Salud mental

No es depresión, es inflamación

Numerosos factores ambientales actúan como impulsores del proceso inflamatorio, que está estrecha y bidireccionalmente vinculado con la depresión.

Tomás Álvaro

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Vivimos momentos de cambio, con nuevos sistemas de valores y creencias y nuevos conocimientos que nos obligan a replantearlo todo. Ni tan siquiera los especialistas se ponen de acuerdo, quizás porque realmente es imposible hacerlo.

Cada punto de vista es legítimo, aporta una parte de verdad y es radicalmente diferente a la perspectiva que contempla el mismo objeto desde otro punto de luz.

La depresión, esa enfermedad ancestral, tan de moda en nuestros días, nos trae una nueva perspectiva, a la luz de nuevos hallazgos científicos que la conciben como una enfermedad inflamatoria.

Numerosos factores del ambiente y el estilo de vida occidental resultan proinflamatorios, y desde esta perspectiva, la dieta, el estrés, la inactividad física, los tóxicos, la microbiota intestinal, el sueño o la falta de vitamina D, están en la base del alarmante deterioro de salud mental, incluyendo trastorno bipolar, esquizofrenia, autismo, síndrome de estrés postraumático y depresión.

La buena noticia es que todos ellos resultan ser factores plásticos, modificables a veces con una mínima intervención, otras con un cambio de estilo de vida y todos ellos al alcance de la mano de aquel que con el conocimiento y la intención ponga en marcha sus propios recursos a su favor.

Depresión e inflamación: una relación de ida y vuelta

Se han identificado al menos 28 síntomas diferentes en los pacientes con depresión. De ellos el DSM, el manual diagnóstico de los trastornos mentales, tan solo incluye 15, dejando fuera 13 entre los que se cuentan la ansiedad, el pánico, la irritabilidad o la reactividad emocional.

Muchos médicos, psiquiatras, psicólogos e incluso instituciones científicas cuestionan seriamente los criterios del DSM para diagnosticar no solo la depresión, sino la mayoría de las alteraciones en salud mental.

La crítica principal es que sus criterios diagnósticos están al servicio de un enfoque medicamentoso como tratamiento base de la enfermedad, cuando por ejemplo en la depresión, ha sido demostrado que la terapia psicológica es tan efectiva o más que los antidepresivos, pero sin sus efectos secundarios.

En España la depresión suele ser tratada por el médico de cabecera, en Atención Primaria, de la manera más fácil, es decir recetando antidepresivos. Cuando eso no es suficiente y si el propio paciente insiste, será remitido al psiquiatra, y solo si este lo considera oportuno, lo cual ocurrirá pocas veces, lo remitirá a un psicólogo, que con un poco de suerte lo atenderá pasados unos meses.

El problema con los antidepresivos es que constituyen un mero tratamiento del síntoma, pero no apuntan a la raíz, no corrigen el pensamiento, las emociones o las conductas desadaptativas que están en la base de la enfermedad.

Un conocido neurólogo que ha estudiado durante treinta años el efecto del gluten en el cerebro afirma que la inflamación está en la base de la enfermedad de Alzheimer. Y hace pocas semanas un estudio de la Universidad de Southampton en Reino Unido descubrió que, si se bloquea la inflamación del cerebro, se reducen los problemas de memoria derivados del Alzhéimer y se detiene el avance de esta enfermedad.

Unos investigadores de la Universidad de California, en San Francisco, estudiaron a 2500 personas durante cinco o seis años para comprobar que aquellas personas que tenían depresión desarrollan casi el doble de demencias que aquellos que no.

Otro grupo de investigadores de Northwestern, Chicago, Illinois, estudiaron a ratas deprimidas en una especie de parque de atracciones, con juguetes y sitios para correr, jugar, esconderse y trepar. Lo que querían comprobar era si el ambiente podía producir una mejora en las ratas. El resultado fue una reducción drástica del comportamiento depresivo de los animales, medido a través de las pruebas apropiadas.

Y ya puestos quisieron comprobar si lo contrario también pasaba. La pregunta ahora era, ¿podrá el ambiente desencadenar depresión? Esta vez cogieron a ratas normales y las sometieron a una situación estresante un par de horas cada día. El resultado: las ratas estresadas mostraron un comportamiento deprimido al cabo de un par de semanas.

Conclusión: los genes no determinan necesariamente que una persona sufra depresión, ya que el medio ambiente y sus circunstancias constituyen un factor importante capaz de modificar la predisposición genética a la depresión.

Lo siguiente que hicieron es estudiar marcadores analíticos en la sangre capaces de distinguir entre el grupo de ratas deprimidas y las que no lo están. ¿Y qué marcadores aparecieron? Los marcadores de la inflamación.

¿Y de dónde viene la inflamación?

De todos los factores proinflamatorios, seguramente los más estudiados son el estrés y el trauma psicológico, tanto más intensos cuanto antes aparecen: el periodo perinatal y la infancia temprana son períodos especialmente sensibles.

Los estresores psicosociales inducen elevaciones de las citocinas proinflamatorias que orquestan reacciones inflamatorias acompañadas de cambios neuronales, de estado de ánimo y del comportamiento.

Las experiencias tempranas de estrés, como maltrato, abuso, aislamiento social y duras condiciones económicas, emocionales y sociales duplican la probabilidad de sufrir inflamación crónica, aumentan el envejecimiento y se ha calculado que acortan la vida media del individuo unos 15 años.

Es decir, que el estrés que ocurre de forma temprana en la infancia ejerce efectos persistentes sobre largos periodos de tiempo o quizás para toda la vida, a través del incremento de la respuesta inflamatoria y la susceptibilidad a enfermedad, tanto orgánica como de salud mental.

Los estudios muestran que a peor calidad de la dieta, mayor probabilidad de desórdenes mentales.

Una relación especial se ha observado con la cantidad de omega 3, que tiene un destacado efecto antinflamatorio, la proporción de fibra y, en el caso de la depresión, la cantidad de selenio en el agua y de licopenos en la alimentación, que actúan modificando los niveles de inflamación

Depresión y obesidad

La dieta occidental, alta en grasas, proteína animal e hidratos de carbono y rica en alimentos procesados, resulta proinflamatoria. En cambio, un mes de dieta mediterránea rica en vegetales y frutas, granos enteros (ricos en beta-glucanos), pescado y legumbres, es capaz de reducir los niveles plasmáticos de marcadores inflamatorios.

La obesidad, otra alteración inflamatoria, correlaciona directamente con la depresión, mientras que esta predispone a la obesidad. Y el ejercicio físico actúa como un excelente tratamiento contra la depresión, mientras que el sedentarismo se asocia a mayor riesgo de padecerla.

Su mecanismo de acción es a través de su efecto antinflamatorio. La disminución de masa muscular, llamada sarcopenia, tanto por la edad como por la obesidad, se acompaña de deterioro cognitivo ligado a inflamación.

Depresión y tabaco

El hábito del tabaco incrementa el riesgo de depresión, mientras que la depresión incrementa el comportamiento tóxico.

Una vez más se han estudiado y reconocido los mecanismos a través de los cuales el tabaco incrementa los marcadores inflamatorios y afecta a las células inmunes residentes en el cerebro, los astrocitos y la glia, con un patrón exactamente superponible al de la depresión.

Depresión y salud dental

La caries dental y la inflamación periodontal y de las encías no actúa únicamente a nivel local, sino que constituyen un elevado grado de inflamación sistémica que se ha convertido en un verdadero problema de salud pública, en que casi la mitad de la población está afectada.

Gingivitis e inflamación periodontal correlacionan con numerosos factores psicológicos, baja autoestima, soledad, altos niveles de estrés y depresión. La acumulación de placa bacteriana y la alteración de la microbiota bucal conlleva una respuesta inflamatoria no solo a nivel local, sino sobre todo el organismo, por lo que sirve de marcador de fallo inmunitario para resolver la inflamación.

Otro tipo diferente de respuesta inflamatoria es la que se asocia a enfermedades alérgicas, como el asma, el eczema, la rinitis alérgica o cualquier otra del estilo cuya asociación con la depresión también ha sido probada.

Medidas cotidianas saludables y antinflamatorias

Los medicamentos antidepresivos tienen un efecto antinflamatorio bien documentado, que puede ser también producido por una variedad de factores de salud y estilos de vida, especialmente una dieta antinflamatoria, rica en omega tres, probiótica y con complementos adecuados de vitamina D3, el ejercicio físico, una buena salud cardiovascular y disponer de herramientas de gestión del estrés.

¿Qué tienen en común todos estos factores? Que son antinflamatorios, desde el ejercicio hasta la vitamina D3 y el control del estrés, todos ellos amortiguan el efecto proinflamatorio del sistema inmune y regulan su correcto funcionamiento.

Depresión y microbiota

Uno de los conocimientos emergentes que con toda seguridad van a revolucionar nuestra vida en un futuro inmediato, desde nuestra dieta, hasta el tratamiento médico de multitud de enfermedades, el parto, la lactancia o el cuidado personal, es el que corresponde a la microbiota.

Los científicos han descubierto que en la depresión existen unos niveles inflamatorios elevados de inmunoglobulinas contra una parte de la pared de bacterias Gram negativas, llamadas lipopolisacáridos.

En situaciones de aumento de la permeabilidad intestinal (enfermedad inflamatoria, tratamiento antibiótico, estrés, dieta occidental, estreñimiento, etc) dichas bacterias atraviesan la pared del intestino y llegan a la sangre, donde generan una respuesta inflamatoria.

Los microorganismos beneficiosos que habitan el intestino actúan como moduladores del sistema inmune y la inflamación, aparte de constituir un estímulo hormonal de primer orden y también de la fabricación de neurotransmisores.

El 90% de la serotonina que usan nuestras neuronas, disminuida en la depresión, nace justamente en nuestro intestino, como fruto del estímulo de una flora bacteriana conservada.

Es decir, que es preciso cuidar la microbiota intestinal ya que está implicada por activa (neurotransmisores) y por pasiva (inflamación) en las causas de la alteración mental y muy en particular de la depresión.

Depresión y descanso

Recuperar el sueño en la persona deprimida es muy importante, ya que sus patrones anormales se asocian a numerosos efectos adversos a la salud, incluyendo mayor riesgo de mortalidad, morbilidad y una peor calidad de vida.

En depresión, cerca del 90% de las personas sufren algún tipo de alteración del sueño, camino bidireccional, ya que los pacientes con depresión suelen sufrir insomnio, y el insomnio facilita la aparición de depresión.

Experimentalmente la deprivación de sueño, tanto agudo como crónico, produce una alteración de la inmunidad, observable incluso con restricciones moderadas de sueño (entre seis y ocho horas/noche). Ello se acompaña de numerosos cambios a nivel hormonal y neurobiológico, comparables a los que se encuentran en pacientes deprimidos.

Depresión y vitamina D

El estado vitamínico deficitario más importante y prevalente en el mundo occidental es el de la vitamina D, lo cual se asocia a un amplio rango de enfermedades, desde la osteoporosis al cáncer, pasando por la depresión.

En el cerebro existen receptores para esta vitamina-hormona, donde desempeña un papel sobre el control de los ritmos circadianos y el sueño, los niveles de glucocorticoides y el crecimiento neuronal.

La vitamina D modula el efecto del sistema inmune y la respuesta a la infección, y sus niveles bajos han sido asociados a la depresión. La exposición razonable al sol, así como la ingesta de complementos son capaces de incrementar los niveles de esta vitamina imprescindible.

Los científicos han identificado una respuesta inflamatoria de bajo grado asociada a la depresión y ahora las investigaciones se centran en sus posibles causas.

Numerosos factores ambientales de riesgo actúan como mediadores del proceso inflamatorio, como el estrés, factores psicosociales adversos, la dieta occidental, el sedentarismo, sobrepeso y obesidad, el tabaco, alteraciones intestinales y de su flora conocidas como disbiosis, alergias y atopias, la caries dental y la inflamación de las encías, las alteraciones del sueño y el déficit de vitamina D.

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