¿Qué es la celotipia?

Cómo transformar los celos en amor de verdad

Son tan frecuentes que muchos creen que son normales, inevitables e incluso muestras de amor. Nada más lejos: lo tieñen de desconfianza o violencia.

Xavier Serrano

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La mayoría de las personas hemos sentido alguna vez la punzada de los celos. Pero una cosa es tener una reacción emocional momentánea y otra muy distinta ser víctimas de la desconfianza, la sensación de abandono o los impulsos violentos.

Cuentan que la diosa griega Hera se enteró de que su esposo Zeus había dejado encinta a Leto –una diosa de la noche– y decidió vengarse de ella por toda la eternidad. Hera estaba celosa: ardía por dentro, se sentía furiosa. Porque eso es lo que significa esta palabra: deriva del latín zelus (ardor, celo), que a su vez proviene del griego zein (hervir).

¿Por qué tenemos celos?

Para la mayoría de los mortales, recelar que el ser amado está trasladando su cariño y su deseo hacia otra persona supone una experiencia compleja que se puede expresar de maneras distintas con diferentes grados de gravedad: las reacciones celosas puntuales, los celos como neurosis y los celos como celotipias o delirios psicóticos.

Las primeras son las más habituales, las que muchos hemos sentido alguna vez. Son fruto de nuestras inseguridades, baja autoestima... Nos invitan a reflexionar sobre nuestros intereses y necesidades reales dentro de la pareja.

Pero si esta desconfianza se cronifica puede llevar a otros tipos de celos, veámoslos.

Celos neuróticos

En las ocasiones que adquieren una dimensión obsesiva y perturbadora, capaz de inducir estados emocionales que laceran el alma y perturban el cuerpo, asociados a una actitud posesiva, reflejo de la cultura machista de nuestro sistema social y educativo.

En una relación en la que impera la desconfianza y la falta de complicidad, detalles nimios como cambiarse de vestido para ir a una reunión, tardar en abrir la puerta o atender al teléfono con prisas son percibidos como señales de engaño, lo que provoca una atmósfera densa y sofocante en la que el peligro y la amenaza se convierten en protagonistas.

Potenciar la comunicación y la tolerancia es el primer paso para superar esta situación, aunque a veces podemos necesitar ayuda externa.

Ana y Felipe, dos de mis pacientes, son un ejemplo de esos celos neuróticos: solicitaron una psicoterapia de pareja cuando, tras dos años de feliz convivencia, se sorprendieron enzarzándose en continuas discusiones por la incertidumbre que les producían algunos comportamientos del otro, y echándose en cara actitudes cuando se encontraban con su grupo de amigos.

Durante las sesiones se dieron cuenta de que no eran coherentes con su pensamiento liberal, sino que estaban llenos de prejuicios y temores y que tampoco eran las personas seguras que pretendían ser.

Asumirlo les permitió acallar sus fantasías, intensificar la comunicación y la aproximación afectiva y sexual, sentirse más cercanos y flexibles y reafirmar el amor que sentían todavía el uno por el otro.

Celotipia: celos fuera de control

Cuando los celos se ven teñidos de un fuerte e insoportable sentimiento de abandono y de traición que da lugar a estados perceptivos delirantes, a menudo asociados a crisis psicóticas, o bien a personalidades psicopáticas que se traducen en manifestaciones extremas, violentas y destructivas, que el filósofo y psiquiatra alemán Karl Jaspers definió ya en el año 1910 como “celotipias” o “delirios celotípicos”.

¿Cómo identificarla?

En estos casos extremos, la desconfianza se instaura en la pareja sin motivo aparente, hasta el punto de que cualquier acción del otro ratifica las sospechas del que padece los celos. Esta confirmación le lleva incluso a oír voces que le exhortan a la venganza y le hacen fantasear sobre la forma de llevarla a cabo.

El sufrimiento emocional es enorme, tanto para la persona que vive ese estado alterado de conciencia como para la que sufre las consecuencias, confundida entre la sorpresa y la incomprensión más absoluta. En estos casos, se genera un cuadro trágico, que suele formar parte de lo que hoy se denomina usualmente en nuestro país como “violencia de género”.

¿Cómo solucionarla?

Luis se sumergió en ese estado infernal al año de vivir con Paula. Un día, percibió en ella un olor que asoció a un perfume masculino. Empezó entonces a tener sueños repetitivos y angustiosos en los que ella mantenía relaciones sexuales con otros hombres, o con mujeres, hasta volverse en una obsesión.

Esa creciente dinámica no le impedía ser consciente de su turbación: se sentía extraño consigo mismo y con temor a “enloquecer”.

No se atrevía a decirle nada a su compañera, porque se consideraba una persona abierta y sensata, y porque una parte de él sabía que aquello no era cierto y pensaba que podía superarlo sin ayuda. Pero su preocupación fue en aumento cuando sintió que perdía el control: “comenzaron a invadirme reacciones furibundas contra Paula. Tenía impulsos violentos. Un día me encontré insultándola y a punto de pegarle por una tontería doméstica”.

Por mediación de su amigo Alberto, vino a mi consulta e iniciamos una intervención en crisis combinando sesiones individuales y de pareja con un seguimiento psicofarmacológico puntual para neutralizar tanto el emergente delirante (la crisis psicótica) como el psicopático. El cuadro remitió en unos meses, en gran medida gracias a la implicada colaboración de ambos y al apoyo de su amigo Alberto.

Luis pudo comprender que en su crisis habían influido tanto situaciones del momento como algunas experiencias infantiles que confluyeron desbaratando su sistema defensivo psicosomático: problemas económicos, el fallecimiento de su madre, las dificultades de su compañera para concebir, su propio nacimiento prematuro y el tiempo que permaneció en la incubadora sin alimentarse del pecho materno, su temprana entrada en la guardería y episodios de violencia escolar que vivió.

Paula, su pareja, también pudo obtener beneficio de esa experiencia, porque acompañar a su marido en su regreso de las sombras en las que estaba sumido le permitió comprenderlo mejor, ratificarse en el amor que sentía por él y vislumbrar, al mismo tiempo, algo de su propio lado oscuro, lo que le ayudó a consolidar su relación de pareja.

Hay diferencias considerables en la forma de vivir los celos, asociadas fundamentalmente a las distintas estructuras de personalidad de cada uno.

En ocasiones, la voluntad y las posturas racionales no son suficientes para superar los celos. Aunque, en la mayoría de los casos, podemos gestionar esos impulsos viscerales creando relaciones de pareja basadas en la tolerancia, la complicidad, la comunicación y la confianza, propiciando espacios familiares y educativos que cubran las necesidades de cada uno y donde se fomente el trabajo en equipo y el apoyo mutuo.

suscribete Octubre 2017