El derecho a jugar

La infancia robada: por una escuela sin deberes

Los deberes no ayudan a pensar ni a soñar. Y si un niño no sueña ni piensa, no es exagerado decir que le roban la infancia. Jugar no es perder el tiempo es crecer, aprender.

Rafael Narbona

deberes infancia robada

Los primeros años de vida son especialmente importantes, pues son tierra labrada para la espontaneidad, la creatividad, la fantasía y el ingenio. Jugar es experimentar, sondear, descubrir.

Un niño que no juega es un niño que no vive o que vive de forma defectuosa, pues no acumula las experiencias que le permitirán desarrollarse y madurar.

Los deberes no fomentan el aprendizaje ni la cooperación. Por el contrario, estimulan la competitividad desde muy temprano. Una pintada del Mayo del 68 decía:

“Gracias a los profesores y los exámenes, el arribismo comienza a los seis años”.

Mi infancia robada

Nací en 1963 y, al igual que la mayoría de los niños de mi generación, estudié en una escuela que combinaba las plúmbeas clases magistrales, la pedagogía del palo, el sermón moralizante y las montañas de deberes. Desde lo alto de una tarima, un profesor peroraba sin descanso exigiendo un silencio absoluto.

Los alumnos escuchaban, subrayaban el libro de texto y se marchaban a casa con los cuadernos repletos de tareas.

Yo vivía cerca del Parque del Oeste y en primavera resultaba particularmente desalentador no poder salir al exterior, pues los ejercicios de lengua, los problemas de matemáticas o la gramática inglesa nos retenían en nuestros cuartos, sin otro estímulo que un lápiz, una goma y la bombilla de un flexo.

La alegría y la vitalidad demandaban disfrutar del sol o correr bajo la lluvia, pero los adultos habían decidido que lo mejor para nosotros era pasar la mayor parte del día encerrados, memorizando cosas que apenas dejarían huella en nuestra memoria.

Qué aprendemos de verdad

El espíritu crítico o la felicidad no son objetivos pedagógicos. Lo esencial es aprender a realizar mecánicamente cualquier tarea, sin protestar ni cuestionar su sentido.

A los diez o doce años, el ansia de saber es inagotable, pero el sistema educativo no se interesa por la curiosidad, sino por la obediencia.

En realidad, la escuela es una agresiva forma de socialización que combate subrepticiamente la rebeldía, el inconformismo y la creatividad. Eso explica que muchos escritores y científicos acumularan suspensos, soportando el menosprecio de profesores que les auguraban un futuro marcado por el fracaso.

Con los años, tiendes a olvidar estas cosas, pero cuando descubres que las nuevas generaciones soportan las mismas cargas, la memoria recupera con tristeza esas tardes infinitas con el libro de texto abierto y los sonidos de la calle invitándote a experimentar con el mundo.

La tentación de cerrar el libro no obedece a la pereza, sino al deseo de vivir, expresar los afectos y relacionarse con los demás.

Estas tres actividades son mucho más educativas que largas horas de estudio bajo una bombilla. De hecho, los conocimientos adquiridos de forma tan penosa se desvanecen en pocos días o incluso en horas. La mente solo retiene lo significativo, lo que ayuda a comprender el mundo e incita a mantenerse abierto, desterrando prejuicios.

La historia se repite

Mi sobrina Carla tiene diez años. Es una niña inteligente y con sentido del humor. Con unos hermosos ojos azules, se acerca a menudo a mi casa, acompañada por su hermana pequeña, Hema, que solo tiene tres años. Ambas disfrutan de mis perros. Corren con ellos por el jardín y les arrojan una y otra vez una pelota de tenis, riéndose de que una mezcla de galgo y podenco aventaje a todos los demás.

Vivo en una casa de campo que limita con la estepa. El vacío de los campos de trigo y cebada contrasta con el azul de la sierra de Guadarrama. El paisaje es un libro que formula preguntas, pero sin ninguna clase de imposición.

Carla me pregunta por el nombre de los árboles que bordean un arroyo con aspecto de hoz, inclinando su copa sobre el agua. Se interesa por las aves que sobrevuelan la casa y por los zorros, liebres y conejos que aparecen fugazmente en un cerro moteado de jaras y arbustos.

Cada vez que se marcha, le regalo un libro adecuado para su edad. “Parece muy chulo. Me encantaría leerlo”, dice con cierta pena, “pero tengo deberes”. Las visitas no son muy largas, al menos a diario, pues las tareas escolares ocupan la mayor parte de su tiempo libre.

En realidad, es un sarcasmo hablar de tiempo libre, pues su tiempo está rigurosamente pautado por los deberes.

“Lo leeré este verano”, repite cada vez que se marcha con un libro debajo del brazo. “Hema tiene mucha suerte. Aún es muy pequeña y casi no le mandan deberes”.

Mi sobrina Carla se ha librado del maltrato físico que sufrimos los alumnos de las escuelas franquistas, pero el maltrato psicológico persiste.

Los deberes no ayudan a pensar ni soñar. Y si un niño no sueña ni piensa, no es exagerado afirmar que le roban la infancia.

Por una escuela sin deberes

Francesco Tonucci, el pedagogo italiano que ha cosechado un notable éxito con su obra La ciudad de los niños, afirma que los deberes constituyen un abuso y resultan antipedagógicos.

Desde su punto de vista, la escuela reduce la inteligencia a ciertas habilidades relacionadas con las matemáticas y el lenguaje, menospreciando las distintas formas de inteligencia que acreditan la diversidad del ser humano.

Los niños con una mente creativa que se expresa en el ámbito de las actividades manuales o, sencillamente, en sus relaciones sociales fracasan en una escuela concebida para fomentar actividades productivas, de acuerdo con el paradigma científico-tecnológico.

La finalidad de la infancia no es producir, sino crear. Es decir, adquirir las herramientas necesarias para expresar libremente sus emociones e ideas.

Los deberes matan la creatividad y vacían las calles de niños.

Es necesario impulsar las escuelas alternativas y adoptar medidas para que los niños formen parte del paisaje urbano con sus juegos y su infatigable deseo de saber, conocer, tocar, experimentar...

No es algo imposible, sino una utopía que defiende el derecho de los niños a ser niños, lejos de falsos fracasos y absurdas obligaciones.

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suscribete Octubre 2017