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Inspiración

La mina del tesoro

Un hombre sin empleo descubre en un yacimiento lo más valioso que se puede encontrar.

Francesc Miralles

Robert bajó del tren en la polvorienta ciudad norteña y levantó la mirada hacia el sol.

Tras comprobar que llevaba todo en su mochila, desplegó el mapa que le había dado el viejo reverendo tras haber perdido su trabajo.

En su cabeza aún sonaban las palabras de aquel hombre a quien había acudido buscando consuelo:

- Has perdido tu empleo, pero tienes otro trabajo mucho más importante que hacer - le había dicho-. En las minas abandonadas de Pozo Seco hay un tesoro que es para ti.

- ¿Y cómo llegaré hasta este tesoro?

- Toma mañana el segundo tren que va al norte y desde allí camina en la dirección que indica el mapa. Una vez en los yacimientos, encontrarás las indicaciones necesarias para llegar a tu tesoro.

Mientras se alejaba de la ciudad, Robert se preguntaba cómo podía haber indicaciones para dar con un tesoro.

Un plafón de madera con las palabras POZO SECO le confirmó que había llegado al yacimiento. Una flecha de metal indicaba: MINA DEL ESFUERZO.

Sacó de su mochila una linterna y entró en la caverna con precaución. Tras un túnel de medio centenar de metros, llegó a una nave donde aún se almacenaban picos, palas y carretillas.

¿Se encontraría el tesoro detrás de la roca? ¿Era tal vez una mina de oro que aún no había sido explotada?

De repente advirtió que en el techo de la nave había una frase escrita con grandes caracteres.

De nada servirá tu esfuerzo
si no encuentras antes la mina del tesoro

«¡Esta sí que es buena!», se dijo Robert, maldiciendo a cada paso haber caído en aquella trampa. Finalmente distinguió el letrero MINA DEL TESORO que apuntaba a lo alto de un cerro.

Sin salir de su estupefacción, Robert se afanó cuesta arriba hasta llegar, sudado y sin aliento, frente a la pequeña entrada de una cueva.

Había una galería espaciosa con un pequeño lago de aguas cristalinas. Las aguas le devolvían la imagen nítida de sí mismo, con los ojos brillantes sobre la piel bronceada.

Una mano en su hombro le dio un vuelco al corazón.

Era el reverendo, que había llegado al yacimiento antes que él.

- Tú eres el tesoro, hijo - le explicó- . Hasta que no te encuentres a ti mismo y reconozcas tu valor, de nada servirá que te esfuerces. Aprecia primero tu tesoro y no habrá nada que no puedas conseguir.

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