Equilibrio imposible

Así viven las personas con trastorno límite de la personalidad

La historia de Lucía es la del trastorno borderline: no se quiere a sí misma, se maltrata. Vive como una equilibrista, en la cuerda floja de las emociones.

Carlos Ranera

trastorno limite personalidad

Lucía Fronteriza camina descalza por el filo de un cuchillo. Extiende los brazos en cruz y cierra los ojos, se concentra y busca un centro de gravedad que nunca encuentra. Avanza muy lentamente sabiendo que, en cualquier momento, volverá a caer. Una y otra vez.

Descender al infierno y volver a escapar. Intentar mantener el equilibrio. Ese es el reto. De hecho, en su blog está colgada la pintura de August Macke El equilibrista.

Trastorno borderline: una historia al límite

Lucía solo tiene 19 años y ya no le gusta la vida. Está de vuelta de todo. Y lo ha probado todo. Y de todo sale, sí, pero más delgada, más triste, más vacía...

Las drogas le han permitido, dice, tomar conciencia de otras sensaciones.

El sexo, vengarse de esos hombres y mujeres que parecen algo y no son nada.

Pero ya no le sirven, ni los hombres ni las mujeres ni las drogas.

–Al final acabaré haciendo oposiciones a superviviente o impartiré un máster en emociones envasadas.

–Ingeniosa, Lucía.

– No. Soy tonta. Y borde. Ustedes, los psiquiatras, usan una palabra para nombrar lo que me pasa que empieza por borde: borderline.

–Pero…

–No me corrija, sé inglés, era un juego de palabras. En el foro corría una especie de chiste de médicos, una regla nemotécnica para recordar los tipos de trastornos de la personalidad. Ustedes clasifican los trastornos de la personalidad en tres grupos: los que acojonan o grupo A (como los paranoicos o los esquizoides), los que tocan los cojones o grupo B (histéricos, antisociales) y los acojonados o grupo C (como los evitativos). Yo pertenezco al segundo, ¿no?

–Lucía…

–Pues a mí personalmente no me hace ninguna gracia tener trastornada la personalidad. Y también me inquieta, sinceramente. Y mucho. Si solo tenemos una personalidad, y la tengo trastornada, ¿qué me depara la vida?

No quiero entrar en este juego. Pero Lucía insiste

–¿Lo sabe usted? Preferiría tener una esquizofrenia y la personalidad normal. ¿No lo entiende? La personalidad es la persona. Mi personalidad es mi persona. ¿Quién va a querer estar conmigo? ¿A qué tipo de persona podré acercarme sin miedo a que me deje en cuanto me conozca?

–¿Cómo han ido las clases?-intento cambiar de tercio.

–No he ido. He pasado toda la semana encerrada en mi cuarto. Todo el mundo tiene una vida. A nadie le importo. Pasan de mí hasta que monto un pollo. Entonces todo son atenciones. Al principio, claro. Pero, cariño, no te pongas así… ¿Damos un paseo? ¿Quieres una pastilla? ¿Llamamos al doctor Ranera?

-¿Y luego?

-Luego, se les acaba la paciencia y en seguida me amenazan con llamar a la policía o llevarme a urgencias. Prefiero no salir de mi cuarto. ¿Y para qué voy a ir a clase? ¡Esteticista, belleza y estética! ¿Pero usted ha visto alguna esteticista con este aspecto?

–Solo pareces cansada.

–Parezco una vaca. Y tengo el pelo reteñido y horrible. ¿Ha visto la nueva entrada de mi blog? He colgado una de las canciones de Eros Ramazzotti. ¿Lo conoce? Dice: Da tanto vértigo mirar desde aquí, viendo cómo fluye la vida y tan lejos de mí, puedo y hago volteretas suspendido en el azul.

–¿Así te sientes?

– No sé cómo me siento. Hoy me he levantado con miedo. Pero no sé a qué. Creo que tengo miedo de mí misma. Y eso me asusta. Tengo miedo de morirme.

La atracción por la muerte

Lucía Fronteriza vive de milagro, aunque no cree en nada. Vive de milagro porque se ha intentado suicidar cuatro veces: una por amor cuando tenía 16 años, otra por desamor el día de su 17 cumpleaños, una más porque su padre es un cabrón, y la última, hace unas pocas semanas, porque nadie en el mundo la quería.

Una montaña rusa de emociones la lleva y la trae sin aparente concurso de su propia voluntad. La ira, el aburrimiento y la ansiedad destruyen cualquier proyecto, cualquier plan que acaricie en la calma de la noche para el día siguiente.

–Es como si todos los días, al poner la mesa, se me cayeran dos o tres piezas de la mejor vajilla. Entonces todo el mundo me mira y sé que piensan que no valgo para nada, que no se puede confiar en mí. Pienso que están deseando acabar de comer y salir corriendo para no verme más. Entonces me siento fea, estúpida e inútil. Y no puedo evitar ir a la cocina y darme un atracón de lo que encuentro hasta vomitar. Así me tranquilizo y me siento mejor. Otras veces, ya sabe…

–¿Qué?

– Que vienen esos momentos aún más difíciles. Casi siempre preludios de un nuevo ingreso. Es cuando estoy muy angustiada. Entonces me encierro en el baño, me desnudo y me siento en el suelo. Me hago cortes con una cuchilla de afeitar que guardo en la mesilla de mi habitación. En los muslos, en los antebrazos, en las muñecas...

-¿Por qué?

-No me asusta. Me asusta más no sentir nada. Es curioso, ahora me acuerdo que de pequeña me mareaba cuando me sacaban sangre. Luego, cuando he acabado, me curo las heridas una a una, con Betadine, y me ducho. Es como un ritual, como un conjuro. ¿Usted cree que los TLP tenemos la sensibilidad al dolor anestesiada? No me lo diga, me dirá que tal vez sí y que hay un estudio…

Acariciar un recuerdo

Lucía Fronteriza se mete en la ducha. Abre el grifo del agua con la máxima potencia, esperando a que el vapor rodee y acaricie su piel y se caliente el aire. Entonces cierra los ojos y vuelve a visualizar su mejor recuerdo. Siempre con la misma intensidad, con la misma nitidez.

Una tarde tibia de primavera, en la playa larga, al atardecer, con un sol enorme y naranja apoyado en las dunas. Estaban los cuatro. Su hermano con su padre, junto a la orilla, jugando con la arena y, un poco más alejadas, ella y su madre, intentando levantar una cometa. Lucía tenía cuatro años. Llevaba un vestido blanco, de tirantes.

Casi no había gente en la playa. El mar parecía un enorme lago. Y todo olía a una mezcla de salitre y alquitrán. Entre risas, por fin lograban levantar la cometa. Lucía miraba hacia su padre, esperando que se diera cuenta de que lo había conseguido. Y su padre, desde la orilla, le sonreía y le aplaudía.

Se le hace tarde. Lucía tiene que estar a las nueve en Barcelona, en la academia de estudios profesionales del Centro Balmes, escuela de esteticistas.

TLP: síntomas y características de quien lo sufre

El Trastorno Límite de la Personalidad (TLP) es un síndrome heterogéneo, de difícil delimitación y en constante controversia. También llamado limítrofe o fronterizo, se caracteriza por una marcada inestabilidad emocional, un pensamiento extremadamente polarizado y relaciones interpersonales caóticas e intensas.

El perfil global del trastorno también incluye típicamente la alteración de la propia identidad y la autoimagen, sentimientos crónicos de vacío y aburrimiento, comportamientos de riesgo y alta impulsividad.

Sus primeras manifestaciones aparecen en la adolescencia o preadolescencia. El momento de máxima expresión se sitúa al inicio de la edad adulta. Es uno de los trastornos de la personalidad más frecuentes en los servicios de la psiquiatría pública, con una prevalencia que se sitúa en torno al 4 % de la población, con una mayor incidencia en mujeres.

El abuso de ciertas sustancias, otros trastornos psiquiátricos, así como las conductas autolesivas y los intentos de suicidio son factores que inciden significativamente en el pronóstico y curso del trastorno.

El tratamiento del TLP es un reto para la asistencia psiquiátrica comunitaria, siendo necesario en la mayoría de los casos un abordaje integral.

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