luchar.

Esos dispositivos son muy precisos y eficaces en situaciones específicas y relativamente breves, pero se tornan especialmente perjudiciales si se llegan a prolongar durante lapsos de tiempo demasiado prolongados.

¿Qué pasa en nuestro cuerpo?

Durante los primeros momentos de peligro producimos grandes cantidades de adrenalina, con lo que se eleva nuestra presión arterial, nuestro corazón late mucho más deprisa, se dilatan las pupilas y también se alteran muchos otros ajustes fisiológicos de gran importancia.

Después, otra hormona de la glándula suprarrenal, el cortisol, comienza a segregarse en grandes cantidades, lo que refuerza y profundiza el estado anterior.

Si la situación se mantiene y entramos en un estado de estrés crónico, nuestro organismo comienza a sufrir y se torna más vulnerable. Los elevados niveles de cortisol en la sangre nos hacen proclives a que ese estado, que comenzó con estrés y siguió con ansiedad, entre ahora en la depresión.

La depresión muchas veces es el resultado del estrés crónico y de la ansiedad, sostenidos durante tiempos prolongados

El exceso de cortisol también nos debilita, hace que disminuyan nuestras defensas y la primera y fundamental consecuencia es que nos vuelve más susceptibles de contraer enfermedades infecciosas. Basta saber que esas defensas son las mismas que nos protegen del crecimiento de células tumorales, por lo que podría, por ejemplo, aumentar la predisposición al cáncer.

Los estados de ansiedad desmesurada trazan un camino al que se entra fácilmente, pero del que es difícil salir.

Estadísticas coincidentes en muchos países aseguran que casi el 50% de la población urbana padecerá en algún momento de su vida alguna forma de trastorno por ansiedad, y que en el 10% de los casos se tratará de crisis de pánico.

La presencia simultánea de síntomas de ansiedad y depresión se da en el 58% de los pacientes con trastornos por ansiedad

Síntomas y señales

La ansiedad se presenta casi siempre como un trastorno del cuerpo. Y aparecen alguno de estos síntomas

  • Sobreviene un mareo
  • O la sensación de percibir intensamente los latidos del corazón;
  • Se nubla la vista,
  • Aparece cierta dificultad para respirar
  • O una indefinible sensación gástrica que nos impide disfrutar de la comida.

El cuerpo y sus sensaciones se vuelven amenazantes. Anuncian el abismo. Algunos pensamientos pueden acompañar el descalabro: “me estoy volviendo loco”, “tengo miedo que esto vuelva a repetirse, ya no lo soporto”, “algo horrible está por ocurrir”, “esto se me va de las manos, temo perder el control”.

Un aliado llamado miedo

Pero cuidado, ni la ansiedad ni el miedo son nuestros enemigos. Por el contrario, el miedo nos protege de riesgos y peligros, nos indica lo que puede ser perjudicial para nosotros, lo que puede llegar a dañarnos o a lastimarnos de forma grave o dolorosa.

La ansiedad es el resultado de no ser ignorantes ni tontos: sabemos que el dolor, el sufrimiento y la muerte existen, que son parte de nuestra vida.

Pero esos no son los verdaderos peligros.

Nuestros verdaderos enemigos son la ansiedad desbordada y el miedo disfuncional, ambos fruto de conflictos psicológicos que se nos escapan, de relaciones contaminantes en las que nos involucramos o de la desmesura con que conducimos nuestra vida. Sobre ellos sí debemos actuar.

Tratamiento: actuar sobre las causas

En la psiquiatría, los ansiolíticos son los medicamentos utilizados para combatir los síntomas de la ansiedad y se encuentran entre los más consumidos en el mundo occidental. Pero más allá de su eficacia para controlar los síntomas de la ansiedad, el consumo abusivo o erróneo de los ansiolíticos provoca graves trastornos físicos y psicológicos.

Aunque los ansiolíticos atenúan o anulan los síntomas de la ansiedad, obviamente, dejan intacto el conflicto psicológico que persiste detrás de los síntomas visibles. Es como si un médico tratara una infección sólo con medicación antifebril. Eliminaría el síntoma pero no las causas de la fiebre.

Reconectar con la ilusión

La superación de la ansiedad pasa por reconectarse con esa verdadera fuente de bienestar que es el afecto. Adquirir de nuevo esa forma de ser genuina, fuerte y cálida, fruto de mantener relaciones auténticas. Entonces, la vida se convierte en un prometedor espacio de descubrimiento y no en un amenazante páramo.

La psicoterapia nos podrá ayudar a determinar qué aspectos de nuestra vida actual nos separan de ese camino.

  • Qué es lo que pretendo de la vida
  • Qué me impide obtenerlo
  • Hacia dónde me dirijo en la actualidad.

Existen algunos tratamientos muy efectivos que permiten un abordaje real de las causas de la ansiedad. Entre los principales podemos citar la terapia gestáltica, la terapia cognitivo-conductual o la psicoterapia centrada en el cliente.

Las técnicas de relajación y meditación como el yoga también son útiles.

Pero más allá de escuelas, lo más importante es optar por un vínculo con el terapeuta que nos ayude a abordar nuestros conflictos con confianza, y creer en la posibilidad de su resolución.

suscribete Octubre 2017