Testimonio

"Aprendí a amar tras el suicidio de mi madre"

Las preguntas sin responder, los sentimientos de culpa, los tabús sociales... Pasar por un duelo así es extremadamente doloroso pero también transformador

Darío Nogués Dominguez

testimonio suicidio madre

En las líneas que siguen voy a narrar la experiencia vital más transformadora que he vivido hasta la fecha. Ennegreció todo a mi alrededor, pero, para mi consuelo, encontré también mucha luz. Y es que del abismal dolor que me generó que mi madre se quitara la vida nació una persona nueva.

Mi caso no es único, ni es un hecho aislado que una persona se quite la vida. El suicidio es la primera causa de muerte no natural en España (3.910 casos en 2014, según el Instituto Nacional de Estadística), pero parece que estas cifras no reflejan la realidad, ya que muchos suicidios son de difícil computación.

El fenómeno del suicidio no es nuevo, los ha habido desde los albores de la humanidad. Tampoco es un suceso que se dé en determinados grupos sociales, sino que es un fenómeno transversal. No es un acto romántico ni es fácilmente predecible. Más bien genera muchas preguntas e interrogantes que sacuden las bases sobre las que se sustentan las vidas de los que quedamos.

Las cifras enmascaran historias reales de personas que, como mi madre, murieron por suicidio dejando a su alrededor sufrimiento, dolor y un gran reto vital, el de recuperar el interés por la vida.

Eran las 11 de la mañana del sábado 11 de diciembre de 2010. Estaba participando en una actividad de psicoterapia grupal, cuando recibí la llamada de mi hermana diciéndome que nuestra madre no respondía ni al teléfono ni a la llamada del timbre de la puerta.

Los dos temimos la tragedia, confirmada por los bomberos y la patrulla de los Mossos d'Esquadra, necesarios para forzar la puerta y entrar en su domicilio. En ese instante empezó una larga y terrible travesía por un desierto árido y desesperanzador.

Hasta el momento de su suicidio, mi madre contaba con varias tentativas previas. De hecho, me había acostumbrado a vivir con ese riesgo, hasta lo había convertido en la peor de las fantasías que podía llegar a vivir.

Cada uno de sus intentos de suicidio era un puñal que se me clavaba hondo

Sabía que algunos no eran intentos decididos, sino llamadas de socorro que los que estábamos a su alrededor no sabíamos atender ni manejar. Paradójicamente, cada uno de sus intentos representaba un puñal que se me clavaba hondo en el pecho, hasta que dejé de sentir. Y con ello, el dolor, la alegría y el amor. Lo que me ha traído enormes dificultades para establecer relaciones significativas en mi vida.

Pocos días antes de la consumación de su muerte, en intimidad, mi madre me había expresado que ya no tenía fuerzas para seguir viviendo. Había consumido todo su impulso vital soportando los dolores crónicos que le acompañaban desde hacía más de 20 años. No veía para sí un futuro alentador ni esperanzador, sino más bien el peso aplastante de su incapacidad que no le permitía vivir con dignidad.

Nunca olvidaré ese momento lleno de amor, dolor y lucidez . No imaginé que se estaba despidiendo de mí.

A pesar de la experiencia traumática que viví, puedo sentirme en parte afortunado, y es que mi madre me liberó de gran parte de culpa al expresarme su incapacidad para seguir viviendo. Ciertamente, eso me liberó como hijo y como persona, ya que muchas de las preguntas que quedan sin respuesta –por lo que sé de otros que han vivido la misma experiencia– provocan un gran vacío y alimentan el sentimiento de culpa: ¿Por qué lo ha hecho? ¿Cómo es que no me he dado cuenta? ¿Y si hubiera...?

Aceptar que el amor no lo puede todo fue extremadamente frustrante

Aceptar que la persona que más quería no soportaba vivir fue extremadamente doloroso y crudo. Y eso duele mucho, mucho. Lo extremadamente frustrante fue aceptar que el amor no lo puede todo y que existen ciertos condicionantes existenciales imposibles de cambiar.

Como hijo la dejé marchar, como hijo fallé en el intento de sanar a mi madre; nada de lo que había hecho había servido para retenerla. El suicidio de mi madre significó el mayor de los fracasos de mi vida.

Ahora, después un profundo proceso terapéutico de más de cinco años, puedo comprender que poco se puede hacer por cambiar el destino de otras personas. Eso sí, no hay que dejar de intentarlo ni dejar de seguir los dictados del propio corazón...

Volviendo al 11 de diciembre, tras recibir la noticia vinieron dos días que no sé cómo describir con palabras. A la incredulidad inicial empezaron a sumarse incesables llamadas y visitas, así como la necesidad de atender trámites burocráticos.

No me creía lo que había pasado, estaba en la más absoluta confusión. Se me había cortado de raíz la sensación de hambre, mi vida había parado en seco. En el tanatorio no solo se citaron familiares y amigos, sino también vecinos y amantes de la prensa amarilla.

Solo nos teníamos mi hermana y yo, con todo el apoyo de mi padre. Recuerdo la ceremonia especialmente. La sala estaba repleta de familiares y todos mis amigos, los de ahora y los de antaño. Recuerdo sentirme alegre al verlos. Recuerdo sentirme reconfortado y sostenido. Recuerdo la calidez de los abrazos recibidos.

También recuerdo sentir mucho enfado hacia el sacerdote que ofició el acto religioso. Una tras otra, sus palabras cristianamente correctas me herían, caricaturizando el momento. No tenía ni idea de que mi madre había muerto por suicidio ni que lo que dejaba entre nosotros no era felicidad, sino dolor y sufrimiento.

Fueron días con un gran cúmulo de emociones, recuerdos, reencuentros y tareas como para ver la magnitud de lo que mi madre había hecho y de las repercusiones que tendría en mi vida.

Vinieron tres semanas de las que no recuerdo nada salvo la necesidad de dormir

Pero todo se esfumó tras la ceremonia. La gente desapareció, la vida volvió a la normalidad y vinieron tres semanas de las que no recuerdo nada de nada salvo la necesidad de dormir. Ya no recibía llamadas ni visitas, excepto las de mi pareja de entonces, a la que dejé pocos días después por la necesidad imperiosa de estar conmigo mismo.

Muchas otras cosas se fueron con la muerte de mi madre. Desapareció el día de la semana fijado por ambos para ir a comer y ponernos al día, así como el viaje que teníamos planeado para conocer el pueblo de mis abuelos maternos. También cambió la relación con mi hermana, sustentada hasta aquel entonces por la necesidad de apoyarnos mutuamente. Definitivamente, se acabaron los muchos años de relación familiar tortuosa y tormentosa.

Poder contemplar el cadáver de mi madre en el tanatorio sin una sola arruga de expresión en su rostro resultó un alivio. Me dije: “Ha dejado de sufrir”.

Mis anhelos por recibir el amor que nunca me dio ya no podían ser colmados

Psicológicamente se inició un proceso profundo de reconstrucción de mí mismo, porque una parte de mí también murió el día que la encontramos. Mis deseos de que se curara carecían de sentido, ya no podía curarse, había renunciado a vivir. Mis anhelos por obtener el amor que nunca me dio ya no podrían ser colmados.

Me reincorporé al trabajo casi un mes después. Había decidido dejarlo –de hecho, no podía trabajar–. Lo comuniqué a mis alumnas y alumnos con toda la naturalidad que me fue posible. Era consciente de la tragedia que me había sucedido, era consciente de mi sufrimiento y no quería ocultarlo ni a mí mismo ni a nadie, nada de lo sucedido.

Aquí empecé a aceptar la realidad de la pérdida y a sentir un dolor insoportable, físico y psicológico, que me acompañó durante más de un año antes de empezar a remitir con lentitud.

Me dolían los huesos, me dolían los músculos, las articulaciones, me dolía el corazón, me dolía la piel y me dolía el alma. En mi pecho se había instaurado una desagradable sensación, una especie de agujero negro sin fondo que mi atención no podía eludir.

Empecé a comprender a mi madre, sentir tanto dolor me hizo empatizar con ella

Había días en que el sufrimiento era insoportable y no encontraba sentido a seguir viviendo. Pensé en mi muerte, deseé mi muerte... y empecé a comprender a mi madre. Sentir tanto dolor me hizo empatizar con ella por los años y años de sufrimiento.

Entonces empezó a aflorar un profundo amor hacia ella, un amor compasivo y humano que aparecía a cuentagotas, un amor que me ha permitido poder perdonarla y perdonarme por lo que hicimos, por lo que vivimos.

Pero el dolor y el sufrimiento, que ya son difíciles de manejar por sí mismos, no estaban solos. Se añadían torrentes de emociones desconcertantes. Una profunda tristeza y un sentimiento de soledad y necesidad de estar solo, junto con la necesidad imperiosa de recibir afecto y amor.

Miedo y ansiedad acerca de mi futuro, ya que en muchos momentos no me sentía con fuerzas para poder superar el infierno que estaba viviendo; culpa y vergüenza por haber permitido que mi madre se quitara la vida; desconcierto y sorpresa porque muchas personas me decían que me querían. Rabia hacia mi madre por todo el dolor que me había causado, la persona que más quería era la causante de mi sufrimiento.

Mi vida resultaba inaguantable. Me sentía desmembrado y sin fuerzas para poderme levantar. Pero mi madre me había enseñado con su vida a soportar el malestar y el sufrimiento.

Encontré pequeñas cosas que alimentaban mi existencia poco a poco, maneras de atender el torrente de emociones, de procesar y digerir el dolor que me inundaba. De él emergían inquietudes e inclinaciones de mi infancia que tenía olvidadas. Me sumergí en ellas para explorarlas, necesitaba llenar un enorme vacío. También necesitaba dejar atrás situaciones y personas con las que me sentía incómodo.

No me juzgué, no me reprimí, solo respondí a lo que salía de mí.

Hice todo lo que sentía que tenía que hacer. Era el alimento para mi vida. No me juzgué, solo respondí a lo que nacía de mí. No me reprimía, solo me ponía en acción. De esta forma, y lentamente, con soporte psicoterapéutico, fui encontrando momentos de satisfacción y bienestar y recuperé progresivamente el interés por la vida.

Mirando el camino realizado, me he dado cuenta de que me ha hecho más maduro, más sabio y más auténtico. Sé que he hecho lo que he podido y que lo he hecho como buenamente he podido.

Abrirme a vivir el dolor, ese sentimiento ineludible que se puede sepultar pero no eliminar porque es el resultado de la ruptura de un vínculo, me ha transformado. Tanto que no soy el mismo que era antes del suicidio de mi madre.

He podido perdonarla por todo el daño que causó. Entiendo el sufrimiento existencial que la llevó al suicidio. Vivió como pudo, hizo lo que pudo y la quiero por eso.

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