Consecuencias del maltrato infantil

¿Dónde nace la esquizofrenia? ¿Qué nos pasó siendo niños?

Todo desequilibrio mental es adquirido. Eso significa que algo nos sucedió siendo niños y que hemos reaccionado de alguna manera a eso que nos sucedió.

Laura Gutman

origen esquizofrenia

Los diagnósticos de enfermedades mentales abarcan un rango enorme de manifestaciones, sin embargo describiremos cómo vamos logrando que una mente nacida pura y sana “enloquezca”.

Esquizofrenia: desconectar del maltrato infantil

En nuestra civilización es muy difícil encontrar a un niño recién nacido que reciba de su madre el nivel de amparo, dedicación, ternura y cobijo que espera, en sintonía con las vivencias que ha tenido durante los nueves meses dentro del vientre materno, en los que ha experimentado un estado de absoluto confort.

Los niños nacemos y no solo no nos encontramos en brazos de nuestra madre, sino que las reacciones vitales que generamos para intentar atraerla –llantos, enfermedades o brotes en la piel– a veces logran el efecto contrario: ella no solo no aparece para acunarnos, sino que está tan molesta que nombra eso que nos pasa con palabras muy alejadas de nuestra propia realidad.

A medida que crecemos mamá dirá: “Eres un tonto” o bien “eres insoportable” o “eres tan maduro que deberías ocuparte de tus hermanos porque tú eres grande y ellos son pequeños” o “estás sobreprotegido”. En fin, todas esas palabras surgidas del yo engañado de nuestra madre hacen estragos. Porque nombran hechos que no son tales.

Cuando la realidad es insoportable

Cuando los niños somos maltratados hasta un nivel que no podemos tolerar porque preferiríamos morir antes que vivir en esa realidad hostil, a veces –no siempre, solo a veces– los niños desconectamos. ¿Cómo lo hacemos? Es fácil, decidimos sutilmente que eso que pasa, en realidad no pasa. Algunos niños somos extremadamente sensibles y el dolor frente a la violencia de mamá es insoportable. Entonces reaccionamos con furia.

Cuando hay altos niveles de crueldad sobre un niño con alta sensibilidad, el resultado va a ser desgarrador.

Los niños lloramos. Hacemos berrinches, intentamos explicarle a mamá que sufrimos en la escuela, que nos dan miedo los gatos, que el abuelo nos hace daño, que tenemos terror de quedarnos solos, que hay monstruos detrás de las ventanas, que los mosquitos nos pican escondidos entre las sábanas, que la maestra nos grita, que soñamos que nos morimos, que tenemos un nudo en el estómago y no podemos pasar la comida, que si la comida pasa nos lastima las tripas, que queremos quedarnos en casa, que no queremos jugar con niños que nos pegan, que estamos desesperados y solo queremos un abrazo.

Sin embargo, vamos a la escuela, nos cruzamos con los gatos, nos quedamos a dormir con el abuelo, pasamos muchos ratos solos, nadie nos defiende de los monstruos, nadie mata a los mosquitos, estamos desprotegidos frente a la maestra, comemos asqueados todo el plato de comida y no sabemos cómo conseguir un abrazo. Es tal la desesperación y las amenazas recibidas por los berrinches que hicimos en el autobús el domingo pasado, que mamá y papá han sistematizado los castigos.

Ahora pasamos mucho tiempo solos en nuestra habitación sin poder mirar la tele y sin comer en familia. En la escuela no tenemos amigos. Preferimos encerrarnos para que nadie nos moleste. Aislados y sin interés por los vaivenes familiares, mamá y papá nos consideran tontos. Solo querríamos obtener el último juego que apareció en el mercado. Mamá y papá jamás lo comprarán ya que estamos castigados.

Diagnóstico: brote psicótico

Hasta que un buen día, con 13 años y la amenaza por parte de los adultos de dejarnos solos en casa del abuelo, hacemos un berrinche fenomenal. La diferencia es que ya medimos 1 metro 60. Nos hemos tirado al piso pretendiendo sacarnos la ropa y los zapatos, pataleando para que nadie se acerque. En medio de la descarga de ira apareció algún tío que fue testigo.

Ese tío llamó al médico. El médico llamó al psiquiatra y nos volvimos a casa con un diagnóstico de brote psicótico o esquizofrénico y una lista de remedios que mamá fue a comprar.

Mamá está inusualmente calma porque ya obtuvo respuestas: ahora encontró un significado para justificar nuestras descargas: “Estamos enfermos” y por eso éramos indomables. Con la medicación no tendrá que tolerar más berrinches, porque resulta que no eran berrinches, sino “brotes”.

Por supuesto, nadie miró un poco más allá. Desde que hemos nacido, nunca nadie se puso en nuestra piel, nadie sintió nuestro abandono, nadie escuchó las amenazas de mamá diciéndonos que no deberíamos haber nacido, nadie fue testigo de las palizas que nos dio papá con el aval de mamá con una pala embarrada.

Nadie contuvo a mamá para que no descargara su furia sobre nosotros cuando encontró a papá con otra mujer. Nadie apoyó a mamá para que nos dijera una vez, al menos una vez en la vida, una palabra cariñosa. Nadie le acercó una propuesta de buen trato, porque ella misma no lo había aprendido. Nadie le propuso que revisara sus carencias, su impaciencia ni su destrato. Nadie se nos acercó en la escuela ni en la vecindad para preguntarnos qué nos gustaría hacer.

Nadie nos calmó en medio de un berrinche desesperado sino que todos los adultos se atrincheraron entre sí acusándonos de malcriados y malnacidos. Y nosotros –aún niños– hemos resistido a fuerza de golpes, gritos y patadas. Hasta que la fuerza de la medicación psiquiátrica nos acalló. Ahora creemos que “estamos enfermos”.

Las visitas al psiquiatra no son lugares de encuentro, ni de comprensión de sí mismo.

Nadie investiga los maltratos de mamá, ni sus furias ni sus desbordes. No aparece ninguna invitación para mirar de manera ampliada nuestra realidad. No, qué va. Es un trámite en el que se nos formulan algunas preguntas según un protocolo despersonalizado y luego nos cambian la medicación. Después acordamos una nueva cita para el mes siguiente mientras todo esté bajo control, es decir, sin conexión con nuestra desgarradora necesidad de amor.

suscribete Octubre 2017